Dos tristísimas anomalías en HAITÍ y REPÚBLICA DOMINICANA

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La primera resultado de una investigación de la CIDH Comisión Interamericana de Derechos Humanos, en la que detectó diversas y muy problemáticas irregularidades durante su visita a la penitenciaria nacional de Haití, respondiendo así a las numerosas denuncias por la falta de respeto a los Derechos Humanos en tal institución, que sobrepasa su capacidad carcelaria debido a los arrestos continuados por manifestaciones contrarias al gobierno de Jovenel Moïse, uno de los presidentes de Haití que probablemente se halle en estos momentos “encadenando” a sus opositores como ciudadanos bajo sospecha, al igual que a sus detractores políticos como testigos sobrantes de sus actos.

No únicamente el hacinamiento es claramente deplorable y llamativo, al que hay que añadir la insalubridad reinante y la escasa o nula asistencia médica a la población encarcelada por todo tipo de causas políticas y delitos, amén de la ausencia documental de cargos y otros que no prosperan para deliberar sentencias y aplicar una Justicia plena y con garantías.

La CIDH manifiesta su contrariedad por la escasa colaboración recibida por parte de las autoridades, denotando en su inspección un malestar entre los funcionarios y un desapego de sus cometidos más personales, debido al temor de afrontar motines con el riesgo de peligro que pueden afrontar físicamente.

La segunda llamada de atención sería para República Dominicana, en donde existe un marcado acento democrático que puede verse empañado por las últimas e incesantes redadas de haitianos, que por el simple hecho de no ir documentados en ese momento han sido deportados arbitrariamente, sin dar tiempo a comunicarlo a sus familiares más próximos o una mínima oportunidad para recoger papeles e identificarse o pertenencias más inexcusables para no tener en cuenta. Se han dado casos de mujeres totalmente desasistidas y abandonadas en la frontera, sin medios de subsistencia y recursos económicos, con hijos que han abandonado sin desearlo por imperativo policial, algo que debería ser analizado en profundidad para evitar el escándalo de una alteración de las buenas costumbres que siempre ha demostrado el pueblo dominicano para con sus vecinos haitianos.

Es muy triste contemplar a personas deambulando sin rumbo fijo o sentadas esperando un milagro, con harapos, sucias y trastocadas después de largos viajes, derrotadas y sin saber que hacer, acabando muchas siendo víctimas de “coyotes” que darán facilidades para endeudarse y cobrar “generosamente” después del servicio y una colaboración en el tráfico de personas al volver a cruzar la frontera, gracias a algunos reprobables y corruptos oficiales que no tienen miramientos de morder los pesos como moneda y valorados de la miseria, que desprestigian el buen nombre de las fuerzas armadas dominicanas.

Es cierto que República Dominicana está padeciendo una invasión silenciosa con el aumento de un contingente de haitianos inesperado en estas fechas, fruto de una dramática situación económica en su país, acrecentada por el trasiego incesante de venezolanos que llegan a la isla para procurarse un mundo mejor, pero ello no es óbice para templar con emotividad el contenido de las ordenanzas y tener más sensibilidad, otorgando respeto y comprensión cuando quienes son forzados, en el caso haitiano, a abandonar el país sin tener causas pendientes con la Justicia, tan solo hambre y esperanza de hallar un trabajo digno y que siempre será aceptado aunque sea poco remunerado.


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