Hemos vuelto y nunca nos fuimos

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Sin duda muchas de las particularidades positivas que teníamos para defender nuestra posiciones en la vida han caído de bruces en la lona de un ring en el que nos han obligado a estar presentes para combatir a sabiendas que íbamos a perder por Ko (káo) ya sea con el atenuante de una debilidad en el esfuerzo, la serenidad y reflexión para afrontar los problemas, el espíritu de superación para progresar profesionalmente, una actitud cívica pertinaz para comprender determinadas acciones ajenas, que incluso indirectamente podrían afectarnos, la transmisión de vitalidad para alcanzar el eje de una amistad duradera, la comprensión y el deseo de evitar hacernos daño y seguir un protocolo de normas, muchas veces disociadas para ser contempladas en los ambientes en los que nos desenvolvemos, y otros muchos ejemplos que podremos ir descubriendo si nos aplicamos el análisis de quienes hemos sido, a dónde vamos y cuanto tiempo nos queda, si es que existe, para recuperarnos del feroz golpe que nos han dirigido a traición en la mente y mal llamada crisis sanitaria, cuando es harto sabido que han existido otras amañadas implicaciones para experimentar con la raza humana.

No todo el mundo era feliz en el 2019, tampoco se vivía en las nubes y el mundo de Aldous Huxley parecía para muchos más que una distopía un cuento de hadas, en donde la narrativa de ayer supera por mucho la ficción de la evidencia convertida en lo que es hoy.

Nada de los condicionantes sociales citados anteriormente se mantienen indemnes, lo que ha provocado que algunas defensas y sensaciones ancestrales conservadas para emitir reacciones emotivas en cualquier sentido, se hayan degradado hasta convertirse en porosidades que llegan a alcanzar el sistema nervioso de vernos dubitativos y en camino progresivo a una neurastenia precoz, habiendo desaparecido el interés por todo cuanto nos rodea e incluso la memoria para retener lo mejor o el peor recuerdo de nosotros mismos.

La reacción explayada antes hace que nos convirtamos en autómatas de un sistema que no debe esperar milagros y muchos menos el perdón de los que pudieran haber provocado este cisma de perversas intenciones para con los que ya nos pueden considerar ser sus perennes siervos, esos que no pueden liberarse de las cadenas del caos y la irresponsabilidad, portadores invisibles de una inestabilidad cada más acusada con tendencias a seguir la línea perjudicial cuando la tristeza y la depresión ya no son síntomas, ni siquiera una carencia genética por entender que no se está produciendo un cambio generacional, sino más bien una anomalía.

Quizá seamos el fleco, el residual de un defecto de fabrica inducido por parte de los nuevos colonizadores, o sería muy difícil pensar que la experiencia de los conquistadores en el llamado “descubrimiento” del “nuevo mundo”  no fue para los aborígenes, indígenas, autóctonos en 1492, la llegada de seres casi “irreales” que portaban una bandera con blasón estampado de una cruz, un arcabuz y espada que hoy serían “láser” y un celular que representaría un libro testimonial en unas manos enguantadas que podrían ocultar seis dedos y sin yemas de sensibilidad alguna, distinguiéndose una faz irónica, de ojos escrutadores y una sonrisa amplía en la comisura de los labios que esperan abrirse para decir.. “hemos vuelto , aunque nunca nos fuimos”.


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