INCIDENTE EN IB 6502, QUE SUELE REPETIRSE CON CADA VEZ MÁS FRECUENCIA

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Azafatas, las hay simpáticas, amables, estúpidas y cabos chusqueros llamados sobrecargos de las líneas aéreas y con muchos años de experiencia, creyéndose “reinonas” de altos vuelos, lo que a gran parte del colectivo les avinagra el carácter y las deja cuál lobo estepario, es decir a la que saltan cuando un pasajero se resiste a ser tratado como un borrego, refiriéndonos por su mayor proporcionalidad a las azafatas, esas currantes de a bordo que les han ido limitando sus funciones hasta el punto que entregan el paquete multiservicio y producto de ración de supervivencia de muy mala gana, sirviéndote el refresco, zumo o agua, para después seguir el rito de café o té al final, de lo que consideran una fiesta gastronómica o como si se tratase de un cumpleaños familiar, y además sin seguir ningún rígido protocolo, como era sonreír y dar tranquilidad al nervioso, lo que nos hace pensar que esas camareras sin propina, tienen una grave psicopatía, como es la de seguir con la leyenda de que ese uniforme que llevan confeccionado por algún modisto de categoría, les hace sentirse y aparecer como modelos de pasillo o pasarela.. hasta la puerta de emergencia.

A muchas se les ve la amargura en los ojos, antes en la cara cuando la pandemia no existía, poseídas por un diablo entre alas que tampoco las viste de Prada, que les incita a inspeccionar al pasaje constantemente para comprobar si sigue amarrado, que no siendo así se les señala y ponen en evidencia cuando a alguno se les atraganta, lo que no es óbice para que alguno les ponga contra las cuerdas de las que todavía no se cuelgan, pensando que en algún momento se separarán de sus parejas y se entrelazarán con alguno de los miles de comandantes, expertos en simuladores electrónicos de cómo aterrizar, lo que por hecho parece que la aeronave hace la aproximación con medida más precisa que el piloto.

Estas chicas, algunas abuelas ya, creen quizás por un cierto complejo de inferioridad, ángeles de un cielo protector que cuida con su manto oscuro o azul, incluso subido a 24.000 pies de altura de los pasajeros, llegando a la idea concluyente de que muchas con la decepción a cuestas, están susceptibles al borde del llanto y de un ataque de nervios, cuando amenazan ordenando ¡ póngase la mascarilla cubriendo boca y nariz ¡, en el mismo momento que alguien se rasca la napia protuberante a lo Cyrano de Bergerac, a lo que le contesta sin perdida de tiempo el interpelado “ a mí señorita me lo habla con más simpatía, sin avasallarme, y no ordenado con esa insistencia de bruja maligna como si yo fuese un borrego en su granja “. Llamaré a la sobrecargo continúa bramando y poseída de un ego por el que pretende dejar claro su ordena y mando, insistiendo ” yo no tengo porque aguantarle sus insultos “, recibiendo como contestación simple y a la vez humillante, “llame usted a quien la plazca, pues si quiere usted greña por estar más amargada que un sapo encerrado en una taza, con la mosquita cojonera usted se ha encontrado”.

Después llegan las miradas de soslayo, hablan entre ellas en corrillo, se mofan y siguen altaneras hasta que la increpada aduce que denunciará al “chulo” (sic) por no llevar la mascarilla como a ella le gustaría, es decir sumiso y acojonado porque la empleada de la compañía establece que ella y sus compañeras son las reinas del lugar, a las que por cierto en la parte de atrás de la aeronave se reúnen, se sientan, se toman lo que sea, conversan despotricando a unos y otros, y lo hacen sin el perverso bozal.  


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