Haití y sus ratas locales e internacionales

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Un bello paraíso que arde, ahora hace aguas que no consiguen apagar las llamas, mientras las ratas se salvan

Ni tan siquiera el problema de Haití considerado como el ejemplo permanente de un país fallido, se debe a que tiene instalada y de forma sistemática, una opción política itinerante de gobiernos errantes y decadentes, caóticos y aberrantes, que ni siquiera creen en sus idealismos patrios y menos en sus estructuras “democráticas” inestables, cuya consecuencia inmerecida padece la ciudadanía ante las reacciones “violentas” provocadas por facciones opuestas de alternativas partidistas de ocasión y beneficio censurable, que no se conforman con los pellizcos o los restos de sus corrupciones cuando tienen ocasión para ello, sino más bien añadir la anomalía consagrada y extendida en el capítulo del aprendizaje callejero, a no perder el tiempo pues no hay remedio que lo consiga, salvo el pensamiento respetable de honrosas excepciones personales de ciudadanos haitianos, algunos en el exilio, muy preparados que están en contra de aceptar que no servirá de nada pulir y ampliar la conciencia de una necesidad cultural civilizada, que si puede adaptarse y actualizarse a las nuevas formas de vida que exigen alcanzar como sea preciso, un mínimo de bienestar para empezar a trabajar por un futuro mejor, cuando su país debería ser renombrado como un paraíso que aunque decrépito y dañado, existe, vive y vivirá si hay confianza en emplear el mayor esfuerzo y confianza para volver a reconstruirlo.

Los hombres y las mujeres de un Haití afligido, no pueden seguir pensando que son todavía esclavos de sus “manipulados” errores, tan solo porque han asimilado equivocadamente, al no desterrar de su subconsciente un pensamiento tribal, que sigue inalterable en su ADN ( que contiene las instrucciones genéticas usadas en el desarrollo y funcionamiento de todos los organismos vivos de la persona​ y algunos virus hereditarios ), lo que les induce a admitir que los que están por encima de ellos, arriba y en ese “rascacielos” del poder absoluto, que aparece impertérrito con demasiada frecuencia en sus pesadillas, formado por astillas y concertinas que impiden escalar la cima de una verdad sorprendente, les permitiría ver cómo viven una serie de personajes de su misma raza y cercano entorno pero no de igual condición social, que no conocen el límite de sus egoístas y enmascaradas operaciones a modo de “modestos oligopolios locales”, que siguen cosechando riqueza cuestionable, si nadie legalmente lo impide o se demuestra en su carrera acelerada y ascendente, por delinquir para cosechar y disfrutar de unos privilegios espurios, gracias a sus influencias, su lastimera presunción de mediadores oficiales y voces de un pueblo que en teoría les ha votado para representarles, sin olvidar claro ésta, su incontrolable ejército de guardaespaldas, que son los que mantienen todavía en alto el látigo invisible del azote y el chasquido silencioso y doloroso que haría temblar las espaldas de los más vulnerables, sin importarles edades ni enfermedades, advirtiéndoles en el cerco de fuego de lo subliminal, que de no someterse a lo que hay en el escenario dantesco de la miseria, la pobreza crece y la falta de oportunidades laborales se traducen en el eco del “patois” “patwa” fonético e incomprensible, en más estrecheces económicas, lo que es un ejemplo palpable que lleva a la desesperación de los haitianos deprimidos a la debilidad, al conformismo y a la mirada seria y sin sonrisas, al hurto de la ocasión que reclama el bolsillo vacío y el hambre discordante que llega a la consumición de la marihuana que sutilmente aletarga y es suministrada casi regalada por entes maliciosos, cuyo resultado es la venta de sus principios como seres al mejor postor, a vender el cuerpo sin complacencia, incluso de los más niños siempre indefensos por cuatro monedas en “pesos” o “gourdes”, o un plato de arroz engordado con agua contaminada, viéndose obligados a no darle importancia a concebir un resentimiento por el ultraje de sus inocencias, lo que les hace convertirse sencillamente en un número recurrente para las estadísticas de una demografía insostenible y un marco inasumible, que no puede ser rechazado y contemplado indiferente por la comunidad internacional , impidiendo el organismo mundial competente y de una vez por todas, que los recursos de un país estén en manos de un grupo de parásitos y sicarios armados hasta los dientes, que utiliza la pólvora y el elixir de un vudú infernal con demasiada frecuencia y destreza endiablada, para que nada cambie en el pesebre de un Haití olvidado a lo largo y ancho de sus 27.750 km2, en el que malvive un censo cercano a los doce millones de habitantes desheredados de un mundo que demuestra su hipocresía mirando hacía otro lado.

