Algo huele a podrido en la frontera entre Haití y República Dominicana

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Todos los días se deportan nacionales hatianos, hombres, mujeres y niños de manera indiscriminada, dentro del cumplimiento de un programa diseñado con una rara y humillante disuasión, muy discutible a todas luces al estar impregnada de inhumana y dañina realidad, encauzada dentro de una red del bochornoso comportamiento de algunos uniformados que desprestigian a las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado dominicano, afortunadamente no por todos secundada en ese indeseable y filibustero pillaje, que dista mucho de seguir el procedimiento de ejemplar método sugerido en Derechos Humanos y nos consta por el propio gobierno de República Dominicana, actuaciones que o bien consiguen concluir con aceptar la vista gorda de los máximos responsables para evitar que eso ocurra, o no se dispone de un departamento de asuntos internos auténtico y valiente para impedir los desmanes que se observan descaradamente y se juzgan coloquial y popularmente como algo normalizado, envejeciendo la verdad y tratando de desfigurar una imagen testimonial por no hallar testigos que pudieran arriesgarse a encontrarse con una bala perdida o un casual accidente fatídico, si llegasen a declarar en una investigación oficial con careo de algún testigo presencial, algo que sentaría un precedente ante una causa efecto discordante en las subterráneas alcantarillas de un estado que no puede exigir lo que es incapaz de controlar, por seguir demostrando que nada es lo que parece y qué las difamaciones lo único que hacen es restar credibilidad. Craso y abultado error.

En la frontera hay extorsión, soborno, corrupción solapada y encubierta por parte de ambas demarcaciones, y en cuanto al gobierno dominicano, dado que el haitiano ni está ni se le espera, no puede seguir ajustándose las gafas de sol a la vez que emplea como remedio una tirita que cubre una fea cicatriz cauterizada fingidamente por alguno de sus mandos intermedios, ocultando la recomendación de moderar el uso y abuso poniendo como excusa y dentro  de un ejercicio proteccionista, la deportación de seres inocentes y hambrientos que huyen del horror en su país y ahora son expulsados del que consideran el jardín del Edén, mientras permite que se siga aplicando la ley del más fuerte y armado, contribuyendo de tal forma al caos institucional de una República Dominicana que ya no puede asumir el problema clamoroso que se ha impuesto ante un efecto llamada discordante y desbordante, que puede según algunos detractores, hacer tambalear sus estructuras económicas y vuelta al escenario político de aquellos oscuros recuerdos, que podrían actualizarse, si existen grupúsculos bautizados por una línea “trujillista” de recuerdos abusivos y ecos sangrientos inolvidables, que en ningún caso deberían volver a reproducirse si todavía existe voluntad inteligente y moral cristiana o agnóstica, para impedir que vuelva el olor a azufre y de algo podrido que todavía no acaba de evaporarse.


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