El australiano que vive de las miserias, que ve y contempla desde un hotel de 5 estrellas

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Si procediese, y antes de una intervención dinámica de compacto y choque en Haití, más reivindicativa y solidaria a través de la única herramienta escupe fuegos que emplean también quienes se resistirán a rendirse sin atenerse a las consecuencias por no confesar sus fechorías y crímenes o contribuir a no impedirlos, cuando así tuvieron ocasión y la bandera blanca ondease todavía para llegado el momento saldar viejas deudas con la justicia internacional, capitaneadas por hombres y mujeres valientes en la acusación y defensa, como así la administración inquebrantable de un tribunal emplazado por la figura de un Jesucristo redentor, habría de realizar con premura una invitación a ese sanador de conciencias con excelente traje y corbata llamado Philip Alston.

Ni que decir tiene que pagaría el viaje Naciones Unidas, como no pudiese ser de otra forma, manutención y desplazamiento interno por el tiempo que desease, a ese relator (ONU) de la pobreza extrema y vulneración de los derechos humanos, que va dando y lecciones de comportamiento, que él todavía no ha aprendido a comprender después de dar vueltas y bandazos por el mundo de los desheredados, refiriéndonos al australiano comisionado, del que repetimos nuevamente su nombre, Philip Alston, quien se prodiga en afirmar que en España hay desidia por dar de comer al hambriento y un agua mineralizada al sediento, lo que demuestra que dicha personificación del saber recoge historias de la superlativa ignorancia y el sesgo político por el que se deja influenciar, después de una información parcial convenida entendería que ningún asistente social firmaría como concluyente un texto de tal tamaña desconsideración.

El señor Alston hace los comentarios anteriormente citados y a reglón seguido, después de degustar la paella, saborear los buenos vinos y saturarse de queso, pan con tomate, chorizo y jamón ibérico, lo que nos hace sugerirle, si tiene curiosidad social, emprender un tour por el oscuro campo de las miserias urbanas y rurales para llegar a la conclusión de que en todas partes cuecen habas, pero que hay algunos países en permanente estado de inanición, a la vez que atemorizada su población, que reprime su dolor y llanto sin lagrimas para apagar los gritos silenciosos del horror, cuando el techo de un habitáculo cede o la chapa metálica se la lleva un ciclón, pues nunca hubo ocasión de arreglo tras el terremoto de 2010, y en donde las ratas campan sin respeto, siguiendo presente la hambruna, apareciendo día tras día sin falta, noche tras una vigilia de pesadilla y un insomnio desgarrador marcado por una desesperación infrahumana, que es lo único que se siembra además del odio acumulado y la falta de fe, cuando nadie hace algo para evitar este desapego por un Haití que sigue en la lista endemoniada de los enterrados en vida todavía, máxime cuando nadie entiende el porqué se ha llegado a tal extremo, sin olvidar la recopilación obscena de casos de violaciones por parte de soldados y funcionarios con brazalete que insinuaban confianza y protección, cuando en la más cruda realidad se dedicaban, muchos de ellos a abusar de niñas de doce años, incluso más jóvenes, a las que inseminaron con el semen de las responsabilidades carnales convertidas en más descendientes empobrecidos y responsabilidades, a cambio de un plato de comida o un “gourde” para llevar a sus familias. Y todavía los políticos de Naciones Unidas siguen teniendo la desfachatez de afirmar que la investigación continúa. No vivimos en el habitat de los cariñosos y ahora tristemente diezmados por los últimos incendios en Australia, señalando a los koalas.. Mr. Alston y Cia.

Señor Philip Alston, si tiene curiosidad por conocer cómo se vive en un infierno en el que una libra de arroz es un tesoro, no vaya muy lejos, se traslada a la República Dominicana, se pasea por Punta Cana y compara, después y desde allí se da una vuelta por el Haití masacrado con el estómago lleno.. de miedo.


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