El síndrome del hambre, una enfermedad genocida nada desconocida

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Hay otras irregularidades en el mundo que no estan muy alejadas del animal, como son las otras y desasistidas pandemias que no garantizan a los laboratorios farmacéuticos ningún beneficio, ni enriquecen a los corrompidos gestores gubernamentales que caen satisfechos y siempre hartos en sus redes de tentaciones, amenazas y chantajes, refiriéndonos a los perversos males anónimos sin rendimiento ni remordimiento, en bolsa, en bancos de crédito o presupuestos fantasmas aquellos que no atienden las necesidades, al parecer sin remedio en cuanto a los que provoca el hambre, siempre tarifado en las estadísticas de organizaciones que no pueden impedir el padecimiento de los pobres sumidos en la desgracia humillante, y en recorrer un camino espinoso para llevarse de la boca al estómago un mendrugo de pan que descansa tirado en una oscura esquina cualquiera, del que puede salir un gusano o algún alambre oxidado y al que todavía ningún perro habrá llegado, viéndose extenuados y viviendo esos todavía humanos como desechos andantes, sin rumbo y sin llegar a recoger los desperdicios de los más favorecidos, por estar alejados los residenciales y sus zafacones mejor custodiados, lo que les hace el sustento inalcanzable a ese enjambre que pide limosna, evitando mostrar una manos sucias, dudorosas por el miedo y temblorosas.

Deambulan por las calles esa ingente masa aletargada, triste, somnolienta, meditabunda, de carne, hueso y un cerebro casi seco de tanto no pensar en nada, con la mirada vacía y perdida, algunos sin calzado, el cabello sucio y alborotado, el paladar seco y la palabra entrecortada. Son haitian@s con los bolsillos vacíos en un país paralizado, envuelvo en llamas, sometido a la ley del más fuerte si tiene el bandolero privilegiado un dedo nervioso en el gatillo de un Kalashnikov, que ya lo adoran como un símbolo de poder para convertirlo en la sangre, el sudor y lágrimas de los demás, y para ellos en cucharada, cuchillo y tenedor.

Hay hambre, sed de agua potable y justicia, hacinamiento y el que puede huye hacia la República Dominicana, en donde es deportado por un cupo suplido en exceso que ya se entiende como una invasión silenciosa de pedigüeños, sin darle tiempo a estampar su huella y recuperar el aliento, para volver a empezar su periplo hacia ninguna parte, pues todo esta en blanco, incluso las pesadillas que se han vuelto compañeras para quienes duermen pendientes de un milagro.

Son haitian@s, los olvidados que son retornados al infierno que pocos extraños quieren ver como un suplicio, recibiendo como castigo por su ignorancia un número invisible, para ser llamados en la muchedumbre despreciada por quienes repudian los derechos universales y las libertades de un libre albedrío, en algún momento llamativo del problema para aumentar esa diáspora incierta y errante, casi ya mutante que ha dejado de gritarle a un mundo sordo su demanda de auxilio, que no llega a escucharse, salvo un lamento en alguna opinión encontrada, que la casualidad encuentra en cualquier momento que se mire el dilema como el inicio, todavía no concebido de un holocausto en pleno siglo XXI, del que ya hablaremos cuando las ausencias y los misteriosos entierros sean pasto del olvido, y de una culpabilidad que ni siquiera el diablo quiere ser su representante por temor a enemistarse consigo mismo.


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