Obligación y derecho de poder dialogar sin arrogancia, con transparencia y respeto.

La necesidad de dar consentimiento a nuestro derecho de argumentar lo que se piensa, sin influencias de segundos y terceros. Y siempre con coraje.

dialogar con arrogancia y sin respeto
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Vivimos en una sociedad que cree vivir en el reino de los cielos, en donde todo es libertad a golpe de una opinión generalizada que puede estar confundida, y que incluso algún día la podríamos ver anunciada en las ofertas de Amazon, si aumentase el número de descontentos. Vivimos en la ficción superlativa y magnificada, que es apoyada, aprovechando el desconcierto por muchos medios de comunicación social que dominan el éter de las privilegiadas élites, subyugadas, al igual que las marchitadas en esferas menos favorecidas, en pro de que la publicidad llenen sus arcas económicas y con más poder, mientras se emiten opiniones y manifiestos provenientes de quienes aspiran a tener sus segundos de gloria a través de las cajas tontas que nos distraen de problemas mayores, que se ocultan con la imprudente negación de la memoria.

Ante el dislate de dedicarlo todo a la “seriedad” por conseguir la excitada serenidad, a una esperanza de reivindicar la palabras esfuerzo, que no aparece, el embrollo se sigue tejiendo en una tela de araña que nos devorará la paciencia, a costa de quemar las ilusiones, para que los valores que ha perdido la sociedad, vuelvan a recuperarse ante cualquier acción que pretenda eliminarlas.

El diálogo debe empezar a descubrirse, con el incalculable beneficio de la cultura, la enseñanza, la racionalidad y la firme convicción de que la integridad del pensamiento es primordial, para que el absolutismo de la brillante verdad resplandezca en todos los frentes en el que solo encontraremos, después de la contienda dialéctica a favor y en contra de seguir entendiéndonos bajo decretos, unas trincheras solitarias, repletas de cartuchos vacíos de unos proyectiles dirigidos a ninguna parte y a unos enemigos invisibles, que por desaparición voluntaria o deserción, han despertado o han huido  de un teatro de operaciones salvajemente triturado por la inacción de quienes debían dirigirnos con fe y declarado entusiasmo.

“En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército de los inmovilistas, la guerra que libraba la ambición, el sometimiento y el enmudecimiento, ha vencido y acabado”. Una triste noticia que deberíamos evitar, mientras nos rodeemos de las clarividencias de la razón y en sintonía con la paz.

Al igual que la exigencia por parte de los políticos, a desenmarañar y editar leyes que acrecienten el estado de bienestar, la lucha contra la corrupción, la equidad y el respeto, las parejas no deben estar exentas de similares pretensiones, y por ende, los hijos, si los hubiere, mucho menos permitirles que se les lave el cerebro con mensajes de índole incierta en busca de obtener recompensas sin demostrar que pueden merecerlas.

Más hablar con voz exenta del “pragmatismo” disfrazado, y más capacidad para entender lo que nuestro cerebro asimila con dificultad, sería un buen comienzo.. para dialogar con la transparencia que debemos imponernos cuando tenemos ocasión de hacerlo, con el coraje que no puede ser confundido por banales ofrendas a la confraternidad que los malnacidos no comparten, y una debilidad de las intenciones, cuando es mostrada con férrea insistencia, sin arrogancia y auténtico comportamiento.

La verdad es por naturaleza evidente. Tan pronto como eliminas las telarañas de la ignorancia que la rodean, reluce claramente.  

( una cita olvidada )

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