« Arme contra mí mismo la espada del pretor que me quite la vida si alguna vez faltase a la justicia » Trajano

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Hay que hacer algo, pero no pensar en hacer algo, pues si algo sale mal, el pensamiento se daña y algo altera el espíritu por no saber responder a la contrariedad.

  • Pensar en moverse en el infinito, aunque para muchos sea el principio de un dolor de cabeza.

Había un pensamiento obligado en las comandancias trajanas del antiguo imperio romano que no se transmitían a grados menores, salvo cuando existía el riesgo de ser diezmado en la batalla, que decía : “ el regalo de la libertad es nuestro por derecho y por el que debemos luchar siempre ”. Y si hay que morir que no sea de rodillas, permitiendo que el gladio o el oxidado hierro enemigo te cercene en dos vuelcos, la garganta y las costillas”.

Cuando el centurión en el fragor de la contienda no pensaba en otra cosa que salir ileso sin ser mutilado de la refriega, mientras lanzaba golpes y mandobles a diestro y siniestro y resistía el roce de la lanza, pensaba, interrogándose, ¿ que les hacía aparecer ser más débiles ante el enemigo que no temían en su asalto suicida el blindaje en la avanzada de la “tortuga” ?, y la respuesta era muy simple, atacaban en tropel, salvajemente, inconscientes, ignorantes y sin temores, sin avidez por conocer las artes de las luchas clásicas y las consecuencias de la estrategia más avanzada, útil y cuanto menos defensiva. Era simple elocuencia con una copa de vino aguado, cuando el enemigo era cercenado, tener una reunión para cambiar impresiones entre los centuriones para corregir errores llegando a una conclusión que a día de hoy todavía se padece en el declive de la persona a la que se le somete a la duda de no llegar al borde de una mínima inteligencia.

Y en esa contienda de la reflexión, del intentar saber y comprender, es una lástima que una buena parte de la población que naufraga en la más absoluta de la pobreza siga con fuerza pero desarmada y tenga un comportamiento de dificultad en el rincón de la memoria desgastada, por falta de uso y un lapsus en su inanimada conciencia por retener los recuerdos, además de una herida en el hipotálamo para tener vivos los instantes de lo desafortunados que son. Es como si se parase el tiempo cada diez minutos y tuvieses que volver a interrogar lo que fueron preguntas, contrariedades y respuestas, todo en un mismo saco de yute sin fondo, en el que se encuentran siseando los lamentos para salir del letargo anunciado, volviéndose encriptados los interminables mensajes para que ninguno entienda nada de lo que ocurre en esos eternos silencios prolongados e inmaduros, que te obligarán a volver a comenzar una y otra vez como si el tiempo se hubiese detenido por una rueda desgastada o podrida, esperando una vuelta de tuerca para reiniciar el proceso otra vez. Una y otra vez.

La respuesta al horror de que no te entiendan o tú no comprendas, siempre quedará como el enunciado de algo que no puede seguir leyéndose por no llegar ni tan siquiera al otro lado ignoto del cerebro, ese módulo caprichoso que nos hace actuar de un modo u otro, incluso nos hace balbucear las últimas excusas para que no lleguemos a las orillas del pensamiento, tal vez fraudulento cuando pretendemos aparentar que entendemos sin saber lo que decimos o hacemos.

Es complicado el género humano cuando se debate en batallas inútiles, y desliza sus temores en flancos frágiles para huir al menor atisbo de caer por el acantilado de los suicidas que no han sabido resistir el acoso constante de su conciencia. Simplemente el deliberar por un instante sobre lo que está bien o mal si decides no aventurarte a lo que sabes que ocurrirá, descubriendo que sigues siendo parte de un subterfugio necesario para buscar excusas y así evadirte deliberadamente de otro mundo que no es el tuyo, y al que ni puedes pertenecer porque tú tribu no es ésta, y ni tan siquiera es accesible por mucho que intentes integrarte en ella, es una necedad que te puede costar caro, si no has sucumbido por no soportar el arrebato de los acontecimientos que serán peores los venideros que amenazan con aparecer en cualquier momento.

Todo entendimiento con ese otro submundo de incomprensiones tiene una traducción que incluso frecuenta tus sueños con tus deliberaciones de alcoba o lecho de paja poco blanda, y que tardan poco en resquebrajarse en lo que para uno puede parecer grotesco e irreal, y para otros formar parte de una verdad absoluta prefabricada en el altar de tus convicciones y en esa torpeza ciega y trasnochada del día a día que no tiene responsables, y que no necesita más explicación que la brevedad en la respuesta : tengo hambre por saber que será de mí, y no por la necesidad sino tan sólo, si se puede saber, por el afán de almacenar en el estómago de la mente o de la ocurrencia lo que hoy no puedo digerir mentalmente y mañana puede representar una dificultad hacerlo. Hecho seguro, si no has tomado de nuevo el escudo para hacer frente y parar, si puedes hacerlo, esa lluvia de flechas invisibles con las que vas a encontrarte cada vez que pienses que sigues vivo y dispuesto a dar guerra contra un guerrero invisible.


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