Elegir entre la pobreza económica y la mental, no hay duda, muchos se quedan con la que no tienen más remedio.

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Después de tanto tiempo adaptándome al nivel más básico de la cultura del pobre, o es decir, que tiene lo poco o bastante en su entelequia de vivencia y que lamentar por haber perdido otra más de sus muchas oportunidades, si la verdad como acuerdo indisoluble se hubiese mantenido con un principio ético con premio material, lo cierto es que lo hace sin haber desgraciadamente conseguido nada, hasta incluso las dudas para sentirse medianamente satisfecho. Un problema que ha dejado de serlo para una de las partes, y para la otra volver a la incertidumbre social, quizás al sufrimiento y a seguir cayendo en las redes que impiden salir del triste fracaso como ser convicto de una miseria, en cualquier caso inmerecida.

Me doy cuenta que he fracasado tras cinco años de aleccionar y sin adoctrinamiento por supuesto, de entrega por rehabilitar el enriquecimiento del pensar en otro yo conocido y nunca mayestático, siempre por descubrir o tal vez, todavía no lo sé, al insistir con constancia y sin lograrlo, intentando inculcar unos valores de estimación objetiva en lo ajeno y próximo de lo que se consigue como un valor añadido que no puede pasar por alto, siempre con cualquier esfuerzo en el lento peregrinaje en pro a un posición social más cómoda y menos frágil, que algo será si lo inalterable es lo poco satisfactorio que ha producido esta experiencia relación infructuosa, que es netamente insípida e insatisfecha.

Con la clara sensación de fracaso y pena dosifico en la brevedad lo mucho que pertenece a la confidencialidad que merece resguardarse en el respeto, manifestando la contrariedad al observar que ni siquiera la solución final del distanciamiento, se acerca a un nivel de conservar por parte de la persona afectada, lo poco que hubiera podido haber aprendido de otra mentalidad más lúcida, porque no decirlo la mía aunque fuese envejecida, para ser debatida si se hubiese tenido ocasión por ambas partes, pues pendiente quedará por siempre cualquier diálogo, pues no hay todo y sí explicado ya, ni tan siquiera el silencio pactado para que siempre sirva para confirmar que determinadas decisiones son inalterables, aunque la mía haya sido más pausada y finalmente más perseverante por dar el experimento por zanjado, aunque con síntomas de miopía todavía, sin puntuación final pero definitivamente poco comprensivo por un egoísmo sucinto y magnánimo hasta lo insospechado, máxime cuando lo que has dado a entender durante años y ha sido mal interpretado, es que la amabilidad, la educación y el bien hacer por ayudar sin pedir nada a cambio se traduce para mentes primates, inocuas y con un sentido tribal genético, en un claro signo de debilidad.

Escribo este epílogo a retazos, con una sensación alterada por el vodka con naranja y la música como fondo con sus voces lacónicas de un Creendence Clearwater Revival siempre estimado, cerrado un capitulo más de las horas que ya han fallecido, sepultadas en el cajón de los olvidos sin pena ni gloria para dar así instantes al destino, para que sonría de nuevo y así volver a despertarlo, consiguiendo no sentirnos tan mayores por el cúmulo de historias vehementes que podemos sentir narrando, razón por la que seguimos pensando en todo segundo que no hacerlo hoy, mañana puede ser demasiado tarde.


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