La jocosidad de una comparación que imposible pueda ser odiosa

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Las diferencias en el comportamiento cívico de la población entre España y República Dominicana existen, pero no pueden considerarse abismales, más bien atribuibles a un espíritu vocacional de educación que debería ser más solidario con el vecino y ajeno, salvo y marcando las distancias, que en el Caribe se conoce a sabiendas que la sangre arde por una juventud desmedida y en Europa se languidece, por una serie de normas excesivas que se imponen para amargar a quienes disfrutan de una ostentosa calidad de vida, que habría que estudiar para envejecer menos y disfrutar de más libertad condicionada.

En República Dominicana se suelen solventar los escarceos amorosos a ritmo de merengue y bachata principalmente, mientras que en España la cosa se hace más aburrida y cada vez menos folclórica, pero para rendir penas y traiciones ambos países emplean el mismo sistema.. “la mate porque era mía”.

Hay algo que los europeos no superamos en las calles dominicanas siempre abarrotadas por el mal comportamiento y la inadecuada forma de manejar en la isla citada, lo que produce lo que se llaman popularmente “tapones” para encolerizar al autóctono y asombrar al visitante, cuando conducen por el medio del carril, intentan adelantar por peteneras, de ahí que una buena parte del parque automovilístico este “abollado” e inservible para frenar a corta distancia, toda vez que el aparcar en doble fila e irse al colmado a tomarse una cerveza es una acción tolerada.

Mientras en las ciudades la anarquía no tiene señales y mucho menos “stop”, en una autovía alguien se para de sopetón para seguir hablando agarrando el celular con una mano y hacer aspavientos con la otra, lo que no deja de ser sorprendente cuando les haces ver, iluso de ti y con sutileza la negligencia, y depende de si se ha bebido algo de más el encrespado, te puede sacar un revólver por la ventanilla tintada oscura para lanzarte cuatro tiros de aviso, por no ser una persona comprensiva y educada el tipo que huele a turista. Faltaría más.

Tocan el pito vs claxon, por esos andurriales del Caribe llamado bocina por cualquier cosa, y sin venir a cuento, ya estés delante o detrás dará lo mismo, lo que crea un sonido estridente y desbordante de mala uva cuando no hay nada mejor para una mentalidad imbécil que hablar con sus acompañantes y seguir haciendo ruido por simple inercia, que acompasado con los demás que hacen lo mismo, terminas por pensar que o no hay educación de ningún tipo o hay un exceso de aburrimiento que no se curará ni con el reparto de un “guineo” al llegar a un semáforo, señal que se lo saltarán a la torera, es decir en rojo mientras que el que viene a toda velocidad haciendo lo mismo se dará una embestida que hará que todo se pare nuevamente para provocar otro embotellamiento más duradero, que aprovecharán unos por curiosidad llamar después de fotografiar el suceso, otros porque les da lo mismo, además de los que sacan el teléfono para seguir filmando un nuevo episodio que repetidamente sacarán en cualquiera de las muchas llamadas redes sociales, que se han convertido en una cárcel virtual de ignorantes ausentes de la ficción y de aprender lo que no debe hacerse.

Después están los carros (autos) con la perspicacia de dejarse las luces encendidas en cualquier parte, probablemente para saber que se es el propietario del más limpio y luminoso, y no sólo eso, permitir que ante la disminución o la alteración de una batería problemática provocará una alta sonoridad incorregible con una densidad de decibelios de discoteca ibicenca a a luz de la luna o de zona apache en Boca Chica, logrando se despierten las alarmas y muchas a la vez en un concierto nocturno a altas horas de la madrugada que no dejará dormir a los vecinos.

Los internos en clínicas tampoco están exentos de esta incomodidad, enfermos que padecen el exceso de ruído en sus timpanos cuando llegan las ambulancia a un hospital y en vez de utilizar los avisos y destellos lumínicos como cabria esperar si hiciese por respeto y siguiendo un protocolo, llegan airosos los conductores, enfermeros y pacientes marcando el ritmo de un despertador odioso y a toda pastilla, máxime cuando coincide el momento con la persecución de la policía a un delincuente que sortea todo lo que encuentra con un motor robado y los tubos de escape recortados, para que nadie dude que es un héroe y que se juega el prestigio y la vida si llega sano y salvo a su barrio, en el que de noche será una temeridad visitarlo por parte de una autoridad a la que no le llega la gasolina para salir huyendo de la trampa, que sin duda es arrebatarles el arma o en su defecto llegar a un acuerdo de palabra y obra, pues fulanito conoce a su papá y entre familiares no hay que “guillarse” por na.


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