Haitiano sin menos miedo, más abocado a su desgracia

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Comiendo tierra : Seguir desfaciendo entuertos entre lo malo y lo peor en la transición que no llega en un Haití que desespera, hemos llegado al convencimiento en esta mesa virtual de trabajo que no es un error de cálculo entender el tratamiento que se da a la miseria humana en base a tejer telarañas de miedo en el cerebro. Es un hecho incuestionable entre quienes dirigen los movimientos de gobierno locales, especialmente los que cabecean sin rumbo y más allá de los hombros fornidos que deberían servir para aguantar las cabezas amuebladas de brillantes argumentos para dar soluciones viables.

El miedo que tienen los haitianos y ya a partir de una edad en la que se empieza a comprender que el equilibrio debe ser una constante, entendiendo a la vez que el movimiento humano se realiza andando y con las piernas, que existe un lado izquierdo y otro derecho, se nutre también por saciar el hambre infinita que nunca llega a saturarse de alimento, que para algunos con solo nacer les llega y lo hará para siempre, lo que no deja de ser una maldita bendición del destino.

El miedo haitiano es un sentimiento creado por una experiencia esclavista y diabólica de un pasado, del que se sigue creyendo es un estigma interno en el cuerpo del que es difícil separarse, lo que hace que el futuro no tenga ni tan siquiera la curiosidad de saber cómo experimentarlo cuando existen tantas carencias en un presente incierto y meditabundo.

El miedo en una sociedad politizada se fabrica, mientras que la tribal se lleva incorporada a la piel del individuo, lo que hará que las reacciones sean distintas en procesos en donde peligre la convivencia y la vida, que hará que el mundo haitiano contemple los riesgos de perderla como algo tan natural que incluso puede aterrar a quienes lo ven desde otro punto de vista.

Para los haitianos desplazados obligatoriamente para subsistir como sea, allá donde les den la oportunidad de trabajar y volver a hacinarse, los estímulos laborales no son un premio pues saben que no son para siempre, y que las deportaciones tarde o temprano llegan irremediablemente, las esperan pero no las temen, para ellos son un trámite.

Independientemente de lo que la gente normal estima que puede darle pavor o miedo, en el espíritu haitiano es diametralmente opuesto a la realidad que ambos seres y en otros ecosistemas se desenvuelven pues las vivencias nunca serán las mismas.

De los haitianos se desprenden escaramuzas, revueltas sociales cuando se les atornilla, roba, se les mutila o matan, les secuestran o violan a sus mujeres y niñas, dando un valor que no será sacrílego al cataclismo social siempre que el machete sea la herramienta de la venganza. Ahora bien, entendamos que una persona que ha vivido y discurrido su vida en la pobreza más extrema, desamparada, desprotegida, abandonada a su suerte, en donde duerme más de lo aconsejable para que sus días pasen sin trascendencia alguna, para así desterrar las sorpresas, incluso enterrar sus sueños que nunca serán ambiciosos, es una anomalía genética que solo la ciencia podrá dar una respuesta, no un psicólogo o un asistente social.

En la actualidad los haitianos han perdido el miedo a todo, pues poco pueden perder cuando el mundo civilizado los tiene como colillas, aunque sin apagar del todo, pues los datos estadísticos en los Estados Unidos de Norteamérica nos dicen que se están organizando en bandas con un nivel de peligrosidad que está por encima de las maras salvadoreñas y guatemaltecas.

 Sin duda se está en la metamorfosis del ser en las que sus funciones se asemejan a todo animal que el hombre y mujer llevamos dentro. Y eso se puede comprobar cuando entras en los arrabales de “matamosquitos” muy cerca de Friusa (Bávaro) República Dominicana, en donde la curiosidad pudiera degollar al gato y si sales sin un rasguño podrás decir que has recibido un máster de vida certificado por el miedo. Ambos autores de este blog hemos visitado la dejadez humana envuelta en humos de marihuana y el olor fétido de algún muerto que todavía no ha sido recogido, en el que no se desprende ningún brillo salvo el del afilado cuchillo, y en donde el “creole” es tan auténtico que no te paras cuando te gritan que te detengas.. “blanquito”, para sacarte unos pesos, por las buenas o por las malas, salvo que se abstengan cuando comprueban que no es la única vez que te han visto.

Hay que decir que hay zonas en esta bella isla del Caribe en donde no se atreve a entrar la policía, y la más absoluta ignorancia y desprecio de los políticos por entablar un plan común de contingencia urgente para refrescar las brasas del infierno es un despropósito infesto, ni con la Cruz Roja o las organizaciones de asistencia primaria, empezando por las de mitigar la drogadicción, la locura y el sonambulismo a cualquier hora de la noche y el día, se perciben como una necesidad urgente para recuperar la condición humana que se deja extirpar por otras crueles miserias.

Nos consta que el Presidente Luis Abinader es sabedor de que a media milla de ese purgatorio de lo anteriormente referido en donde el turismo goza de mil entretenimientos, se encuentra un punto que no puede considerarse de inflexión, sino de limpieza con mucha comprensión y cloro, en la que se podrá ofrecer otro destino como alternativa, quizá en las inmediaciones de la frontera si alguien más ayuda, como deber de la comunidad internacional sería, y no con gestos infecundos que no sean los de la responsabilidad de un gobierno que todavía tiene que superar una reválida, más presencial que virtual en el escenario de los hechos, y algunos muy luctuosos que suceden a diario en “matamosquitos”, muy cerquita de “El Hoyo de Friusa”, una zona deplorable que no puede exhibirse en inguna foto de recordatorio, de la que el asesinado Jovenel Moïse presidente de la República de Hatí ante las protestas dominicanas únicamente pudo exclamar en voz baja y delirante.. ¡ por favor, que alguien nos ayude !!.

 




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