Aviso a los “jefecillos”, los subordinados también piensan

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Si alguien “ordenase” a una hombre o a una mujer lo que tiene que hacer, dejaría de ser un mandatario.Aviso a los "jefecillos", los subordinados también piensan

Deberíamos saber que ya somos hombres y mujeres con capacidad propia para pensar, recordando que cuando dejamos de ser niños morimos como tales alcanzando otra dimensión en la vida. Es ésta una reflexión madurada en las lecciones breves, experimentadas, limitadas o no, que han contribuido a que alcancemos nuestra madurez cognitiva, en convivencia con quienes nos entremezclamos.

Las sociedades están dirigidas por un ingente número de jefezuelos salvajes de una economía también brutal, hay excepciones, y que únicamente entienden que el estar por encima de los demás en su objetivo final, cueste lo que cueste, amparándose en el escudo de la desconocida y tan cacareada democracia, llamada “libertad”, de la que se sirven para seguir profanando los mandamientos de una Ley que no puede justificar el que todo valga y se pague con el recibo de haberla recibido sin esfuerzo y costo alguno. Se equivocan. La pirámide de la suerte y la oportunidad no está reñida con admitir que son lo que son, porque existen aspirantes ignorantes, perezosos, miopes y sin catadura formal para ocupar los puestos que ellos entronizan. Más modestia debían exigirse porque son reemplazables cuando  desafortunadamente, la oferta supera a la demanda.

Éstos “señores de la guerra miserable”, no todos, volvemos a repetir, son los causantes de una ansiedad innecesaria y permanentemente, de la inestabilidad y el temor a cumplir años para terminar arrinconados en el salario del miedo, del paro y el desespero, siendo testigos que el “oro” recogido por el consumo desmedido y atrozmente volcado a una superflua e inútil necesidad, se oculte y desaparezca cuando crean que es preciso hacerlo.. para pronto o más tarde volver a empezar con su predicamento, sin contar con ellos, salvo con los más jóvenes a los que es más fácil de dominar. Eso piensan “los de arriba, los que mueven los hilos de los títeres que tocan el tambor”.

Y mientras suceden los procesos de renovación, los “tiranillos” del látigo, que no tienen amigos pero si espalda, están, en la cola se los aspirantes sin alma, que lo único que desean es obtener una piel del que relevan como alfombra, y una cabeza encima de la cabecera de su cama para lucirla como trofeo de caza.Aviso a los "jefecillos", los subordinados también piensan

No pertenecemos ni entendemos a esa tribu clasista, sectaria, la que cree que esta a salvo en una guarida inalcanzable. Despreciamos a esa horda que apoya el castigo del tribuno para golpear la bancada de los que reman para llegar a asegurar sus vidas y la de sus familias.

Los “jefecillos” deberían saber que antes de secundar y causar detrimentos sociales, por argumentar las imperiosas, desmedidas ambiciones y otras inconfesables necesidades de su “reptiliano” ordenamiento, existe un conclave, desconocido entre si que puede unirse desde la oscuridad, con todo derecho y facultad para hacerse oír y alertar el límite al que era imposible llegar, pero que por fidelidad y confianza no había todavía asimilado las dudas que motivan el rechazo que puede estar gestándose en aras de alcanzar, como mínimo la tranquilidad en el puesto de trabajo, que por intrigas de los mediadores peligrosamente causan sin más instinto de supervivencia que en sí mismos.

Estamos viendo como ignorantes esbirros ocupan sillas de mando que obligan intransigentemente a quienes tienen más inteligencia y disciplina que ellos, pero esa selección no se debe a la casualidad. No importa que se rompa accidentalmente un vaso por el valor que tiene, lo que sí se considera es que el cabestro responsable del establecimiento se lo pueda romper al infortunado causante en la cabeza.

Vivimos en el siglo XXI, . Las normas y las leyes están para cumplirlas, y éstas son bien conocidas, por lo tanto sería conveniente que voluntariamente y de vez en cuando, se pongan un bozal esos hombres, también mujeres, que ladran demasiado.


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