Haití necesita una urgente intervención quirúrgica y República Dominicana no puede considerarse en el omnipresente socorrista de sus problemas

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Desde Haití a República Dominicana, la solución empieza por dar crédito a un acto de buena fe para 2021 y así internamente resolver una asignatura pendiente, la de dar cumplida respuesta a una anomalía sustancial en cuanto a la normalización por ascendencia comprobada de natalicios que no merecen “vegetar” en un limbo por ser considerados hijos de haitian@s de prestado, que la mayoría solo habla un español deficiente en un nicho de hacinamiento en un territorio dominicano, ya sea simplemente por comprensión o humanidad cristiana, si se desea mostrar la voluntad de un rasgo generoso de condescendencia y ejemplaridad, partiendo desde un punto 0 con fecha de inicio y cierre exacto y sin prorrogas a una medida gubernamental apropiada, a la vez que configurar un mensaje nada críptico y siempre nítido a navegantes aventurados extranjeros, proclamando una determinación clara, concisa y tajante de hacer saber por todos los cauces, que dicha medida no es una debilidad y no da un paso atrás, haciendo hincapié que la frontera no será tan permeable como casi siempre lo ha sido y tan “asequible” como hasta ahora cruzarla se ha conseguido. Y el respeto a la Ley es una condición innegociable.

L@s haitian@s y en estos tiempos difíciles de “pandemias” que se agravan, se están convirtiendo en un problema de proporciones mayúsculas si se sigue persistiendo en focalizar el territorio dominicano en un cercano “El Dorado” sin peligros, o un único refugio para ellos los desafortunados, lo que aprovecharemos el inciso para demostrar que para much@s “autóctonos” provenientes de padres haitianos nacidos en el país aludido, siguen estigmatizados e “invisibles” en el padrón por una total falta de reconocimiento, ergo carecer de los elementales y clásicos papeles imprescindibles, o lo que es decir, sin más retórica ceremoniosa, que sirvan oficiosamente para que el imperio de la Ley ejerza su función meritoria, lo que reportaría cédulas de identificación biométrica no excluyentes en el sistema, contrariamente a lo que sucede ahora, que no figuran los afectados en ningún registro como un sesgo ineludible de rechazo, y lo peor todavía se recrudece al avanzar en las edades progresivamente de los jóvenes hasta convertirse en adultos, como sucede en muchísimos casos que repercute en desconocer su condición de residentes ni la clasificación estadística para ejercer taxativamente derechos y obligaciones, haciéndoles llegar a la penosa conclusión de preguntarse constantemente cuál es su origen en realidad, si son unos “parias” consentidos, “apátridas” o simplemente personas con el código de la deportación a flor de piel con una “H” imaginaria estampada en sus “polochelos”, lo que nos recordaría una nueva incursión en la duplicidad mítica de la historia a partir de los pogromos, para después sellar con tatuajes y números en las muñecas, cosiendo una estrella amarilla en las ropas de los judíos que aparentemente sobraban en una Europa cadavérica, mientras el nazismo se atrincheraba en una guerra perdida frente al mundo. Y por un total convencimiento tal escenario nos parecería impensable en una República Dominicana dirigida hoy por un hombre capaz, serio, reflexivo e imperturbable, de convicciones generalistas transparentes y democráticas, que se maneja con el admirable tono conciliador de un digno político transversal, experimentado mandatario al que en la actualidad se hace difícil criticar, incluso por sus más acérrimos opositores, que todavía no han entendido que el “cambio” de un Estado en su plenitud, no únicamente se aplica en una transacción comercial.      

A cualquier miembro de una comunidad de las llamadas progresistas, occidentales por mantener una distancia en la simplicidad de la explicación a una interrogante, se le secaría el corazón que impulsa las reacciones de las protestas, preguntándose cómo en este siglo XXI todavía existe un fenómeno anormal en el que se determina a Haití como un país fallido, al que la fuerza internacional, evidentemente incapaz, no ha podido deshacerse de todos aquellos que contribuyen a fortificarse y enriquecerse en el caos provocado por ellos mismos, impidiendo la recuperación económica por su impenetrable y poderosa corrupción local, perjudicando al pueblo a degüello encareciendo los productos básicos y alimentando a las bandas de criminales para seguir disfrazados muchos de esos cabecillas de políticos imprescindibles perversos, que lo único que hacen es parodiar la comicidad de un país bananero y violento, sutil, ladrón, enfermizo y esclavo de sus ancestrales ideas, de las que no han sabido liberarse con la razón del uso de su leyenda emblemática en la bandera, cuando estampada queda que la “unión hace la fuerza”, que no sirve para nada cuando la falta de compromiso se ignora por una innegable falta de respeto,  constatándose como una vulgaridad subyacente permite que voluntad siempre esté ausente, como un mal endémico menor, aunque siempre detestable y poco beneficioso que sin duda hay que corregir. 

Lo cierto es para que lo anteriormente expuesto se solucione, saber de antemano que no existe un antídoto regenerativo a las buenas, ni a las verdes ni a las maduras a corto plazo, si la colaboración internacional no entra a subsanar lo que otrora tuvo margen de maniobra, eliminando sin preámbulos a quien perjudica y mata con la misma y aterradora amenaza de hacerlo también a sangre y fuego, allanando las victorias con zonas triangulares permanentemente saneadas y entremezcladas de exclusión para empezar a crear una nueva dimensión de paz, riqueza espiritual y oportunidades, en donde el vampirismo de los asociales y sus líderes queden cercenados de raíz, dado que todos y cada uno de los días que transcurren entre los humos de los disturbios, se desayunan triunfalmente los “cabrestos” con noticias de enfrentamientos entre las incontables facciones en todo el territorio haitiano, muy especialmente en su capital de Puerto Príncipe, en el que siguen los asaltos y los secuestros, las violaciones y mutilaciones, las matanzas indiscriminadas que se ocultan en las zonas rurales con opositores que desaparecen, haciendo que la ignorancia de los malhechores se prorrogue y la impunidad se patente como una figura institucionalizada, por parte de todo aquel que haga blandir un machete y otro apunte con un AK47, mientras que las autoridades de República Dominicana con su Presidente al frente, pretende por todos los medios hacer comprender que una huida hacia adelante de manera masiva sería contraproducente y ofensiva, por permitir una invasión pacífica considerada como un único punto de salvación de la ciudadanía para poder saciar su hambre y la de sus familias, toda vez que respirar la libertad por rebelarse en un Haití trágico y errático, hará falta algo más que coraje o un visto bueno puntual estratégico distinto al que tras el gran terremoto de 2010 originó una estampida de nacionales haitianos, tal sucedió con un éxodo a Higüey y Bávaro especialmente años atrás, después de otra crisis de rasgos económicos y menos letales, dificultando a la par un programa de normalización fronteriza, que incluso podría llegar a transformarse desde los límites de Monte Cristi hasta Pedernales, en un nido de migración flotante asentado en campamentos de refugiados si la cuestión se enroca, lo que impediría otros proyectos beneficiosos para consolidar zonas francas y crear un rearme de actividad basado en la producción agrícola y ganadera, la minería y el fortalecimiento de polos de desarrollo innovadores que dieran trabajado a ambos vecinos países, marchitando la flor de la discordia y el sembrado de una esperanza que buena falta hace en un Caribe todavía sonriente e ilusionado.

Para los nazis había gente innecesaria. Pero es algo que no solo hicieron ellos, lo han hecho y lo hacen muchos otros, y no solo a través de matar, sino a través de la marginación. Rabih Alameddine (1959) Escritor, novelista, pintor e ingeniero libanés.


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