El 95 % de los productos que suministra la industria farmacéutica en el mundo no sirven ni siquiera como efecto placebo

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Del oligopolio farmacéutico, su conducta y la todavía honradez de quienes cuestionan productos y precios para la curación

Muchos médicos y científicos han llegado a la conclusión de que el 95 % de los productos que suministra la industria farmacéutica en el mundo no sirven ni siquiera como efecto placebo, es decir, ni curan ni matan, pero lo que si hacen es aumentar los beneficios de un “lobby” que supera la facturación y la rentabilidad de los dedicados al negocio de venta de armas y municiones, así como el “pacífico” mercado de las telecomunicaciones.

30 Empresas controlan el 50 % del producto comercializado bajo prescripción facultativa y por cada euro invertido en sus laboratorios de investigación se convierten en 700 de beneficio de la divisa mejor cotizada, después de deducir costos de producción, amortización e impuestos.

La industria farmacéutica tiene una dulce sonrisa aunque es de acero, y sus tentáculos se extienden por los Ministerios de Sanidad del mundo entero, empleando unas ventosas de las que no es fácil separarse cuando han sido aplicadas discretamente, empezando por gratificaciones espléndidas dinerarias y suntuosos regalos que van desde mansiones en el Caribe, yates y apartamentos de lujo en Avenida Balboa de Panamá City, a los que siguen para quienes hacen la vista gorda con viajes de ensueño en las Seychelles y vales descuento para la adquisición de automóviles de reciente aparición, llegando a las puertas de esos consultorios médicos en donde el código deontológico todavía permanece en un estado embrionario entre los criterios de llevar una vida profesional correcta o caer en la tentación de los visitadores médicos, hábiles en el manejo de los argumentos de hacer prevalecer las “bondades supuestas de un medicamento” que son tan necesarias para los enfermos, que la compañía quisiera repartir parte de sus “modestos” beneficios con quienes colaboran “desinteresadamente” en seguir apostando por hacer el bien a sus semejantes enfermos.

Y así dicho lo anterior refleja un marcado estudio del continente humano que prescribirá el contenido del frasco milagroso, arropándolo de propiedades curativas, muchas inventadas por un sesudo departamento de marketing, que no tendrá miramiento alguno en concentrar sus acciones en pequeñas reuniones con sus seleccionados, muy bien atendidas entre almuerzos, cenas, copas, espectáculos y algunos que otros deslices sociales propulsados por bellas señoritas provistas de las características ventajosas de la novedad farmacéutica, siempre debidamente preparadas para convencer a quienes todavía se resisten a estudiar su aplicación con un compromiso formal que debe aceptarse en el transcurso de un congreso de doctores especializados. Reuniones, invitaciones y jornadas que se celebran durante todo el año y en ciudades en donde se garantiza comodidad y seguridad para mejor deleite de quienes se han emplazado a debatir temas propios de la sanidad en toda su extensión corporativa y complejidad ciéntifica.

La enfermedad es un negocio para la industria farmacéutica, igual que la política es una salida para aquellos jóvenes mediocres o espabilados que han terminado abogacía, aunque hay que resaltar que no todos caen en las fauces de una ambición protegida por el buen hacer de quienes han estudiado una digna carrera para ejercerla con rigor y la confianza de no decepcionarse en lo personal, evitando la oportunidad de ensuciarse profesionalmente.

Todas las empresa farmacéuticas tienen la semblanza de ser internacionales, utilizando filiales que pueden negociar el precio de los productos sin importar demasiado que no sean coincidentes en su paridad con respecto a la divisa. Todo es mera especulación cuando en un país, más que en otros, las mordidas se deben repartir con mayor esplendor para que nada deje de funcionar en esa preocupante atención por la sanidad pública local.

El sector farmacéutico ha llegado a experimentar con sus alambiques tencológicos en aquellas estaciones espaciales más cercanas a las estrellas, ya sea en los planos de la bioquímica, biología, microbiología, etc., para repercutir sus hallazgos en la farmacología y farmacia popular, extendiendo sus progresos en investigación y desarrollo más innovación latente a la física y a la enfermería que nos asiste por un simple dolor de cabeza, que afortunadamente podemos calmar con una oportuna aspirina.

La industria alimenticia no se escapa de la subliminal influencia del sector farmacéutico por excelencia, en donde por accionarios ocultos a través de fondos de inversión también está sumergido, aprovechando sus ramificaciones para adquirir las materias primas más ventajosas económicamente en aquellos países que poca importancia le dan a la savia de un árbol o al escupitajo de una rana, empleándose vertiginosamente en acelerar siempre que una nueva raíz natural o artificial lo permita, un nuevo producto para el consumo mundial, tal es el caso de los nuevos y costosos ungüentos para el rejuvenecimiento, algo que ha inspirado a muchos laboratorios a desarrollar programas virtuales y una serie de spots publicitarios encaminados a que nadie se quede para vestir santos, incluyendo en las tareas de ser los primeros en dar en el clavo con la participación de los clásicos espionajes industriales y algunos chantajes que jamás llegaran a los juzgados.

Los centros de producción, que no de investigación, salvo Brasil, India y alguno más, se instalan en países en donde las condiciones laborales son menos exigentes y no dados a la curiosidad, permitiendo que los beneficios de los derivados de la farmacopea se estimen por encima de un lucro exagerado que no se implementa en el costo que llega al público consumidor final, y mucho menos a aquellos humanos sin recursos, muchos pobres e indigentes que no pueden pagarlo, aunque por la cuenta de llegar a recaudar unas facturaciones de infarto cerebral, ya procuran de alguna manera sustituir la etiqueta por una marca distinta y más asequible, que abona el particular, la ONG, o el “estado de una nación” a la que se le promete progresar a cambio de endeudarse con una medicina de un brujo muy especial.

Y esa sigue siendo la cruda, fibrosa y calenturienta realidad de una industria contemplada por el oligopolio que huye de cualquier religión y cruz, que muchos antiguos y ya olvidados presidentes de esos “laboratorios”, antaño confundieron con la cruz gamada que admiraron y sus descendientes no han dejado de propagar, con la idea de que es mejor hacer que se extienda el humo letal y después incendiar la honradez que pueda quedar en el mundo con el queroseno de la corrupción, eso sí.. de la mejor calidad, para después atender a los afectados con un remedio caro y lento, quizás no tan eficaz ni duradero como cabría esperar, hecho que se evidencia gracias a la mentalidad numerosa y gregaria, firme y concienciada de un ejército de buenos doctores en medicina que creen todavía que con la salud nadie puede jugar, y mucho menos ponerle precio a la vida a través de una receta médica no exenta de ser contrastada para comprobar su viabilidad curativa, que en la letra pequeña del prospecto advierte de unas inexcusables propiedades y perecedera caducidad, que en la mayoría de las veces roza la impunidad de una industria potente y perseveraz como es la farmacéutica, que trabaja y muchas veces se puede interpretar que “delinque” en una dimensión desconocida.. que siempre tiene una cita inaplazable con el dolor convertido en deuda de los demás. 


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Comentarios

4 Comments

  1. Es bastante real.no tatalmente pero real.una entrevista con una quimica farmaceutica directora de uno de los laboratorios mas fuertes en inglaterra dejó de trabajar despues de luchar por esos temas.los medicamentos los hacen (a proposito)que no curen sino que mantengan y prolongen la vida del paciente a base de medicamentos.si los curan no compran y si se mueren tampoco.son unos hdp

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