Hoy se mueve más dinero dentro de una complejidad económica que beneficia a los que más tienen y pueden rotar sus bolsas, por lo que se deduce que la actividad “financiera” ha vuelto para seguir brillando. Desgraciadamente los empleos siguen escasos y son precarios.

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La automatización resta la contratación de personas en la mayoría de ofertas en un catálogo de trabajo en donde se prescribe la atención al público principalmente, sin excluir los dedicados a supervisar a las máquinas o simplemente estar pendiente de seguir apretando un botón para no interrumpir un proceso de fabricación.

La gran interrogante ¿ existirán suficientes puestos de trabajo para todos en un futuro, cuando hoy se acusa un creciente desempleo ?. La respuesta podría hacer desaparecer un alarmismo en tal sentido si la desaparición de actividad en diferentes sectores se implementa en otros de nueva aparición, aunque habría de añadir que ese futuro no estará exento de experimentar una nueva revolución industrial que no es descartable vaya acompañada de desordenes sociales. Todo dependerá de la inteligencia de los gobernantes y de las dinámicas regenerativas de los mercados.

Hay un hecho contundente, si aparece la automatización repentina se provocará una situación insostenible, la eliminación paulatina y a gran escala del empleo, y por ende la reducción de posibilidades de introducir la venta masiva de lo que se produce.

Una economía moderna no puede estar basada en la reducción de los horarios que planteaba Keynes para moderar los altibajos productivos, máxime cuando en la actualidad hay empresas que sustituyen mano de obra por máquinas con inteligencia artificial, llamadas popularmente robots, con los que no tendrán problemas de un estricto cumplimiento en el horario laboral, bajas por enfermedades, huelgas y subidas de salarios. Las cartas están echadas, o paralizar la fabricación robótica y hallar el pleno empleo para el consumo de lo que se fabrica con reducción de costes y percepciones crematísticas humanas cercanas a una subrogación personal obligada de ajustes desproporcionados en los convenios colectivos silenciados por los sindicatos, toda vez que habría de ir pensando en la colonización de planetas cercanos para inventar un campo tecnológico y creativo que absorbería el problema con la colaboración de personas cualificadas en distintos ramos de la ciencia y la sanidad además, especializadas en esa inteligencia cada vez más distante con la nuestra, o bien empezar moderada y sistemáticamente a destruir para volver a construir como ya ocurrió en las dos pasadas guerras mundiales, aunque ésta sería más aplastante si la cordura no estuviese cultivada y controlada por quienes la dirijan desde el escenario en donde se mueven los hilos del mundo. En este punto probablemente nos encontraríamos con la oposición de los pacifistas, que apuntarían que lo más seguro sería otorgar una renta básica que saldría de las bases impositivas que se aplicarían a las empresas por el empleo de máquinas que en tal sentido podrían llegar a leer nuestro pensamiento.

En cualquier caso la desigualdad va a seguir su línea de desgaste, pero no está de más ir pensando en lo que les espera a las nuevas generaciones por mucho que dominen ahora con sus jóvenes dedos un teléfono móvil u oculten sus ideas en una anónima carpeta en el ordenador de última generación, que le dice de forma subliminal lo que tienen que hacer e intentar pasar desapercibidos.


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