Haití, capitalizando un magnicidio

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Autor : Florentino Paredes Reyes

Profesor – Analista – Historiador – Locutor – Filósofo

Con el magnicidio del presidente haitiano Jovenel Moïse, esa nación caribeña revivió un capítulo, que para muchos conocedores de su historia, lo entendíamos superado. De sus primeros veinticinco presidentes, veinticuatro murieron en las mismas condiciones, incluyendo quien proclamara su independencia el 1 de enero del 1804, Jean-Jacques Dessalines. El padre de esa patria caribeña François Dominique Toussaint-Louverture, murió en iguales condiciones, aunque a manos de sus colonizadores, los franceses.

Ver las condiciones brutales en que quedó el cuerpo sin vida de Jovenel Moïse, nos da una panorámica de la inquina de quienes ejecutaron tal encargo, pero recordar la desgracia que vivió su antecesor Jean Vilbrun Guillaume, en julio de 1915, cuando sus enemigos irrumpieron en la embajada de Francia donde buscó asilo, lo arrastraron, golpearon, descuartizaron y exhibieron las piezas en barrios de Puerto Príncipe, nos lleva a pensar que Jovenel Moïse, corrió con mucha mejor suerte en su deceso.

Para entender la sociología del pueblo haitiano, debemos pasearnos por el laberinto político que ha caminado esa nación desde su fundación hasta nuestros días, donde cada presidente es derrocado, asesinado o enviado al exilio, al tiempo que esa nación vive en un estado de ingobernabilidad que podemos traducir en anarquía permanente, donde se ha promovido y creído, que el único culpable de su nefasta condición es el presidente de turno.

Es bajo esa premisa que podemos entender, por qué en esta nación, la primera república negra en proclamar su libre determinación en todo el mundo, han asesinado tantos presidentes y gustan tanto los gobiernos de transición, que se prestan para irregularidades, desconocimiento de sus normas constitucionales y sumar problemas a los ya existentes.

Para que nos identifiquemos con la cuestión haitiana, sólo debemos tomar el pasado siglo XX y hacer una panorámica de los presidentes que desde Joseph Antoine Tancrède Auguste en 1912 hasta el reciente Jovenel Moïse 2021, han intentado apaciguar la convulsión social, que gobierno tras gobierno ha imperado en esa nación caribeña. A todo esto, podemos sumar los casi veinte años de ocupación militar estadounidense (1915-1934), con el objetivo de restaurar el orden y mantener la estabilidad económica y política, como lo planteó el presidente norteamericano Woodrow Wilson, acción que, desde nuestra opinión, fue un total fracaso.

La dictadura del doctor François Duvalier (Papa Doc 1957- 1971) y la sucesión de su hijo Jean-Claude Duvalier hasta el 7 de febrero de 1986, bautizada como la era del terror, es lo único estable que como producto haitiano permaneció en el poder con relativa estabilidad política, a un precio tan alto, que el pueblo  haitiano se resiste a volver a pagar o vivir.

En resumidas cuentas, luego de veinte años de ocupación militar norteamericana y treinta años de la dictadura de los Duvalier, en Haití, nunca ha habido orden ni político ni social. Todo ha sido un intento de capitalizar el caos, por unos sectores que sacan provecho a la desgracia colectiva, de los impedidos de pensar y vivir en libertad.

Con el magnicidio de Jovenel Moïse, la nación más pobre de América ha presentado características, nada halagüeñas, que la han convertido en un ejemplar único, si lo comparamos con el resto de los países que componen el mundo. La trama del magnicidio se fraguó desde el mismo momento en que Moïse se postuló y ganó las elecciones en octubre del 2015 y sus opositores le impidieron asumir la presidencia en febrero del 2016 alegando fraude. Ganó nuevamente las elecciones en el 2016 y tuvo que asumir en el 2017, aunque para sus opositores el era presidente desde el 2016 por lo que sus cinco años de gobierno terminaron en febrero de este 2021. ¿Entienden la trama?

Una oposición que alega fraude, que impide la toma del poder legítimamente ganado, que aprueba nuevas elecciones y desaprueba otras, que culmina períodos presidenciales constitucionalmente vigentes y arenga el alzamiento de pandillas que atemorizan la población y secuestran extranjeros, es la que traza las pautas del juego en Haití. Ahora, todos son culpables: los de dentro, los de fuera, los del parlamento, los del gobierno, los opositores, los ricos, los pobres, los del sector eléctrico, los del combustible… Por igual todos aspiran a ocupar los puestos vacantes del parlamento y del gobierno, piden ayuda económica para organizar unas elecciones que como las anteriores no han resuelto los bostezos hambrientos de los millones de haitianos sumidos en la miseria.

Con casi una treintena de magnicidios, desde 1844, éste persigue capitalizarlo en favor de la anarquía imperante que beneficia a unos pocos y perjudica la gran mayoría. Es como si el pacto de sangre que Dutty Boukman realizó en Bois Caïman el 14 de agosto del 1791 y que debió ser el convenio de la unidad entre los habitantes de esa nación caribeña, se haya transformado en un maleficio que genera rivalidad, inestabilidad y bloquea el progreso que tanto necesita esa nación.

Hay que profundizar los entuertos que se esconden tras los gobiernos interinos que tanto gustan en Haití y que han surgido en igual número que los gobiernos legítimamente constituidos. Un sector político, que prefiere la interinidad, que financia golpes de Estado, que cometen magnicidios y que siembra el terror en la población, debe percibir algunos beneficios que hagan preferir esas condiciones y no las que generan paz y estabilidad social, que por igual producen buenos resultados económicos y electorales.

Un país de menos de 28 mil kilómetros cuadrados, que según su Consejo Electoral Provisional (CEP) anunció que tienen una cartera de 192 organizaciones políticas, debe ser el más democrático o el más anarquista del mundo. En esas condiciones, organizar unas elecciones que complazcan a los pretendientes como a los concurrentes, requiere de un dantesco esfuerzo humano y económico, que ni los países que dirigen el orden mundial estarían en condiciones de garantizar.

En Haití no se habla de diálogo, de búsqueda de soluciones, de pacto entre los sectores de poder, que pudieran unificar y producir mejoras institucionales y estructurales en esa nación. Todos quieren ser la autoridad y abortan los proyectos contrarios sin importar las repercusiones presentes y futuras, se tienden zancadillas que impiden la estabilidad social, tan necesaria para gobernar un país. Todos son inocentes y se culpan unos a otros de los males que se manifiestan.

La muerte del presidente Jovenel Moïse, pasa a ocupar un puesto en la larga lista de mandatarios de esa nación que han perdido la vida en el ejercicio de sus funciones. Como los anteriores sucesos, una nube gris de incertidumbre, desinformación y complicidad se ocupa de encubrir la verdad de los actores e intereses que produjeron su muerte. Una cosa es segura, nunca sabremos la verdad, porque cuando ésta salga a la luz, será engullida por la misma cortina de desinformación, que como una aureola envuelve ese acto bochornoso desde el mismo instante en que fue consumado.

Una cosa podemos asegurar, que los sectores de poder económico, político y social del pueblo haitiano seguirán en sus luchas internas culpándose unos a otros de los males que provocan. Todos son inocentes de la tragedia humana que vive su gente y que conmueve al mundo. En lo que todos están de acuerdo, por consenso o no, es en seguir sacando provecho a la miseria humana de sus gentes, como los busos de los vertederos. Todo tiene su pro y su contra, así como se reciclan los desechos, en Haití, están capitalizando un magnicidio. 

                 


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