Cambiando de rumbo, hacía una profesión más segura, aunque pueda oler a cloaca

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Confesión de un decepcionado

Soy conocido como Pepe Vendetta y les voy a confesar algo que puede levantar ampollas, y no precisamente de antiobióticos genéricos. Si volviese a nacer, y con más sentido común del que me otorgaron mis progenitores con mucho esfuerzo y entusiasmo, dejando el tiempo transcurrir inexorablemente hasta llegar a una edad en la que los estudios y dependiendo de tus altas notas académicas se convierten en una amenaza para aquellos apocados y sumisos que tampoco tendrán un puesto fijo, destinados a seleccionar tus aptitudes, que no actitud amigable, con vistas a contratarte puntual y transitoriamente, esparciendo el temor de las sombras que les puedes hacer o simplemente por parecer más guapo gracias a la mascarilla por la que me he decantado en estos tiempos de tanta expresión estúpida, o bien ejercer una profesión que no se halle a la altura de la inteligencia y dedicación entregada para progresar en una empresa familiar, privada o estatal, pues como ya es habitual en estos tiempos de saturación humana, la oferta laboral supera a la demanda, todo me induciría finalmente y sin duda a convencerme sin otro retorno a la reflexión, a dedicarme a cualquier otro oficio que no tuviese relación con el hormigón, la mecánica, la reposición de alimentos en un supermercado o esperar a final de mes la renta mínima sin garantizar que ofrece por un aplauso silencioso el tal Iglesias, para no llegar de todas formas libre de deudas o préstamos, sin contar con las malditas hipotecas de un piso que podría estar alejado a cientos de kilómetros de mi último empleo, al que como medio de subsistencia obligada y decorosa no podría renunciar, ya fuese de picador de minas, controlador de drones de Amazon, mensajero de malas noticias.. o buenas, o vaya a saber cualquiera.

Resumiendo y por no desear hallar en la bolsa de las oportunidades más argumentos que impidan acelerar mi desconcierto social, me dedicaría a convertirme en un malhechor sin deseos de cometer delitos de sangre y sí todos aquellos desmanes de hurto, expolio, estafa, corruptela o robo que perjudicasen de forma directa al prójimo, preferentemente políticos, entre ellos alcaldes y presidentes autonómicos, sin olvidar a los banqueros accesibles sin guardaespaldas, a los que podría secuestrar o chantajear con una chavalita de casi 18 años.

O una de dos, me enriquezco e invierto lo sustraído con el sudor de mi miedo para montar un negocio lo más lucrativo posible, un centro de cannabis, una plantación de marihuana, una sala de juegos, un prostíbulo.. etc.etc. y lo haría con el fruto de mi mártir dedicación a golpe de atemorizar al personal con revólver detonador de fogueo y el uso de otra mascarilla anti-vírica más normalizada, considerando cualquier desliz para convertirme en víctima social influenciado por las drogas blandas, lo que haría que me agarrasen y me metieran en un penal de lujo, que ya hay 33 en España, en donde pasaré no mucho tiempo, dedicándome mientras tanto a relajarme, descansar, ir al gimnasio, conocer los secretos de la informática para descifrar claves y timar pequeñas cantidades gracias a las tarjetas de crédito de la juventud confiada, que pulula de manera intermitente por el éter virtual en busca de cualquier chorrada, y lo más educativo y placentero..  a oír como los más veteranos que pasan discretas temporadas bajo rejas de plástico o inexistentes, cine, teatro, televisión y piscina climatizada, perfeccionando a la vez mis deshonestos conocimientos para con una ciudadanía tan comprensiva, boquiabierta y envidiosa que jamás tendrá valor para hacer lo que yo hago, con mucha constancia y tiento hay que decirlo y no al viento, aunque me han comentado los más avezados que el futuro está en vivir del cuento y de la sagacidad que produce entender el concepto de lo escatológico como medio de gobierno menos grosero, y mucho más si adquiero un léxico propio de letrados y un diploma de 125 €, que prefieren ser útiles a la sociedad desde un puesto más acomodado, que les puede hacer llegar a ser, como mínimo y con paciencia, a consejero de Estado, pues cada vez son más los que se animan al pulcro arte de nunca hablar demasiado para no equivocarse y dejar que el tiempo pase adormilado con un canuto o un chute blanco, esperando que lleguen otras elecciones para ver como la manada corre, vuela esperanzada a depositar su voto a la candidatura de rango fiable en una urna de cristal, que ni mucho menos será peor que un calabozo de ese parador desde donde mañana puedo solicitar mi salida los fines de semana, mi libertad provisional, ese carné de paro y esa ayuda económica al emprendedor que he aceptado para mi sincera rehabilitación. Lo tengo todo por pensar todavía, pero mala idea no es.


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