Hoteles, algas y problemas añadidos a un retroceso social que debe revisarse sin falta en Bávaro-Punta Cana (Rep. Dominicana)

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La historia de Bávaro como enclave turístico del Caribe dominicano se determina como un punto y aparte o un paréntesis de lo que quiso demostrar Punta Cana en su inicio como un lugar de reconocido prestigio que albergaría a personajes de fama mundial en aras de conseguir un descanso garantizado y anónimo para un determinado y alto segmento social, que difícilmente llegaría a coincidir y mezclarse con esa pareja de recién casados en su viaje de novios, la familia con niños de corta edad que desea reencontrarse durante una semana y ya libres de un horario laboral o escolar, el lobo solitario depredador que persigue satisfacer su instinto sexual robando infancias y despertares sin rubor alguno por la escasa intervención de la Justicia, y ese grupo de amigos que desea iniciar su ciclo aventurero con el brazalete plástico de color en la muñeca, que le etiquetará como un cliente preferente de un hotel frente a hermosas playas, en fechas estivales europeas que desgraciadamente por un exceso de algas frecuentemente en la superficie desaliñan sus aguas, clientes que tiene derecho a beber cuanto deseen, para después terminar la noche a ritmo de bachata, ron con jugo de naranja y unas morenas, algunas muy tostadas por la experiencia y la necesidad familiar para hacerles enloquecer por el tiempo que haga falta en una cabaña típica para el menester versus “meublé u love hotel”, y de acuerdo a la tarifa que previamente se establezca entre la denominada “cuero” y el cliente de paso, que en ocasiones miente, enamora y contagia, comprobado está, dejando recuerdos imborrables como hijos inesperados y enfermedades venéreas que la sanidad pública local no oculta, creando un problema que únicamente puede ser solucionado motivando oportunidades laborales para la mujer y una lectura que haga hincapié en la educación y sobre los riesgos de una sexualidad incontrolada o demasiado precoz, entre una juventud que campa en gran medida desorientada y con graves conflictos de identidad al no disfrutar de un trabajo estable, remunerado a las exigencias más perentorias y a la rara costumbre de consumir todo lo que se publicita como producto innecesario, o aquel que se esconde en el trapicheo de letales estupefacientes cada vez más solicitados y alterados.

Los aviones llegan repletos de turistas de todas las nacionalidades al aeropuerto de Punta Cana, anteriormente conocido como “Punta Borrachón”, que por cierto hay que decir es propiedad del enigmático grupo del mismo nombre y no confundir con el que hace referencia a la denominación popular del etílico citado. Las instalaciones aeroportuarias cada vez más tienen mayor relieve en la zona y son tuteladas, como no podría ser otra manera por el gobierno dominicano.

El Grupo Puntacana, ha hecho más por el crecimiento económico de lo que cualquier político de turno revanchista de la República Dominicana pudiese otrora intentar polemizar como argumento de campaña electoral, ya sea por cuestionar el pseudo interés “patrio” o una envidia real, aunque sería difícil olvidar que la historia del auge de la zona cautivadora de La Altagracia se debe a la iniciativa en 1970 de Theodore Kheel y Frank Rainieri, primeros impulsores de un proyecto vanguardista inmerso dentro del tipismo cultural de la isla y su idiosincrasia, al que después se unieron los conocidos Oscar de la Renta y Julio Iglesias como socios de lo que ya se entendía como el Grupo Puntacana, una “punta” de lanza, nunca agresiva y si con medios para que de la misma pendiese todavía hoy un blasón de comportamiento impoluto en el frente financiero y un mercado de futuros, considerado como el ejemplo docto de lo que se entienden como emprendedores con visión y riesgo en una época regida por la apertura a una democracia real por el elegido presidente entonces del país Joaquín Balaguer.

Ese mismo año de 1970, nacimiento del “grupo” y concretamente el 15 de febrero, un accidente aéreo producido dos minutos después del despegue de un DC-9 fabricado por McDonnell Douglas para Dominicana de Aviación, en el aeropuerto de las Américas, y muy cercano a la capital de Santo Domingo, se convirtió en el infortunio de una tragedia que ahogó la vida 102 personas en el mar Caribe y a tan solo a menos de dos millas de distancia al sur de la pista de aterrizaje. Un luctuoso hecho que no amedranto a Kheel y Rainieri para establecer que una de sus mayores premisas sería dinamizar bajo los estándares de seguridad un proyecto, aunque humilde en la concepción base de la iniciativa, hoy se contempla como el constante progreso de un modélico aeropuerto internacional, que no cesa de ampliarse desde el año 1987, una fecha inaugural que recibe el primer vuelo desde los Estados Unidos de Norteámerica.

No podemos seguir describiendo la importancia de los comentarios que a continuación desarrollaremos en otros capítulos, no sin antes destacar que en la actualidad el Grupo Puntacana ampara un conjunto global compuesto por más de una docena de empresas en la que más de 2.200 personas prestan sus diversos y profesionalizados servicios, además de unos 5.000 empleos que indirectamente se generan de forma colateral, ya sea en lo que hoy se considera el aeropuerto más importante de República Dominicana, hoteles de gran prestigio, campos de golf, restaurantes, servicios de mantenimiento y seguridad, tratamiento de energía, agua y residuos, inmobiliarias y ya en el plano fundacional sin ánimo de lucro, iglesias, colegios y centros hospitalarios.

Citado lo anterior, tampoco debemos obviar la enorme y complicada tarea de la Liga Haitiana Internacional ( ver www.lihaiti.org ) con sede en Puerto Príncipe – Haití, Santo Domingo, capital de la República Dominicana, y en distintos puntos geográficos de la isla, excepto en Bávaro-Punta Cana por razones limitadas, incluso geopolíticas, al no focalizar un punto de interés, atención y gestión con una mínima infraestructura económica para implantar una ayuda que se requiere imprescindible en el ámbito local, concretamente en el célebre Hoyo de Friusa, en donde desarrollar planes de ayuda y emergencia en distintas áreas, que ya no pueden ser puntuales ni dispersas por el creciente número de familias haitianas que no las reciben como residentes de hecho en la zona eminentemente turística, que ya ha empezado a ser castigada por la falta de oportunidades y un exceso de oferta humana laboral, lo que requiere la participación mancomunada de los dos gobiernos (dominicano-haitiano) para dar respuesta a un problema de proporciones mayúsculas que el Presidente de Lihaiti, Dr.Ocelouis Celestin, plantea como una vehemencia indiscutible, que debe ser analizada para evitar un futuro repleto de contradicciones sociales, y que bien merecería de no obtener una inmediata y meritoria respuesta gubernamental, si un primer contacto directo con los responsables del Grupo Puntacana, que en muchas ocasiones han asistido con su fuerza generadora de dinamismo otros proyectos de menor relieve, como el que aquí presentamos dentro de una necesidad perentoria que puede marcar un hito de colaboración entre dos dos estados soberanos que integran la isla caribeña bautizada como La Hispaniola.

” Si en un solo día el espacio aéreo de la Tierra es volteado por más de 230.000 vuelos, consumiendo miles de toneladas de combustible para alimentar los costosos motores de las aeronaves, algunas con destinos turísticos preferentes de las República Dominicana, y recogemos la pluma de un ángel caída del cielo, quizás será una prueba de que todavía queda esperanza para esos millones de ciudadanos muy humildes, que nunca tendrán la posibilidad de viajar por esas alturas para estar más cerca de Dios “.


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