Entre leones y ardillas.. y la escala evolutiva sigue sin corregir ni identificar sus rasgos

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( Dedicado al pueblo haitiano que sin lugar a dudas se ha convertido en el eterno olvidado, el más humillado y marginado que ya no atiende a más razón que la de vivir hoy sin la esperanza de un mañana mejor, probablemente fruto de un fallido experimento social.)

Sin duda existe un elemento diferenciador entre la mínima e imprescindible expresión inteligente para seguir viviendo sin ser denominado cobaya humana en vías de persuasión, o vegetando entre los propios e indirectos problemas que crean esos indómitos seres que se ceban de los sobrantes alimentos como los recolectores que nunca dejaron de serlo, y se ausentan o intentan asomarse de manera pegajosa a la tentación de otros mundos cercanos toda vez elitistas y muy desconocidos, salvo cuando los observan a través de una pantalla de televisión, otrora desde una liana, ahora llamada ascensor, sin olvidar el botón detonador de asimilación de quienes utilizan con ventaja la coherencia y la capacidad analítica para iniciar o proseguir el hilo coloquial de todo lo posible o imposible, una conversación seria o intrascendente.. o sencillamente el inicio de una reflexión o pensamiento convergente sobre algo que merece interés debatir por la importancia que suscita.

Determinados integrantes a los que deberíamos llamar contertulios ocurrentes, aparecidos sigilosamente o faltos de etiqueta que por deferencia intentamos aplicar, a pesar de sus carencias intelectuales, solemos incitarles a que se suscriban socialmente y se integren en un círculo de racionalidad y confianza que realce su ego, para seguida e inevitablemente invitarles a proseguir por el camino que les es ignoto en una impenetrable senda, en la que sin advertencia rotunda y alguna de la precariedad que van a asumir por no conseguir adaptarse, hemos construido previa y alegremente un escenario fantástico, luminoso, mágico, sospechando que les podría resultar beneficioso si alguno resulta vivaz, despierto y deserta de la inconsciencia, de una pesadilla o un mal sueño que aunque en ocasiones es mejor no insistir en hacerlo desaparecer, nos sugiere aislarlo de inmediato siendo imperativo, por tanto preciso, descubriéndolo en ese trayecto improductivo que oculta el talento y la improvisación como si se tratase de un resorte, más nunca entenderemos si el esfuerzo será inútil en su relevancia y en nuestra inútil insistencia, porque nunca veremos y aplaudiremos el resultado que esperamos. Ésto es lo que llamaremos al final de la contienda educativa, recibiéndolo como nuestro esperpéntico fracaso en un juego de azar. La estupidez, el desatino y la carencia de un sentido común, puede ser contagiosa cuando no se llega ni siquiera al 50% del síndrome de Charly (ver film), para no explayarnos inadecuadamente de lo que se pretende trasladar en este punto y aparte de esas otras existencias imberbes, que compartimos pero sin ceremonia alguna de complicidad rechazamos, huyendo de sumergirnos en el lodo del que podríamos surgir disfrazados, con idéntico antifaz y los mismos harapos que cubrirían nuestros orgullos y vanidades.

Muchos hemos experimentado el declive prematuro o no nacido a la firmeza que se postula y se defiende a ultranza por estar dotado el investigador de profundidades limitadas carentes de oxigeno que le impiden respirar de la facultad de discernir entre el bien o el mal, lo aconsejable o lo peligroso, el ahorro y el gasto superfluo, ya sea en la joven y temprana edad del “nominado” o en su madurez, que le inhibe de corregir sus deficiencias al paso de los años, por anomalías congénitas o por ese cromosoma oculto que es incapaz de transferir la lógica orgánica aplastante, lo que le lleva a considerarse un vivo espécimen de sortilegios y ocasiones puntuales para aprovecharse con máscara caníbal de las mismas, en un sentido puramente arribista, artesanal, variopinto, primitivo y sin temor al ridículo ni a la tachadura de demostrar lo inevitable dentro de la versada conducta tanto en una religión animista, hinduista, cristiana, agnóstica o endemoniada, no del todo practicada en su generalidad, como sería servirse de la conclusión que con precaución se cita : come hoy todo lo que puedas porque mañana a lo mejor no tendrás ocasión de hacerlo, permitiéndose creer el sujeto en cuestión que es sagaz, listo y audaz, cuando la verdad se estanca, no trasciende y se esconde en un hecho de irrealidad cosechada en la mediocridad y albergada de un ADN fallido, enfermo, deformado, estéril, contrastado por la ciencia sin constantes vitales y una neurología vertebral que no terminará de encajar nunca con la difícil asimilación de lo que estamos exponiendo, ergo se entiende que además de padecer una deficiencia mental, un agujero poroso en el cerebro por donde se escapa la retención de la memoria, por tanto no existen ideas transitorias, se presupone también estar más cerca de la tara que grotescamente recogerá un código de barras gris y ciego, para quedar estadísticamente fijado en lo que entendemos como un subyacente subnormal y manifiesto, que jamás tendrá la ambición de madurar para aprender en una progresión adulta inculcada por un sistema de aprendizaje, que supondríamos necesario, ya sea limitado por convicción para reconocer errores, juzgar situaciones y mucho menos intuir sensaciones, que estimulen la imaginación y el buen ejercicio de una conducta afianzada por la simple naturalidad de los hechos.

