CARTA ABIERTA A Dª RAQUEL ARBAJE SONI, PRIMERA DAMA DE LA REPUBLICA DOMINICANA

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A la atención de Doña Raquel Arbaje Soni, Primera Dama de la República Dominicana, esposa del primer mandatario Don Luis Rodolfo Abinader Corona

Excma. Primera Dama:

No le pido perdón por el atrevimiento de dirigirme a usted por este medio o el que crea conveniente, pues la libertad fundamental de mis derechos universales que tengo y disfruto de los mismos todavía, me invitan para hacerlo cuando mejor convenga y sin rozar la irrespetuosidad, que pudiera mostrar sin desearlo, modificando el contenido de este mensaje, en mi caso por escribirle o el de usted en responderme.

En cualquier caso a lo anteriormente señalado, y desconociendo los protocolos de preservación diplomática que pudieran existir, esperaría que hubiese alguien que le pueda reenviar la presente y sin temor a molestarla con esta reflexión sucinta en cuanto a lo que acá en su tierra sucede, con respecto y muy especialmente a las mujeres y madres haitianas que han nacido aquí, al igual que lo hicieron sus vástagos, y que todos fueron registrados como extranjeros. Allá cada quién con su conciencia y con lo que entienda es de recibo hacerlo, aun siendo una anomalía constitutiva de estudio, según opinamos muchos para ser enmendada sin otros perjuicios.

Desde el bastión de mi respeto hacía todos, salvo a los que incumplen los preceptos que la misericordia exige a todo hijo de dios, dicen, y en el que yo ni siquiera creo, pues eso que a unos les sobre alimento y a otros se les niegue y castigue por su color, raza y cultura para que puedan seguir muriendo hambrientos y hacinados en una habitación reducida visitada por ratas y cucarachas, esperando dormir a todas horas para no contar los días de sufrimiento en su cautiverio, persistiendo en su memoria un retén forzado como una sentencia firme de acoso y derribo, por ser víctimas los acorralados con carácter propiciatorio para que los políticos, sin modificar un ápice su comportamiento, estén y sin saberlo probablemente en el límite de convertirse al “fascio” más indecoroso por vocación de rechazar o pasar página a una cita de la historia más reciente, o que por simple error en su pundonor con devoción excluyan dar refugio a la compasión, haciendo de su capa un sayo con las miserias ajenas. Es algo que produce irritación y pesadumbre, cuando al parecer todo lo que pueda exponerse a la reclamación se limite a dar cumplida respuesta a su Constitución.

Mientras tanto Excma. Primera Dama, el resultado de una miopía legal que impide no atender a otras razones más auxiliadoras, influyen en escenificar un gobierno de terror, invocando al miedo que juzga a muchas mujeres a ser deportadas a lo desconocido, cuestión muy reveladora para que en lo personal todo eso no entre en mi fórmula científica de la equidad humana, que sería oportunista por mi parte, si no fuese coincidente con otros sabios intelectuales y humanistas a los que nadie les rechistaría, por lo que me gustaría por un momento que usted, como esposa y madre, adoptase la figura y simulase por un instante convertirse en una haitiana, mujer, ignorante, indocumentada o no, con hijos, que hace lo que puede para con un “chin” de un sobrante de lo que sea alimentarles, máxime cuando el esposo ha desaparecido, huido o tristemente reducido al otro lado de la frontera, sin un peso con el que contentar al guardia que vigila una valla, y así volver a lo mismo, a mesurar el horror, albergar el rencor y jurar que la venganza no procede y jamás debe ser admitida bajo ninguna expresión o pretexto que la tutele, y mucho menos con una solapada amenaza, que pudiera interpretarse maliciosamente por quienes no tienen nada y se vulcanizan, se entierran para encarcelar su propia respiración y no tener existencia, creando un estado de ansiedad permanente, que no expira y se contrae entre preocupaciones y lágrimas, llegando a la deriva al no hallar emoción y sentimiento alguno en un valor ausente que se evapora lentamente y se halla en estado moribundo, puesto lo que más escasea es el pensamiento de seguir con vida cuando se es testigo de una crueldad innecesaria.

