El largo o corto paseo por la vida, cogidos de la mano del invisible destino

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El mundo rebosa de incipiente creatividad, madura estupidez y negativa respuesta en ambos casos cuando se carece de instinto para no reconocerlos prontamente y en el entorno más cercano con el que nos relacionamos. Nos inspiramos en la imaginación sobrada, fornida o superflua, en otra definición auxiliadora como herramienta útil para cavar nuestras trincheras, para prevenirnos de unos y confiar en otros, de ahí nuestro gran error al no darle tiempo a nuestra mente para experimentar y discernir entre esos presentimientos y así llegar a una conclusión clara y portentosa, que nos hará consumir menos potencial en el trasiego de las neuronas en ese nuestro ordenador personal llamado cerebro disconforme, un utillaje que nunca llegará a renovarse, téngalo por seguro.

Somos tantos habitando el espacio prestado que hacemos lo posible por acaparar todo el trozo que podamos para ponerle coto a nuestra individualidad, sin esperar a nadie que defina la misma sensibilidad y sencillez para conservarlo como un refugio necesario a compartir. Sería cómo ocupar uno de esos planetas que brillan en la inmensidad, y que por muy alejados que se encuentren siempre nos resultarán familiares, repletos de ilusiones y nuevos retos para satisfacer nuestros sueños. Es fácil navegar en el sueño psicodélico a esa estrella radiante que tenemos fijada en la mente, y convertirla en nuestra caverna osaría con sonidos y luces llamativas, que en cualquier caso nos distraerán en el debatir de nuestras dudas, alegrías y sufrimientos.

Somos distintos, en cuanto a razas, matices y tonalidades de identidad en un pantone que no admite variedades en el escenario paleontológico, por ello nos resulta embarazoso encajar en el puzzle imposible de la vida todos mezclados, aunque otros, considerados los de siempre, jamás estarán conformes con intentarlo, prefiriendo salir armoniosa y educadamente de un laberinto al que abrirle una nueva salida aunque sea con una violencia innecesaria, pues el tiempo es largo, prudente y se encarece para soportar tanta fatiga en adivinar el futuro que mal llega y es implacable, pues el destino, que lo es todo, es caprichoso, imprevisible y muy engorroso para no tenerlo presente.

Para reafirmarnos y ser cada día más espontáneos y naturales, más seguros de nosotros mismos, nos intentamos conservar sin desangrarnos con emociones y razones, siempre en la tolerancia y la idea de poseer una capacidad innata, extrema en esa gran mascarada que se crea y recrea en un ambiente inapropiado la mayoría de las veces, antes de que nos descubran cómo en realidad somos y nos comportamos, aunque no importe a los demagogos y si a los inocentes inculcadores por demostrar socialmente que nunca han cometido perjuro consigo mismos e intentar tratarnos de envenenarnos con sus comentarios irreverentes. Creemos que somos inmensamente mejores que quienes nos rodean, si no nos entienden en nuestro rifirrafe intelectual. Es simplemente una cuestión de egoísmo que no perjudicará a nadie. Así procuraremos convencernos.

Somos dulces invasores, blandiendo la espada de la compasión fingida rescatada de quienes nos atemorizan e intentan intimidarnos con sagacidad burda y grandilocuente. Entendemos, bajo sospecha, que lo hacen al día siguiente de tratarnos sin ningún resultado aparente, lo que nos confiere la oportunidad de no perder tiempo y escoger el mejor escudo para defendernos de lo que ignoramos de ese desconocido contrario, que volverá a intentar envolvernos en un juego de retos en los que por despecho, habitualmente participaremos a fin de conseguir la inmerecida medalla que nunca luciremos en la próxima, similar y habitual batalla.

La peor controversia de la vida no es la muerte, es la vejez, pero siempre se tiene tiempo de restarle un segundo a esa guadaña que nos amenaza siempre. Todo es imaginación, todo consiste en no contar los segundos, para que los mismos impidan que concluya el día, y así en ese bucle seguir destilando una personalidad despejada pero encubierta en la inmensa mayoría de los casos, permaneciendo jóvenes e impasibles ante un espejo opaco, del que procuraremos vernos poco para no contarnos en la intimidad los años que han pasado.

Lo que haces por ti se desvanece cuando mueres. Lo que haces por el resto conforma tu legado. Kalu Ndukwe Kalu

Venimos al mundo para pudrirnos, unos antes y otros después. Lo imposible es saber cuándo se iniciará la reencarnación del gran gusano vencedor, y lo más probable es saber con la angustia que aparece de vez en cuando, reflejando que nunca vamos a acordarnos del pasado si después de todo aparece esa entelequia en el último suspiro, a sabiendas que nadie llegará a confirmarnos que ese don existe realmente, cuando estemos partiendo del hemisferio privativo que nos ha tocado en la media esfera de la suerte, para ser considerado pobre o rico.

