República Dominicana: muy cerca de las aguas transparentes y cristalinas, también emergen las fecales de El Hoyo de Friusa

No todo es tan bello como lo pintan 

Playa de la República Dominicana
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Vergüenza Torera en El Hoyo de Friusa, Bávaro-Punta Cana / República Dominicana.

Obligación y/o capacidad de responder a los actos propios y en algunos casos de los ajenos.

Deportado por acuerdo sibilino entre las partes, una señalada y otras interesadas que fuerzan una connivencia secular de seguridad para con un analista de profesión, no residente y considerado a priori persona non grata por uso inapropiado de comentarios sin contrastar en medios de divulgación (sic), sin más acuerdo oficial que admitir prontamente la expulsión pactada y sin responsabilidad jurídica aparente que pueda servir en consistencia previa a la reclamación que pudiera realizar el Gobierno dominicano, y ya desde zona aparentemente segura y neutral, nuestro colaborador desea dejar constancia de algunas de las particularidades testimoniales que han obedecido a remarcar la fidelidad de una información veraz y complementaria hasta lo que hoy se ha escrito sobre las muchas carencias, apercibimientos sociales y laborales que se vislumbran en el día a día de los ciudadanos caribeños de República Dominicana.

Para no volver a desgranar y repetir lo mucho que se ha dicho y publicado, remitimos a nuestros lectores hagan acopio de todo cuanto hemos comentado al respecto y sobre dicho país, añadiendo las conclusiones siguientes que bien podrían imaginar son el reflejo de lo que captan los ojos de un águila marcada por un ápice de miopía que evite el dramatismo superficial, lo que hace que se analice profundamente los desequilibrios sociales de una isla que rezuma una falsa felicidad, que los “síndicos” del país tratan de magnificar, ocutando la triste y lacerante verdad.

El salario mínimo interprofesional marcado por el Gobierno estaría en los 15.500 pesos ( 260 € a 23/01/2018). Ningún empresario lo cumple, aprovechándose de que el trabajo es escaso, abonan habitualmente y quincenalmente 6.000 pesos en el mejor de los casos a los dominicanos, o 3.000 pesos cuando la mano de obra y para servicios domésticos procede de un haitiano/a, lo que hace que cohabiten cajas putrefactas de pobreza mayúscula que malvive en núcleos restringidos por el temor que causa adentrarse en ellos, tal la peste y la lepra se apodera del enfermo, en donde las miradas por arrebatarte algo que puede no ser nada, también hablan para advertirte que no estás seguro, lo que tampoco importará demasiado cuando la experiencia te diga que has sido vícitima de tu propia lección de humildad, al comprobar como el hambre tiene voz, el hacinamiento se declara silencioso, y las enormes ratas esperan camufladas, mimetizadas entre el desorden y la falta de Diógenes que las socorra o las ahuyente para ganar tiempo mientras hincan sus dientes en los harapos, evitando así que un bebe cuando caiga de una improvisada cuna puedan darse el festín de unas tiernas carnes que supuran pus e infecciones plagadas de llagas. Lugares ruinosos sedientos de bondades a los que no llega ningún médic@. Ese es otro de los lados oscuros de un camino sin rumbo ni destino, que requiere que alguien con dignidad gubernamental, le eche un vistazo in situ y asuma un sentimiento con el mínimo de piedad que le otorgaría a su conciencia si fuese su vecino. 

Eso, lo dicho anterior, es lo que sucede en El Hoyo de Friusa, Bávaro, a escasos metros de los grandes hoteles con frentes de playas paradisíacas y residenciales con enormes piscinas y cocoteros de idílico entorno, que reflejará lo conocido turísticamente por Punta Cana como un destino vacacional envidiado, separándole nada de ese territorio poco accesible para quienes se atrevan a pulular por sus casi 4 km.2 de calles bautizadas por el constante e indeseable barro, unos intrépidos seres de rasgos caucásicos envestidos en camisetas multicolores y gorrita ocultando su nuca, erigiéndose como frontera, punto de encuentro o zona neutra la “bomba” (gasolinera de Texaco), que permanece abierta las 24 horas al cuidado de dos enormes “guachimanes” (vigilantes) que portan sendas escopetas corredoras del cálibre 12, listas para estampar a cualquiera que intente apropiarse de alguna pertenencia ajena.

