430 años pueden servir para recordar y reconciliar posturas..

Puigdemont y los tercios catalanes
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430 Años separaban la cita el mismo día, y ahora vuelven a alzarse “pacíficamente” las espadas de una “independencia no necesaria.. y mal negociada”.

¿ Una coincidencia, una casualidad ?.. que hace 430 años después y en el mismo día de hoy 7 de Diciembre de 2017, El Ex president de la Generalitat Carles Puigdemont, reciba en su exilio de Bruselas, a una multitud compuesta de 45.000 fervientes admiradores llegados a la capital belga, desde vuelos fletados, autocares concertados y vehículos privados, que de manera pacífica vitorean la independencia de Catalunya, de forma muy distinta a la de 1587, y repetimos el mismo día, el Tercio de Queralt llegó a los Países Bajos, es decir muy cerquita de la actual cita aludida, que partió desde Lombardia el día 7 de Octubre, justamente dos meses antes, contando con un contingente de 1900 hombres distribuidos en 17 compañías compuestas de hombres valerosos reclutados en Catalunya, y no precisamente para sermonear victimismos ni alimentar inquina, sino para secundar acciones militares en avanzadilla de choque por la mucha confianza que le daban al Duque de Alba al pie de batalla.

Se lee en los anales de la historia que en Catalunya, al igual que el resto de la península española, se aglutinaban bandas armadas de arcabuces y rojas barratinas, que siempre en actitud belicosa acechaban los núcleos desprotegidos o no, para asestar golpes de gracia a quienes consideraban les habían arrebatado el pan y el honor, lo que motivó al Rey Felipe II a conceder perdón y amnistia a los rebeldes a cambio de alistarse “voluntariamente” en una leva, toda vez que el almirante inglés Francis Drake en el mismo año, saqueaba Cádiz, destruyendo buena parte de la Armada Invencible que se estaba preparando para invadir Inglaterra, mientras Alejandro Farnesio preparaba el alistamiento para que se produjese la invasión, prometiendo el Papa Sixto V un millón de ducados a la corona española en el mismo instante que un soldado pisase tierra de insurrectos protestantes a la fe cristiana impuesta, que no libraría de enfermedades endémicas que hacia estragos en España y Alemania, a la misma vez que Isabel I de Inglaterra hacía ejecutar a la escocesa católica María Estuardo.

La llegada a Flandes, no sin derribar a sangre y fuego fortalezas y reductos de sublevados, llegó el caballero catalán Don Lluis de Queralt, dirigiendo un ejército de los siempre reconocidos como “mercenarios” catalanes, a los que ofreció buenos sueldos bajo enseñas propias de cuatro barras combinada con la real, siempre en franca camaradería con el resto de los 18 tercios que se afanaban en la conquista de un servil Flandes, aunque con relevantes muestras del escarnio y en indisposición local que se resistía fugazmente.

Los lugareños, artesanos y labradores que observaban con temor los desfiles de los tercios, confraternizaban con los catalanes más que con los adustos españoles, por usar lengua con algunos matices a la suya, distinta a la del resto de las tropas, que por mote les pusieron el apodo de papagayos.

El Tercio de Don Lluis de Queralt asistió al sitio de Bergen, y después de la refriega que muchas bajas causó a las tropas españolas, contribuyó a la reforma, repartiendo catalanes veteranos para que adiestrasen a los recién llegados de refuerzo, bisoños y poco formados, que una vez realizada la adaptación volvían a su lugar para no ser segregados de lo que entendían era debilitar un cuerpo de apoyo, bien entrenado y disciplinado para atender cualquier eventualidad.

Tras el fracaso y la trampa del fuerte de la Cabeza de Bergen, no hubo otra solución que repartir a la soldadesca catalana compuesta de 1900 hombres entre los menos de 7500 españoles que podrían haber quedado en 1588.

Como reconocimiento se elogió a Don Lluis de Queralt, catalogándole de caballero catalán muy gallardo, inteligente y osado, sagaz y precavido en los campos hóstiles de Flandes, a mucha satisfacción del Rey que alababa sus “picas” sin jamás retroceder.

Casualidades en las fechas, en las que se han dado cita disconformes con la constitución, y las gestas que se produjeron en esas tierras frías de Flandes, existía una Bélgica que tiritaba ante los duros “catalanes” con los que se medianamente se entendían, mucho mejor que con los “castellanos” que siempre estaban prestos en elevar la espalda y escupir pólvora, mirando de soslayo a quienes bebían de la bota de vino al modo de porrón. Y quizás allá empezó el problema, por manchar en una celebración de batalla ganada por parte de catalanes y castellanos, y por accidente, suponemos sin intención, un importante blasón, que todavía no tenía grabado ningún escudo de armas, ni tan siquiera otro color que no fuese el del compañerismo que hoy se aleja y nos seguirá devolviendo la historia que queramos repetir e interpretar.


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