La mayoría de la juventud no tiene un problema, tiene la amenaza de vulgarizarse, algo que está lejos de resolverse

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El gran problema de la juventud de ahora y comparándola en etapa anterior menos evolucionada a recibir la todavía ignota era virtual encaminada a una inteligencia artificial sin freno, siempre ha sido en ambos tiempos a creernos mayores de lo que realmente éramos, fuésemos o seguiremos pensando que siempre lo seremos, con una diferencia muy sustancial de apreciación en la que por fortuna no existían teléfonos móviles para estar pegados todo el día hasta a altas horas de la madrugada con ese intruso impenitente llamado el “TikTok” del demonio vanguardista o similares, que arrasan hasta el respeto que debería darse a cuando coinciden elegir entre una canción de Simply Reed por ejemplo, con “A New Flame” y “Deteniendo los años” que se enfrenta con una serie de tipos y zagalas chamuscados de pretensiones de “influencers” de tres al cuarto, que simplemente se ridiculizan con sus hazañas y ni tan siquiera se les entienden cuando cantan y mucho menos cuando hablan. ¡¡ Y sí no hace falta adivinarlo chicos y chicas !! , envidiamos los de atrás que tenéis los años que a nosotros nos sobran para no daros “caña”, que la damos sin falta cretinos bastardos (calificación sin acritud, vaya por adelantado).

Pocos lo entenderéis, especialmente vosotros pazguatos insolentes que renegáis de los consejos que os dan con mucho sacrificio vuestros padres y educadores, que ya pobláis el reino de la mutación controlada y manipulada, incapaces de contagiaros con la vibración incomparable que produce la emoción de un cantante con espíritu, y la letra de una canción que dice algo o mucho de la sensibilidad, que para muchos nunca tendrán la oportunidad de alcanzar a comprender en su defenestrada vida digitalizada y su esperpéntico código de barras.

Las redes “asociales” están ganando la partida a la sensatez de acrecentar la imaginación a través de la diosa literaria sabiduría y la música que acompañaba y protegía, siempre como medio de marcar distancias con la vulgaridad y de esa mediocridad que hoy reina por doquier entre vuestras mimadas mercedes.

El “cancionero” de hoy que irrumpe como decadente por su falta de prosa y memoria histórica que se mece en sonidos infestados de una insufrible repetición y la matraca discordante, que no encaja en su mismo verbo. No intento referirme a la pobreza de ritmos que para los atolondrados hijos del actual sistema pueden ser sonidos triunfantes de una demanda doméstica incobrable, que percibo se dejarán convertir en onomatopéyicos disturbios de cómo difuminar el recuerdo de un ambiente que otrora sin duda fue mejor, que el desconocido diapasón que marca el diablo y el destino de quienes siguen pulsando o gravitando las pantallas celulares de visualización personal al chasquido de los dedos, en ese espejo que se golpea aceleradamente con la yema de los dedos,

Pasa el tiempo, quizá más lento que a través de un reloj de cuco acuñado en el siglo XIX, segundos y momentos momificados que actualmente consisten en el máximo y único interés de entretenerse sin más emoción que la superficialidad, que retrata escenas de una música estridente e imágenes de una ocurrencia condicionada en lograr exaltación y en esa falta de conexión con una realidad latente que no contempla los problemas de ninguna clase y se transforma en solo ficción y nada más, dando una importancia desvariada, qué para los iconoclastas sería incluso irreverente.

Estos personajes que presumen de menos edad y de saberlo todo y mucho más, mientras en sus manos tengan un IPhone, prefieren comer menos lentejas y más avena con leche de cabra que de vaca, y si acaso lo que les haga perder menos el tiempo para salvarse la sobremesa y entablar un diálogo familiar o amigable, que por supuesto no es lo mismo, tenderse en la cama, el sillón para leer y vivir menos en el fondo de un intelecto que hace tiempo se desprendió de la “psique” para no intercambiar opiniones y fantasear, llegando a la simpleza que ellos forman parte del coro, de la voz o del ballet, de ese escenario jocoso en conserva que tendrá caducidad, pero eso sí con el celular abrigado por una propiedad que de arrebatarla te mata, que le servirá para mezclar sonidos, aprendiéndose las letras vacías de contenido y sobresaltadas, repetitivas e intransigentes con decir y fomentar algo curioso que se marchita a quienes decidimos no entrar en el patíbulo que nos espera en la cueva de los despropósitos, que arrancan con un redoble y el mantra derivado a insulso, que enciende con la más pura sandez las bajas pasiones de quienes adolecen de no haberlas tenido jamás bajo los poros de la piel. Y eso es triste.

Juan H. Belz ( assideremaxime@gmail.com)


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