A quiénes se les ve el plumero que no sacude la mentira, sin duda es un signo de insatisfacción o precipitada locura

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Una observación desde las marismas farragosas que se convierten en una opinión ojerosa de percepciones variopintas, probablemente compartidas por muchos que no se dan por aludidos y con sentido crítico para eludir comparaciones, que siempre son odiosas, por ni mucho menos sentirse reflejados con tal cierta afirmación que les enrojece para hacerla sistemática entre sus congéneres, cuestión a debatir sobre los “delincuentes calumniosos llamados todavía ciudadanos ceremoniosos” que se enmascaran con osadía, se mezclan y se filtran, dándoles igualmente ser tachados de cretin@s descubiertos por propias y constantes alusiones e ilusiones permitidas, dejando que todo quede en ese mismo saco de la pedantería que tienen por costumbre usar un excesivo colectivo de dominican@s, que no tod@s repetimos, afortunadamente lo sean así de espantapájaros, perversos y a la vez dañinos a los que nos referimos y no sin cierto rechazo.

Nos referimos a las siguientes afirmaciones que son contrastadas habitualmente:

En este país de República Dominicana se miente más que se habla, y como suele ocurrir en muchos otros, salvo en una Europa y una Norteamérica algo más seria y convenida, al que en ocasiones también le gusta también bailar una bachata y no por ello se considera un bailarín de primera talla, se suele fantasear con demasía y esmero, es decir, se refina cada vez más y con frecuencia la falsedad como un medio de vida, como un deporte secular más bien, hasta que termina por creérselo el propio embuster@.

Todos conocen a fulanito, ya esté en el poder así se llame Abinader lo llamarán Luis y algunos Luisito por acercar la familiaridad, mientras que a los que ni tan siquiera con ellos y en altura política se les alaba y conoce ni siquiera a diez metros de distancia, cierto decir que jamás han tenido algún trato y tampoco están vinculados al gobierno de la nación los mamarrach@s que dicen conocerles, inventándose subterfugios, relaciones de estrecha confianza e historias “pseudo-verídicas” intransitables, por la razón de empezar terminando diciendo a diestro y siniestro, que son asesores de confianza de sus ministerios y responsabilidades que utilizan la clasificación de consejeros, pues es difícil comprobarlo para casi todos, excepto para algunos que suelen acomodarse al dicho de que en boca cerrada no entran moscas, y por deformación profesional se enteran de un edulcorado pábulo que aquí se gastan algun@s, que no deja de ser una enfermedad mucho más que manifiesta y nada gratificante, para el ego del que siempre se termina sospechando el fraude de las palabras con más verborrea que la contenida en el libro gordo de Petete.

Dicha enfermedad sobre la mentira compulsiva no deja de ser una patología que se identifica más bien con un rasgo impregnado en el subconsciente que definiríamos como mitomanía, que lo causa una baja autoestima o inseguridad que subyace continuamente y no es percibida en un principio por los demás, lo que hace que el instinto de superación crezca para lograr una admiración constante por el que definiremos y llamaremos víctima propiciatoria.

Los personajes de la mitomanía viven su mundo fantástico de creerse importantes e incluso llegan a controlar su trastorno en el entramado psicológico, que no deja de interactuar elaborando el perfil de sus interlocutores a los que somete a un estudio de espontaneidad a fin y efecto que el “embelesado” le produzca un beneficio, cualesquiera y sin cuantificar el valor, además de material si está en juego un negocio, o en su defecto contrarrestar el fracaso con el intento de conseguir admiración, su atención y si puede ir almacenando el castigo que creen merecer le impondrán a los que investiguen y puedan provocar una catarsis en su cueva hermética a modo de un laberinto de incredulidades, y hayan empezado a elucubrar que sus chismorreos son absurdos e incluso irreverentes para el consumo mental ajeno, por el desgaste de educación que muchas veces hay que darles para no verles en situaciones de dar excusas de teleserie.

Afortunadamente entre la juventud dominicana no suele darse esta casuística, lo cuál invita a hacer un paréntesis en esta desbarbada conjunción sobre la necesidad de que algo también debería cambiar en el país de las muchos cocos y bananos fantásticos, además de la persecución de la corrupción y en llegar a la conclusión que la sociedad, tanto la de aquí o de cualquier otro sistema que intenta ennoblecerse con sus acciones democráticas y transparentes, debería fundamentar su evolución alejada de una falsedad piramidal que puede hacer que se caiga o autodestruya para que sea asimilada más bien como una torre de Babel, en la que nadie se fía de nadie y todos hablan un idioma con interferencias “parecido” e inteligible, del que no se entiende nada por la diversidad que se aprecia por una total desconfianza y desconexión de saber que todos saben de que pie cojea el uno del otro, entre quienes se miran y no se ven inmersos en la ridiculez de sus afirmaciones, que ya no es poco y es mucho.

No soy psiquiatra a falta de dos años para concluir una psicología clínica, pero por mi profesión aplico lo poco que sé del tema y procuro dejar que el tiempo actúe para ir recogiendo las contradicciones de l@s que adolecen de un conato de enfermedad mental, que suele ubicarse entre una persona tanto arisca como especialmente y supuestamente amable, pero antisocial de cualquier manera, que en el fondo requieren de un afecto tal, que la mentira como sedante se comporta y les impide llorar, sensibilizarse, por ese trastorno bipolar que saben disimular con mucha “personalidad”.

Juan H. Bez ( assidere maxime@gmail.com )


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