Si no es considerado Haití como un barco que navega a la deriva, terminará encallando para siempre y a nadie le importará que las “ratas” se sigan apoderando de una cubierta de pasajeros desesperados, sumidos desde siempre en una tormenta perfecta e inacabada, que nunca tuvieron la oportunidad de refugiarse en unas bodegas inexploradas protegidas con cerraduras y garfios, conteniendo riquezas sumergidas que no impiden seguir sacando a flote el tesoro de los piratas, etiquetado y considerado como muestra de un contrabando continúo e incontrolado, al que no le importan las canalladas y las vías de agua mientras las “bombas de achique de manga ancha” sigan trabajando, no percatándose nadie que los únicos salvavidas están hechos a la medida de esos “roedores” resabiados, de un estado masacrado en el que el capitán de la nave y sus marineros de alto rango, que quizás tengan de verdad el mando y el timón a buen recaudo, desde tierra, aunque insegura por terremotos imprevisibles, otean el horizonte desde su atalaya de impunidad revestida de oro y plata.

Y las ratas, hay que llegar a la conclusión, para impedir que muerdan y contagien la rabia, hay que exterminarlas allá donde se encuentren, aunque aparezcan también con síntomas fingidos de un ahogamiento en ese rincón del útil trinquete de una embarcación que se pudre y se hunde velozmente, de igual forma que el viento hace que las denuncias se alejen para no complicar la vida de quienes tienen el deber humano de partir cuanto antes e ir al rescate de unos náufragos inocentes, a los que jamás se les enseñó a nadar en un mar infestado de tiburones cuando huían de tierras trémulas y pantanosas, donde siguen dominando los tigres insaciables con nombres y apellidos, fieles aliados de una especie animal repugnante.

Y ratas las hay en cualquier parte del mundo y en las instituciones internacionales, que siguen negando la necesidad de profundizar en una investigación que requiere de más humanidad que la vociferada :

Marie* tenía 14 años, estaba matriculada en una escuela cristiana, cuando conoció y se involucró con Miguel, un soldado brasileño que trabajaba en Haití como agente de mantenimiento de la paz de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Cuando le dijo que estaba embarazada de su bebé, Miguel dijo que la ayudaría con el niño. Pero en cambio, regresó a Brasil. Marie le escribió por Facebook pero él nunca respondió.

Después de enterarse de que estaba embarazada, el padre de Marie la obligó a abandonar la casa familiar y tuvo que irse a vivir con su hermana.

Su hijo ahora tiene cuatro años y Marie aún no ha recibido ningún apoyo del ejército brasileño, una ONG, la ONU o el estado haitiano. Marie proporciona lo que puede para su hijo.

Trabaja por un salario por hora de 25 gourde (alrededor de 26 centavos de dólar estadounidense) para que ella y su hijo puedan comer.

Lamentablemente, la experiencia de Marie está lejos de ser única. En el verano de 2017, nuestro equipo de investigación entrevistó a aproximadamente 2.500 haitianos sobre las experiencias de mujeres y niñas locales que viven en comunidades que albergan operaciones de apoyo a la paz.

De ellos, 265 contaron historias que presentaban niños engendrados por personal de la ONU. Ese 10% de los entrevistados resalta cuán comunes son realmente estas historias.

Las declaraciones revelan cómo niñas de apenas 11 años fueron abusadas sexualmente y embarazadas por efectivos de las fuerzas de paz y luego, como dijo uno de los entrevistados, “quedaron en la miseria” para criar a sus hijos solas, a menudo porque los padres fueron repatriados una vez que se enteraron del embarazo.

Un excelente trabajo de investigación de la BBC (bbc.com) sobre la explotación sexual infantil y las atrocidades perpetradas por personal de Naciones Unidas en un Haití todas luces despreciado y marginado.

Fotografía : Diario Venceremos (Ch)


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