Existen otros mundos, y el “anormal” de “Charlie” es uno de ellos para el hoy y por siempre. Hablamos de Haití, con exclusiones personales dignas de resaltar y en ningún caso generalizadas, aunque sí muy mayoritarias.

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Existen otros mundos, y en efecto están aquí representados en el planeta Tierra, la bella, tórrida, caliente, primaveral o fría esfera repleta de contrariedades, de riquezas y pobrezas. Esos mundos son convergentes, transversales y poco coincidentes cuando a algunos les falta de todo y a otros no les sobra nada para repartir, ni tan siquiera para darles las gracias por recibir algo a cambio, que siempre sería mucho o poco.

No nos percatamos de la realidad, seguimos mirando sin sutilezas hacia izquierda y derecha, sin guiños y sin fijarnos en el centro donde fijo se halla ese gran árbol fantasmagórico que impide ver la espesura de esa selva o tundra desierta en la que nos encontramos siempre solos, lo que nos obliga por conveniencia o no, a no pensar en las desgracias ajenas, y en lo mucho que sufren otros humanos, especialmente niños, cuando les aterroriza y atemoriza el hambre, la sed y las lágrimas que son incapaces de derramar, pues a ese líquido valor alguno le dan cuando consideran un derroche innecesario, que almacenan en su subconsciente por si sirviese para algo más que mitigar un sufrimiento, que día a día es menor por estar ya acostumbrados a padecerlo. Dicen que sarna con gusto no pica.. y mucho menos si tiene gusto y llena el estómago.

Hablamos de un pueblo oprimido, castigado, desgajado, genéticamente desgastado y adulterado, roto y en harapos, desamparado y vejado por acumular la hiel que produce el odio, la ignorancia de su génesis como origen y principio de una esclavitud social que no ha concluido todavía en el siglo XXI, además del rencor que protege el líquido viscoso denominado bilis que ya no es verde, es negro y tiene un sabor edulcorado en vez de amargo. Hablamos de Haití.

Los haitianos siendo esclavos fueron arrancadas las familias de cuajo, hombres, mujeres y niños obligados a separarse lo que causaba un dolor extraordinario, lo que hizo que se blindasen los afectos, se fortaleciesen las emociones para que no transpirasen y hacerse más fuertes, algo que hoy sigue perenne en su ADN, lo que les hace insensibles a demostrar amor, incluso odio. Así ha sido y es hasta hoy.

Si existe un dios y se puede presumir seguir siendo ignorado por los iconoclastas, agnósticos, asociales irreverentes e incrédulos de todo lo que no se ve no existe, y que pudiera también esa deidad placebo tener un punto de conexión humanístico con la suerte, la esperanza y por supuesto la maldita desgracia. En este caso faltaría por participar en esa mezcolanza de creencias vertiginosas la siempre presente desilusión, la gangrena en el intelecto de los que probablemente dejen de pensar de un momento a otro, en el significado fundamental de lo que representa ser haitiano, en el que se observarán sentimientos, estampillados en los salvoconductos del fracaso, en secos recuerdos y experiencias muchas nefastas, compartidos con sonrisas y alegrías fecundadas en la artificialidad de unas imágenes robadas en un celular o en una pantalla de una televisión que irrumpe con secuencias sociales que jamás vivirán con ellos, salvo algunas excepciones virtuales e instantáneas que se han procurado lucirlas a través de la oportunidad puntual, o de una percepción siempre a flor de labios que se pronuncia como corrupción generalizada y modesto pillaje de calle concurrida o solitaria, en donde se ha perdido el orgullo por combatirla y ser soldado de su propia fortuna.

Los haitianos y haitianas denotan inseguridad en sus repetitivos hábitos, son inconstantes, infantiles o seniles, no hay termino medio, trágicos en la simplicidad, duros, malcarados y tolerantes con la impotencia, imprecisos e impuntuales, sencillos en su comprensión de asimilación intelectual que puede tener algunos rasgos temporalmente manifiestos de ingenio y habilidad artesanal, pero que en ningún caso es precepto inequívoco de que existe una escasez cultural sin cultivo alguno y ninguneada, más bien empobrecida de una deficiencia mental notoria y que no atiende a razones ni a la coherencia para aclararles que su falta de disciplina y evolución, radica en la insalubridad de su pensamiento más cercano a lo rectal que al frontal, que intenta no zozobrar, aunque lo hace sin remisión, en la caja cerebral repleta de un líquido cefalorraquídeo que produce los espasmos de una hidrocefalia que los hace vulnerables y estar más cerca de convertirse en conejillos de indias para un proyecto masivo de la manipulación de los individuos camino de convertirlos en “zombies”, sin duda un programa sugerente y plausible de la propuesta de un contenido argumental similar al de una película que probablemente levante ampollas entre los nostálgicos estudiosos del cerebro por el comentario que estamos haciendo, y que por la trayectoria y la convivencia en la que hemos participado durante bastante tiempo y suficiente para refrendar lo dicho, nos hace vislumbrar un cierto sesgo de similitudes encontradas, refiriéndonos en cuanto al guión cinematográfico de Charlie, un film que impactó y dejó una huella imborrable a quienes trabajan y se sienten responsables con este tipo de anomalías humanas que trataremos de describir a continuación.