No nos percatamos, pero vivimos inmersos en un mundo paralelo, distinto y de convivencia cognitiva emancipada, que ya es mucho decir, aglutinada en una sociedad que no se distingue por disciplinarse y comportarse con humildad al no reconocer su escaso valor como persona de nítida mentalidad, que tiene como reconocimiento paliativo una mirada perdida y en ocasiones fijada frente a la nada que se borra desfigurando la distancia y lo que a ambos lados se encuentra, por ser nosotros los pensantes, los mismos que hace siglos colgamos el hábito de “sapiens” en la percha de una lenta y anormal civilización, mientras que muchos nutrientes auténticos de la razón se perdían en un mar tenebroso y se ahogaban en la más supina ignorancia, atrapados en la espesura de una cultura focalizada en la tenebrosa gruta, teniendo como maestro y consejero al hechicero y al curandero, poco dados a demostrar y asumir que los brazos sirven para explorar, nadar y dirigirse a la protección de una playa, que aunque vacía abrigo les podría dar y así salir de la oscuridad. Eso, y que sucede abiertamente en el siglo XXI, se recrea, antes de embarcarse sin destino alguno, dentro de un núcleo de seres mermados por su propio egoísmo superficial y real antagonismo con un prójimo que los hacina o se aprovecha de ese núcleo táctico laboral inventado con discreción por el hombre inteligente, pues lo “primitivo” nunca dejará de ser analógico, pero sí visceral del que hacen gala una serie de grupos intuitivos utilizados en un condicionante para ser organizados a placer, según lo que presume el pedante analista y articulista, enfrentado con sus desaciertos para servirse de una calificación notoria que a lo mejor llega al éxito de perdurar y hacernos resbalar “cabalísticamente”, en que por el esfuerzo de ser capaces de entender a los “lelos” caemos en su propia trampa, aunque ellos ostenten el papel de leones y otros, los listos anónimos que se cobijan en jaulas de papel, libros y teoremas virtuales, se transforman en simples astutas ardillas que ya veremos si son lo suficientemente inteligentes para detener a la fiera manada, que esta a punto de irrumpir en las vacías aulas del saber para iniciar un definitivo Walking Dead, sin necesidad de morder y devorar como muertos vivientes a otros moribundos de impaciencia por pretender que el mundo gire a su conveniencia, sin razonar todavía que a lo mejor somos nosotros los que escribimos y tenemos la oportunidad de publicar estas historias, los que estamos sufriendo una reversión compleja y traumatizada, debido a que mientras cuestionamos y sacamos conclusiones, se ha estado con nosotros experimentando el cómo sacarle partido a la supervivencia sin perder un ápice de la hambruna que les obliga a “ellos” a ser como son por muchos siglos que pasen, por muchas lunas que se invadan y por muchas teorías psicoanalíticas que se ejerzan en “olor” de crear un sí o un no dentro de lo que comporta un error en el origen.

El saber no ocupa lugar, pero la desigualdad en el conocimiento y en lanzar al espacio la taba roída como un signo de hacerse con otra altura de miras (ver imagen al inicio del film 2001 una odisea del espacio) sin duda creará un conflicto en el futuro, que hace añicos la guarida de esos roedores simpáticos y educados en los que nos hemos convertido algunos humanos, buscando protección en esa jungla de hierro y cristal que suponemos nos cobija, a sabiendas de que somos también sus esclavos.

Y es que después de todo sabemos de antemano que a las gentes de color que fueron esclavizados y sus descendientes, con rasgos parecidos a los descritos en este sudario, y que son muchos millones los citados, por su propio desarraigo, inconstancia y supremacía de vivir el último día como si fuese el primero de su historia natalicia, les es más fácil combatirlos y anularlos aunque dispongan de dientes afilados, como bien diría el célebre periodista estadounidense Seymour Hersh, quien no tiene reparo en afirmar a sus 82 años lo dicho, salvando las muchas excepciones que no pueden dejar de manifestarse como un elogio al instinto de una raza joven y poco gratificada que ha sabido sobresalir con licenciaturas admirables, cosechando grandes éxitos para la historia en todas sus ramas, a lo que añadiríamos que no hay que esforzase en escalar si el monte es un llano, y la laguna una ciénaga que se mezcla con el paisaje cuando llega la noche, y ni tan siquiera se oye un ardilla rebelde, buscando que la entienda un felino, una fiera que ha comprendido que sus rugidos pueden alarmar a una víctima excesivamente peligrosa por su dialéctica prometedora, que intentará modificar su destino de igual manera que lo hizo la rana cuando portó al escorpión asesino al otro lado del río. Intuimos que ya conocen nuestros lectores el final del cuento. Simplemente es la naturaleza la que nos obliga a pensar y a hacer lo que no se espera, sin olvidar que eso de la tara cerebral compete a todo el género humano, ya sea negro, amarillo o blanco.


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