Más de 40.000 personas confluyen en El Hoyo de Friusa, el 80% haitiana y la mayoría indocumentada, en donde ya buscan hueco algunos venezolanos huyendo de la miseria y añadiéndose al alto número de inmigrantes ilegales portando el carné de la desesperación en sus labios. La hondonada de Friusa no deja de crecer a pesar de la delincuencia que campa en libertad en un arrabal en donde se apiña la gente con idéntica rabía de perros y gatos.

El Hoyo de Friusa se ha convertido en el mayor campo de concentración de una consentida esclavización, en la que los oportunistas de la contratación sumergida buscan mano de obra baratísima al día y sin compromiso alguno de renovarla al día siguiente, sin olvidarnos de la lamentable prostitución ejercida por niñas que apenas cumplen los quince años. La única diferencia que les separa de sus profesiones es que mientras unos empiezan a las 6 de la mañana , las mujeres-chiquillas se recogen con su frustración y sus salarios de ningún placer a la misma hora, y todos de lunes a domingo, sin que haya misa ni confesionario que pueda perdonar lo que la sociedad con sus diferencias les han inculcado: Misería, asimilación y conformidad por una vida que cuando la descubran, será lo más parecido a un seco excremento para tristeza del humano que lo descubra y cuestione su existencia.

No vamos a resultar alarmistas, ni que el comentario se pueda denotar como un signo de desear generalizar lo invisible, lo que nos hace admitir que los obreros que han tenido la suerte de eliminar el miedo del día por no llevarse a la boca para ellos y sus familias una sopa con papas, y tal vez un mendrugo de pan, serios y circunspectos parten en camiones con escasas sonrisas, mientras las esposas lo hacen para limpiar por cuatro miserables pesos, las habitaciones y las mesas que tras opíparas muestras de degustación gastronómica y si han quedado restos, son cuidadosamente recolectados para por la noche ser consumidos con agradecimiento béndito. Y desgraciadamente no estamos exagerando.

Muchos que no han tenido la suerte de ser captados para la obra de turno, “alquilan” o acuerdan por kilometrajes a los premiados sus motores para hacer de motoconchos (taxi-motos), y así se reparte la “riqueza” de la pobreza del transporte vecinal entre unos y otros, mientras que los más desaprensivos roban más allá de su “fortín de refugío y descanso” y a golpe de machete o pistola con poca munición que pagan a precio de oro, consiguiendo su botín desde colmados, bancos, comercios, viandantes, borrachos y todo aquello que reluzca que tiene valor alguno para obtener un triunfo tanto por el día como por la oscuridad de la noche, si antes no son abatidos por los certeros disparos de la polícia turística que con suma discreción y habilidad recoge los cuerpos de los delincuentes y que por arte de magía terminan por hacerlos desaparecer del “feliz” y a la vez tétrico escenario turístico. Y es que Punta Cana es segura a marchas forzadas y a duras penas si se demuestra poca conciencia del problema global que el mismo encierra, para de una vez por todas ser debatido políticamente, algo que agradecerían a quienes más le interesa una paz que tarde o temprano puede explosionar.

El Hoyo de Friusa nace en 1984, cuando el empresario Frank Rainieri, de 73 años de edad ( una de las diez primeras fortunas de Rep. Dominicana, con un patrimonio superior a los 1000 millones de dólares ) decide darle solera turística al enclave uniendo Bávaro y Punta Cana, utilizando el gran descampado de Friusa para el alojamiento del potencial humano que debía contribuir a desarrollar el proyecto, por lo que sin suministro de agua potable, electricidad y sin las redes sanitarias de las que todavía carecen hoy, se levantan casetas de madera con techos de cinz que ahora se transforman en anómalos, imperfectos bloques de hormigón para darles la calificación de únicas estancias en donde se unifica todo, lugar para comer, ver la televisión y dormir, junto a las más privilegiadas con baño y las más con una letrina sin puerta y roída cortina que no evitará la pestilencia que se mezclará con el resto de piezas destinadas a tal uso, que terminan llamándolas casas, Y es que la pobreza señores lectores empieza también con la “p” de pocilga. No es un llamamiento a la imperiosa necesidad de salubridad, ya que poco se puede hacer sin ayudas y con los emolumentos más raquíticos que se pueden disponer por parte de los “ciudadanos” para modificar tal degeneración urbana.