Resumiendo : Charlie ( papel magistral interpretado por Cliff Robertson) trabaja en una panadería, padece un evidente retraso mental y es feliz con lo poco que sabe y hace. Aun así, anhela aprender y ser alguien. Asiste a una escuela de educación especial donde su maestra Alice Kinnian (Claire Bloom), al saber que a Charlie le interesa por decisión propia y vocación oculta a ser más inteligente, le introduce con un grupo de  científicos analistas que están llevando a cabo experimentos de cirugía en ratas sebosas y están buscando una cobaya humana. Eligen a Charlie a propuesta de Alice y realizan ensayos clínicos , llegando a la conclusión de que su cerebro podría funcionar mejor mediante un tratamiento que todavía no ha sido probado en seres humanos. Sin embargo, los resultados de las pruebas con ratones son prometedores y uno de ellos, llamado Algernon, despierta una gran simpatía en Charlie. Comienza el tratamiento y va evolucionando rápidamente, hasta llegar a ser una persona superdotada, de forma que es presentado en congresos médicos y otros eventos de interés social. Él y la profesora Killian se enamoran y comienzan a pensar en formalizar su relación con un deseado matrimonio. Desgraciadamente los efectos del tratamiento no son definitivos, poco clarificadores, concluyentes y ni tan duraderos, lo que provoca una regresión en el talento alcanzado de Charlie hasta llevarle en progresiva involución a su origen mental, lo que representa un drama y una desolación sentimental desafortunada para entender o esperar un final feliz y entristecido para el espectador.

Todo lo anteriormente descrito representa para el ciudadano haitiano/a, hombre y mujer, natalicio o de edad avanzada, un paréntesis claro de incertidumbre para disponerse a desafiarse o por pereza no hacerlo, lo que aumentará su apatía contra la desnutrición mental que conlleva el etiquetado de la subnormalidad sin caducidad, siempre que el sujeto en cuestión no sea capaz de llegar a una reflexión calculada de sus oportunidades como persona, ya no únicamente si arregla la situación que durante siglos azota al país caribeño, ya sea en desgracias naturales como el aprovechamiento de género productivo al que podríamos denominar de semi-esclavitud censada y tolerada, lo que ha provocado a través de los años una discordancia psíquica bajo los parámetros anteriormente señalados, lo que nos vuelve a reconducir a visionar el film de Charlie, con esta premonición cautelar de sus avances cognitivos en aras de conseguir un mejor bienestar social gracias al pensamiento y la reflexión, que serían llevados a los límites imprevistos y no de la llegada sino más bien de la salida, devolviendo a este pueblo a un retraso en todas sus facetas y a un paroxismo de letargo enfrentado a los tiempos que vivimos, ya sea en el plano personal, laboral, familiar, político y religioso, es decir, si no existen realidades para reconvertir la ilusión del enfermo en su pleno ejercicio de sana madurez y las condiciones son como hasta ahora adversas, el ratón Algernon poco tendrá que perder, mientras la sangre haitiana se diluirá en ríos secos por muchas transfusiones químicas para la reactivación que se hagan en beneficio del ser favorecido de su propio talento, desapareciendo la oportunidad de ya no crear superdotados del nuevo sistema, más bien la indisoluble y negativa problemática y compleja situación de asistir a más de 10.850.000 personas, que en estado puro podrían ser calificados de “Charlie” por hoy y por siempre, si no existe un atisbo de ilusión por vivir sin ignorar que existen otros mundos, más propensos a disfrutar de un mejor bienestar y a la elección de un destino alejado de la precariedad que se justifica con una inútil cédula de identidad.

¿ Es el pueblo haitiano el elegido para ser estudiado dentro de los parámetros de ambigüedad social por parte de quienes dominan el mundo.. o es simplemente la coincidencia de una destructiva forma natural de comportamiento alimentada a través del tiempo ?. Cualquier respuesta a la interrogante representaría una escenificación de lo que podría sucedernos si dejamos que la desidia mental avance, cuál ratón juegue con un teléfono móvil que le dicta órdenes, fabricado por el “gato económico”, en vez de hacerlo con un torno que da vueltas y más vueltas.


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