Decadencia más allá de los confines ocultos de los camellos y elefantes

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Si la sociedad actual no tiene reparos en vivir su abundante, opípara y continuada decadencia, al menos quienes dicen velar por nuestra felicidad social, no deberían tener ciertos reparos en combatir la necedad que impera, sensación perceptible en alto grado, cada vez más arraigado que se va apoderando de la inteligencia necesaria para superar el desarrollo de seguir comprometiéndose a entender lo que es sencillo y asequible para todos.

Es un hecho incuestionable, pensamos poco y solucionamos menos cuando nos vemos alterados por un problema, ya sea doméstico, laboral o sentimental. Conspiramos a todas horas contra nosotros mismos abocándonos a ralentizar la soluciones, que en la mayoría de los casos las dejamos aparcadas en el tintero sanguíneo que nunca utilizaremos para seguir escribiendo nuestra historia que en realidad es lo único que cuenta, ya sea para memorizarla, compartirla con otros sujetos o tenerla a mano si llegamos a depender del clásico psicólogo, que goza sobremanera al intentar rasurarnos el cerebro para menospreciar lo que considera una resaca de neuronas acomplejadas y libertinas, o sacar conclusiones erróneas de una claustrofobia mental que nos impide mostrarnos más claros y abiertos a lo que suceda, no exteriorizando los secretos que nos podrían perjudicar, máxime cuando el analista se cree con autorización docta para domesticar y sentenciar nuestros problemas con soluciones en la mayoría de los casos sin fundamento y poco prácticas, pues para ello hace falta la madurez impuesta por la vida, y no por haber aprobado notablemente una “experimentada” vocación en el aula de una facultad repleta de esquizofrénicos jóvenes de palabra rebuscada y elevado ego con la escasa modestia para seguir aprendiendo, pues no darle valor a la experiencia es no aceptar la realidad que prevalece hurgando en las notas recogidas, remitiéndonos que muchas veces en los exámenes, en donde es más difícil copiar chuletas que memorizar una lección repetida una y mil veces, lo que ha llegado a presumir a muchos de tener una carrera que les harán aparecer más “listos”, para probablemente dedicarse a firmar valideces en la renovación de un carné de conducir.. o haciendo de becario/a cuidador en un jardín de infancia.

El aturdido hombre o mujer del hoy, entregado a disfrutar de los instantes se considera emprendedor de altura por entender que a las “pipas” sin cáscara, hay que ponerles sabor desagradable cuando se degustan durante la visión de un film de terror, sin olvidarnos a los que en vez de destinar parte de su tiempo en leer un buen libro prefieren ir al centro de musculación y después de media hora llenarse en estómago de asteroides gástricos, hamburguesas, patatas fritas y frambuesas.

Muchos de los que no hacen nada por divagar en el diván del salón familiar, creyendo que es moda tener una reflexión así de cómoda, seguramente por temor a tener un derrame intelectual si se exceden, o un accidente mental si piensan en lo que no deben, les obligará finalmente a seguir hablando a todas horas por el loro del móvil telefónico, refiriéndonos en concreto a esos que se quejan que el “curro” está difícil cuando se levantan a las once de la mañana, y que no merece la pena terminar como sus padres víctimas de una enfermedad pronosticada en lo económico para ser bautizada coloquialmente como pph ( pobre progenitor de hipoteca ). A ellos va dirigido este breve y y sentido reconocimiento, cuando creen que el sistema, sin humos, ruidos y nubes blancas, no va a responder a neutralizarles sin son fruto del paroxismo laboral, deteniendo la ambición ilusionante por lograr un mundo mejor que no ha sido visto e influido en un film televisivo, ya sea porque los fenómenos mágicos ya no los fabrica ni dios, y por las mil razones equívocas que están al alcance del débil deudor de préstamos familiares, que en muchos casos para salir del atolladero social son intercambiables en esquinas expendedoras de drogas canjeables, si aceptas servir al negocio de manera piramidal convencido que este paso lo has debido de dar antes, y que cómo referencia, si se sigue en estudiar la conducta de los demás que no la propia, ya veremos donde llegará el problema.

Dicho lo anterior, celebrar que todavía tengamos la oportunidad de poder advertir sin alucinaciones todavía, que la sociedad cabalga en un asno mientras otros lo hacen en un caballo con el crin de oro y otros en cuadriga de plata, aclarando que mientras haya ignorancia, desidia, angustia, desesperación, ansiedad por no superar los condicionantes que mueven al gentío a no ser parte en este conflicto de intereses mal avenidos y agorafóbicos que han irrumpido sorpresivamente en la era digital del siglo XXI, todos los demás intervinientes sin espíritu de arrancar y evitar quedarse estáticos, deberían considerarse pasto de sus propias llamas, si no son capaces se echar una mano a quien lo necesite de verdad, incluso sin “comerles” el coco y lavarles la cabeza, impidiéndoles que asistan frecuentemente con el calificativo de hipocondríacos, al ritual de la farmacopea de la receta, desnuda de milagros y muchos placebos recomendados, a través de consultas, que atenderán otros extraños de bata blanca con sumo placer concertado, para el suministro por doquier de una medicación facturada a las arcas del “estado”, originándose una pandemia de los sentidos sanitarios elevada al quinto elemento de una deuda desconocida y aparcada, con la condición de que el nuevo lanzamiento de píldoras que causan dependencia, se hayan manipulado con astucia por la industria farmacéutica, lo que viene a corroborar que el prospecto del “tratamiento unipersonal, selectivo y global todo es uno”, lo sea así también en las orillas de la competencia callejera para que exista entre ellos, los grandes laboratorios y los “camellos” de la papelina y el menudeo autorizado, las pastillas antidepresivas elaboradas por esos “elefantes” de la química secreta que arrasan en la gran granja en que se ha convertido la Tierra.


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