El Hoyo de Friusa se ha convertido en un pueblo de leyenda, en donde está coaccionada la entrada incluso para la propia policia, en la que se entremezclan los cables de la televisión pirateada con los del enganche corsario eléctrico y los emisores clandestinos de telefonia. La imagen es dantesca, hay familias con gran descendencia, que cohabita entre una multiplicidad de los riesgos domésticos que todos los días aparecen, enfermedades, contagios sexuales, palizas por celos, desavenencias por envidias, quemaduras en las frágiles cocinas o por encargo de terceros, riñas por deudas que no se pagan a tiempo que obligan a aceptar tener cercenados dos dedos menos, incluso una mano si la has metido en lugar equivocado con algún clan de los muchos de la droga que reinan en El Hoyo de Friusa. Todo así, dándose cita después de las contiendas vecinales en discotecas, ruidosos colmadones y salones de belleza como si nada hubiese sucedido, entre murmullos de interpretes de kompa con un estilo merengue, que cacarean creole y un turbio canallesco dominicano que aborchonaría una bachata del mismísimo Romeo.

Es complicada la vida de los haitianos en Rep. Dominicana, en la que por todo un mes de duro trabajo durante 240 horas cobrará 120 €, como lo es de difícil para el autóctono dominicano compartir la rareza del vudu, una concepción de la vida de la que no se espera nada, salvo un hilo de atmósfera vital que la haga revivir al día siguiente, en la que tendrá que obedecer a su instinto de supervivencia, al no dejar de desprenderse de la mirada fortuita que le puede estar señalando por última vez mientras dobla una esquina, sencillamente por el orgullo mal entendido y por creer uno que está por encima del otro, lo que el infantilismo crónico de tales reacciones les condiciona a no tener ninguna confianza entre ambos, lo que hace que el odio visceral, mamado en la precariedad aparezca sumergido en la cerveza y el ron que sin duda dará pie a responder a cualquier provocación. 

No se puede cambiar el estilo de vida de El Hoyo de Friusa, ni siquiera algunos religiosos y asociaciones ya desaparecidas lo han conseguido después de intentarlo varias veces, pero hay algo en lo que si merecería ponerle empeño, refiriéndonos a la limpieza de sus calles laberínticas. El arrojar la basura a la calle, nos hace pensar que a lo mejor se trata de un acto de generosa piedad, por si hay alguien que más necesitado pueda rebuscar en las fundas (bolsas) de algo que echarse al estómago, como una piel de guineo (plátano), cáscara de naranja, melón, piña, coco, sandía o una mínima expresión de mango. Visto lo visto y no visto, no creemos que esa última descripción sea el destino de la basura, las botellas de agua vacías, el plástico hediondo, que se acumula y se entroniza en las peligrosas calles de un penal abierto, salvo la de dejar constancia al visitante que ese mundo no es el suyo y que debe abandonarlo por su seguridad cuanto antes, porque no hallará alumbrado eléctrico al caer la tarde que ilumine su regreso sin antes no ser interceptado por la acción de una banda de malhechores, que sí están en su lugar de trabajo.

Finalmente una sonrisa socarrona embrutece este comentario, que bien podría convertirse en una delirante carcajada, cuando después de todas las vicisitudes y carencias descritas en el afamado barrio de El Hoyo de Friusa, el Gobierno dominicano dice tener en el “bastión” de los desarrapados, una oficina de la Dirección General de Migración “inexistente”, aduciendo en algunos reportajes escritos y televisados, que pese al desorden, los inconvenientes y la falta de normalización civíca, los haitianos que ya son una inmensa mayoría que poco a poco van desplazando a los reductos dominicanos en el área que ven mejorar su estatus de progreso, contribuyen con la economía local pagando los impuestos que rigen y se exigen en la República Dominicana. Dichas afirmaciones, o son una temeridad que debería hacer dimitir al estúpido funcionario que así se ha expresado, o qué hay que tomarse a broma una vez más otro desatino, ya que al hacerlo utilizó el gas de un globo inflado con su halitosis de falsas contradicciones, utilizado en los festejos.. para que todos se contagiasen de la trémula vocecita que concluye con una interminable risotada en las fauces del hambre, y que en algún instante puede transformarse en una salvaje dentellada, si las cosas no empiezan a cambiar en El Hoyo de Friusa.


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Comentarios

13 Comments

  1. Desde luego, una buena lección de humildad! Y para darnos cuenta de que nos quejamos por todo y nada aquí en la vieja Europa… gracias por ésta visión, que me imagino no llega ni a vislumbrar la dura realidad, que únicamente podrá verse sentirse y notarse in situ. Cuánta miseria hay en el mundo a costa de unos pocos aprovechados… y todos, ricos o pobres, iremos al “hoyo” algún día tarde o temprano.

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