El pueblo haitiano vuelve a sufrir un virulento, nuevo y desconocido terremoto

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El virus que hace estragos en el mundo, contagiando sin compasión las oportunidades del pueblo haitiano, allá donde se encuentre y existan nulas muestras de afecto en éstos días de blanco satén y muchas oraciones a un Dios, quizás también enfermo.

Discurren días difíciles en países que están atravesando graves penurias sociales, en las que se percibe cierto rechazo a la presencia haitiana en la República Dominicana cuando acuden a centros hospitalarios en gran número y con los que deben compartir asistencia sanitaria, motivados por una justificada alarma que empieza por una elevada fiebre, cansancio y falta de fuerza para poder respirar, lo que sin duda se reconoce por particularidades sintomáticas del “coronavirus”.

Hay que decir en contra de esas opiniones altisonantes e injustificables que aparecen en las redes sociales, que gracias a la sensibilidad de los médicos dominicanos, a su dedicación y esfuerzo en todas las áreas de la sanidad, se hace más plausible su conducta y llevadero por parte de los afectados, el estar tan lejos de casa.

No es de recibo alentar y si sugerir hacer oídos sordos a esos ruidosos comités representantes de una discriminación llamada ultra-xenofobía, fomentada en los barrios periféricos de Santo Domingo, principalmente por miembros del partido de Luis José Ramfis Rafael Domínguez-Trujillo, nieto del dictador del mismo apellido, que no se contenta con verse relegado a las cavernas con el candado echado de una derrotada participación electoral, la misma que convoca echar el cerrojo de admisión cuanto antes a un colectivo vecino que ha estado integrado, trabajando y viviendo durante muchísimos años con gratitud y respeto a la acogida más allá de su límite fronterizo, sin olvidar que pertenecen a un pueblo empobrecido, desheredado de oportunidades, relegado a realizar labores que los propios dominicanos dejaban aparcadas para que otros, los recién llegados de Haití en busca de pan y trabajo pudieran saciar las mínimas necesidades de sus alejadas familias.

El despreciable virus “covid-19” mata a todos por igual sin distinción de clase social, honrado gobernante o corrupto, rango profesional, color o nacionalidad, y lo hace más rápidamente cebándose con los más vulnerables que son los de mayor edad, como también lo hacen los odios y las calamidades que contagian el miedo por las forzadas deportaciones, además de las falsas incidencias de reyertas y tensiones, olvidando que ya empieza a haber otras consecuencias de una hambruna generalizada y silenciada, que ya se está dando en zonas turísticas cerradas a cal y canto en ese paraíso caribeño que corresponde a la isla La Hispaniola, debido a la falta de ocupación que redunda en los haitianos con mayor rigor y exactitud en no hallar ningunas prestaciones gubernamentales por la falta de permisos de residencia del 95 % de los haitianos, salvo las emocionantes muestras de cariño y comprensión que encuentras en unos ejemplares servicios hospitalarios en los que hay que certificar por experiencias presenciales ya no dan a basto.

Tal y como reza Ocelouis Celestin, Presidente de la Liga Haitiana Internacional : “ si los ángeles benefactores del Señor no han sido capaces de encontrar la traducción del lenguaje de la comprensión y nuestra inmensa gratitud, dejen los políticos que oremos con más fuerza y permitan nuestra presencia para que nos oigan y tengan la oportunidad de encontrarnos a todos juntos, dominicanos y haitianos en el mismo camino de la salvación”.


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