Hay silencio, no hay peleas y se siguen respetando los 318 km de distancia y los 376 km de frontera

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Hay algo que nos llama poderosamente la atención a nosotros los calígrafos con estilográfica y sastres que todavía no sabemos tomar las medidas de los harapientos, que pensamos con respecto a la desigualdad que existe entre el haitiano y el dominicano un amplio trecho, al primero le envilecen, lo tratan de animal de carga los “blanquitos” sin ruborizarse, aunque tampoco lo apreciaríamos dado que se hace con disimulo y gafas de sol de marca, al segundo lo encontramos viviendo una etapa de resistencia mental por desear un cambio que no llega a experimentarse todavía en sus rotos bolsillos y desvencijados motivos patrios, cuando observa que la canasta de la compra sigue sin llenarse y el aumento salarial es paupérrimo de necesidad. El primero pasa hambre y tormento, el segundo sed y confusión incorrupta, cuando ve que pasa el tiempo y poco acercamiento hay al mundo occidental que los políticos habían prometido.

El cerebro tiene dos partes convergentes y científicamente aceptadas, el inestable subconsciente, con una velocidad de gestión potencialmente superior a la consciencia que se entretiene en vigilar las reacciones, que las va depositando en la cueva de la reflexión que se encontrarán con los dominios recurrentes de los sentimientos más sensibles que protegen a los irrelevantes síntomas, para con frecuencia apoyarse en ellos llegado el momento, sin menospreciar los automatismos que disponen las neuronas para que las sorpresas y los miedos implantados no se congestionen en tomar decisiones, apresuradas o lentas, de ahí procede el ya te lo dije, o llegaste tarde, pues los demás ni están ni se les espera.

La cuestión está en saber cuál de los dos genes humanos, haitianos y dominicanos, pertenecen al subconsciente o al consciente, sin perder de vista que ambos son neutralizados por las armas defensivas que contrae el disponer de inconsciencia a aplicarla según las situaciones, la misma que comete errores mayúsculos y que nos permitiría añadir que dependiendo del ambiente donde se genere y la peligrosidad que se manifieste no hay entre los dos paralelismos citados contendientes diferencia alguna. La interrogante está en determinar cuál de los dos es el jokey y el mamut, cuando la realidad no importa que haga esa diferenciación, pues desde el atisbo existe un tercer participante invisible y oculto, que tampoco reside en la condición del caucásico, mientras haya árabes y asiáticos que deseen lo mismo, es decir que los otros tres mencionados sepan que ya tienen la cadena con grillete en el cuello que manipulará a la gran manada, lo que nos vuelve a los “cretinos que seguimos intuyendo sin saber nada, que todavía no sabemos apreciar el espectáculo” encontrarnos taciturnos, meditabundos, desolados y contritos.

Y es lo que hay quienes dirían aconsejando a las partes que vomitar las efemérides de las que no somos testigos es una idiotez, y que las riñas entre haitianos y dominicanos, son hoy cosa de tres, refiriéndonos al entrometido con cuernos que debería quitarse el espolón del gallo vengativo y provocador, para impedirle que no meta más cizaña en la conciliación necesaria ese demonio maldito e interesado, que ha aparecido inesperadamente y que todos llevamos dentro, para intentar cambiar el destino de dos mundos que están condenados a entederse.

Quizás habría que apalear a los narradores esotéricos que nos sugieren tomar partido por una incalificable muestra de depresión en el ánimo de los citados gladiadores mentales del río Masacre, cuando los “influencers” de uno y el otro lado de la frontera se vigilan con ojo avizor, vigorosos, altivos y desafiantes, azuzando elefantes sin jinete para no ser identificados por los amos del circo, pues todo sigue igual de confuso en la política de sendos lares, en el que han matado a un Presidente y el otro que fue su respetado vecino, amargamente no admite esa nebulosa de incertidumbre por mucho que se intente cubrir la autoría de un magnicidio, por lo que emocionado y perplejo exige saber lo ocurrido sin tantas huellas borradas, pues hay un silencio atronador a 318 km de la distancia que hay entre Santo Domingo de Guzmán y Puerto Príncipe.


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