¿Qué podría pensar usted, en su papel de ciudadana señora Arbaje?, Usted como esposa del Presidente Abinader sobre una situación que sucede en la periferia de los pueblos y ciudades de República Dominicana, en donde numerosas, quizás cientos, miles o más de un millón de mujeres “prietas” distintas a usted en casi todos los sentidos, necesitadas de compasión y de una mirada que no sea altiva, estén asustadas cada vez que sortean una esquina para no encontrarse con el muro infranqueable de una policía obediente y la guagua amarilla del destierro por una fuerza ciega de deportación, ahora de todos los colores y aumentada de la “migra”, para hacer desaparecer ese considerado lastre humano de frágiles y desamparadas mujeres carentes de cualquier sonrisa, que tiemblan cuando no sabe expresarse correctamente, incluso en su creole nativo y para encomendarse a nadie más que no sea su propio destino, y al que sin consideración se las humilla como si fueran escoria cuando se retiene a la persona en plena calle, o sacada a la fuerza después de derribar a culatazos una puerta en donde se cobijaban malviviendo, después de haber sido en algunos casos denunciadas por aquellos a los que también se les convence de tener vecinos incómodos, a los que mandar sin remisión al infierno.

Son mujeres y niños, señora Arbaje y sin tanta suerte como la de usted, que seguro la complementa gracias a su entereza, valía profesional o la misma cuna que con gratitud le ha hecho diferenciarse. Esas mujeres y niños no gozan de ninguna seguridad, menos de la jurídica y que repletas de ese horror que subyace a todas horas, que habrá de definirse con otro nombre de lo que sucede, seguro estará próximo a una evidente esclavitud que les impide moverse con libertad, quizá para no ir a ninguna parte, salvo para aquell@s que por el camino encuentren y quieran compartir con ellas un donativo, que quisieran también obtener si se encontrasen en la misma situación de miseria y una precariedad que clama a la justicia divina.

El horror, el horror de no ser nada, ni siquiera invisibles para que nadie se fije en ellas. El horror, el mismo que en otro sentido figurado describía Joseph Conrad en su novela corta “El corazón de las tinieblas”, en su navegación por un rio, que tampoco será el Masacre, en busca de un lugar en el que al final de todo, sirviese para descansar y después seguir adelante.

Una tregua señora Arbaje, y que influya para que su carismático esposo exprese un sentimiento de comprensión con algún matiz de piedad con caducidad política si así se determinase mientras se buscan soluciones, pues sus deberes y bondades le precederán, mientras se arregla de alguna manera ese problema de un Haití en llamas que enciende a cualquier hora las calderas del “inframundo” y que no tiene sentido abyecto contribuir con enojo para compartir una vergüenza de desolación y desesperación añadida. Y ahora si añadiré de pena, algo que la comunidad internacional agradecerá de un instinto y voluntad que parece estar perdido, sinsentido, vacío y corrompido por mirar a otro lado mientras el día amanecía soleado para un@s, y para otr@s desafortunados como una sombra permanente, aunque podría dejar de ser eterna.

Probablemente Séneca lo expresaría todo mejor, argumentando la petición que humildemente se le hace, quizá a través de su obra “De la ira”, haciendo una exposición más clarividente para llegar finalmente a decir antes de morir por el mismo, que prefería hacerlo personalmente antes de ser un esclavo de Nerón.

Reciba usted Excma. Primera Dama mi consideración sincera, en la confianza que usted podrá impulsar un recurso de alzada para mitigar el dolor de una parte de una sociedad “extranjera” si así se la quiere llamar, que busca refugio y vive aterrada, angustiada y sin más apego que el recuerdo de lo que deja atrás, pues nada tuvo, nada tiene y nada se llevará, salvo la esperanza que podría detenerse hoy mismo para no quemarla.

Juan Hdez. Belz – assideremaxime@gmail.com

En nombre propio y representación de otros, entre muchos olvidados.


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