Padecemos las consecuencias de la capacidad de ilustrarnos, aprender obligados y saciarnos del conocimiento para el progreso de nuestras actitudes en ese corto o largo recorrido, lo que nos conduce a la estación de la revolución cognitiva, la de rechazar el tiempo que transcurre estéril cuando nos agasajamos a nosotros mismos intentando deslumbrar a los demás, sin el mayor atisbo de indulgencia con el más ambiguo o parco empleo de las letras. Y es entonces, en un instante, en el que intentamos convencernos sin argumentos claros de nuestra fragilidad, cuando reparamos en que antes o después serán los gusanos animados nuestros invitados.. siendo los únicos que nos arrebataran nuestra sapiencia para siempre, pues estaremos inertes, callados y con una mirada fija hasta que desaparezcan nuestros ojos de la cuenca en donde los teníamos ciegamente “cobijados”. Lo peor es no tener la seguridad y la sangre fría de estar del todo muertos todavía, al creer que la reencarnación puede salvarnos con su indulgencia para darnos otra oportunidad, sin recuerdo alguno a que atenernos como una ventaja adherida a un cerebro herido y muy fatigado, cansado y con miedo que no ha sabido centrarse en aprovechar la subsistencia que disfrutamos, con la que nos arroparon al nacer de una génesis asombrosa que le da sentido a la vida, como una llama encendida que puede tardar en apagarse.. o no, por la intervención de un rayo mental divino o el mazazo definitivo de una miserable enfermedad que siempre hemos intentado evitar, o lo que se quiera dar en llamar para darle sentido a lo expresado.

Antes de hablar, piensa, pero antes de pensar, lee. Ann Lebowitz

Y no basta con ser más inteligente por atesorar los recuerdos y sortear el ordinario diabólico “alzheimer”, aunque furtivamente los años nos pasen otra clase de factura. Lo cruel de todo es cuando ya no queda mucho tiempo para arrepentirse por no haber reflexionado previamente, cuando se tuvo ocasión de hacerlo, dejando de pensar en la ambición ceñida a un nudo “gordiano”, reconociéndonos más débiles para deshacerlo, sinceros y transparentes, restando fuerzas para cuando casualmente al mirarse en el espejo de la impotencia, las arrugas que hay en nuestra memoria, optar por emprender el llanto de que en mala hora puedan haber síntomas de desfallecimiento, que pueden acompañarnos a donde sea para no regresar jamás, pues intentar lo contrario no se hallaba contenido en un contrato de nacimiento y reconocimiento de privilegios, oscuros o transparentes y sanos para siempre.

Y así, después de hacer un repaso de nuestra efímera existencia pensamos en lo afortunados que hemos sido por estar todavía en este mundo, repleto de vivencias satisfactorias, ocasiones perdidas y otras consumidas, aunque en momentos nos hayamos sentido arrinconados por lo que podamos haber leído en un pagano y misterioso libro, que nos haga pensar lo duros e insensibles que fuimos con los demás, negando el pan y la sal para saciar nuestra involuntaria conformidad como individuos sin correa y sin collar. Lo mucho que recibimos y no supimos apreciar, será entonces comprensible a través de ese latigazo con un marcado “ictus” sobrenatural cuando, si tenemos ocasión, podamos reaccionar para ser menos distantes con quienes nos dicen apreciar antes que nuestra voluntad desaparezca.

Hay que seguir atando los cordones de los zapatos invisibles aunque andemos poco. Hay que seguir poniendo los pies en el suelo solitario para sentir que el paso que vamos a dar está ya asegurado, y es entonces cuando hay que darle inspiración a los sentidos para dar el gran salto y obtener esa confianza, para que nadie nos pare y nos identifique como esos seres rancios, incrédulos que con su despotismo desplomado han ofendido una de la mayores virtudes entre el espacio – tiempo, levitando en el mismo éter el capazo de los desheredados y los de un nivel social premiado con un préstamo, refiriéndonos al factor humano como piedra filosofal que portamos en nuestro interior, aunque haya sido demacrado por las circunstancias, que invisiblemente nos acompaña en ese paseo por la vida que nos hemos ungido con una promesa de autosuficiencia ingrata y de peor renta, baldía y en permanente barbecho, probablemente porque no se ha tenido ocasión de labrarnos un porvenir inmaculado con el coraje y el elegante estilo que nos debemos para seguir merodeando por los recovecos en nuestras madrigueras, las que nos ocultan de nuestra timidez eterna, para evitar las incómodas preguntas y respuestas inmediatas que todavía no nos han sido planteadas con la prontitud necesaria, cuando ya no dependamos de una cobardía decadente por aceptar nuestro sino sin más explicaciones resumidas en.. ¿ de dónde vengo, a dónde voy y cuánto tiempo me queda ?.

Aprende de los errores de los demás. No vivirás bastante para cometerlos todos. Groucho Marx


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