La vejez es culpable, llega y sin presunción de inocencia

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La vejez es molesta, decrepita y nadie la desea. Y no satisface en opiniones personales de muchos contendientes a ocultarla, que una gran mayoría crea en la bondad de ser una acompañante tranquila y pasajera de lo inevitable hasta el “tormento” fatal, admitiéndola de ser la causante para desprenderse de tu valiosa existencia. La vejez es una putada que amenaza desde el día que naces y te persigue, en el mejor de los casos, lentamente pero sin pausa.

La vejez que llega inexorable más pronto o más tarde es el reloj que ha perdido arena, o ya no hemos sido capaces de darle cuerda, o la batería que ha sido consumida para no darnos la satisfacción de oportunamente cambiarla e ir contemplando las luchadoras manecillas incluso muertas, después de sumar horas, minutos y segundos felices, complicados, amargos, tristes, laborales, estudiosos, esperanzados y nerviosos por una cita a tiempo que ya no volverá a producirse jamás.

La vejez es la cuenta atrás, el tachar del calendario un día menos con la memoria desgastada y desgarrada la figura, el desafiar a la muerte con una grave enfermedad y salir de la misma, “tirando” hacía adelante con un nueva dosis de adrenalina inyectada en la vena de una juventud extinguida, que tampoco servirá para alejarte demasiado de la oscura meta final.

La vejez no tiene honorabilidad pues llega a traición sin desearla, atenazada por la preocupación, la ansiedad y el deseo de retar al espejo para saber quien de los dos tiene más arrugas, y quien se dice primero las verdades del barquero y así mismo la evidencia de que has perdido algo más que la juventud, que se pretende ocultar tras el ridículo de una sonrisa maquillada.

La vejez es la decadencia del ser, y nefasta es la contradicción de cuando alguien alaba la jubilación como un premio, recibiendo como compensación un diezmo del que pagarás unos costosos intereses por desaparecer, razón por la cuál te prohibirás que Caronte el barquero, el responsable de transportar las sombras errantes de los difuntos a una isla ignota y desierta, no acepte un óbolo por enterrarte con un “euro” bajo la lengua y dos monedas de diez céntimos en tus ojos, dicho sin alarmismo y en un plano metafórico, por ser todavía incapaces de entender a la ignorancia como una máxima que lo dice todo, cuando ya no tendrás ocasión de decir nada, salvo un suspiro silencioso que nadie percibirá su angustioso ulular.

Nacemos, nos desarrollos, acumulamos experiencias y “tesoros” y no nos llevamos nada, ni tan siquiera los recuerdos para vengarnos del “delfín” del sufrimiento, cuando previsiblemente nos han atizado finalmente con la guadaña.

Y entre tanto y puedas, jugando con la desorientación de los sentidos a punto de ser llamados a extinguirse, no permitas que te llamen viejo mientras sepas quien eres, aunque no tengas agallas para defender una aseveración que tu mismo entenderás por prudencia de no ser valorada y mucho menos discutida, cuando aciertes a reflexionar que todavía sigues vivo, y el “insultante” necio y provocador sigue teniendo los días cautivos y pendientes de no salir ileso de lo que puede depararle el destino, que lo es todo.. y hasta ahora ha sido tu mejor amigo hoy.. o hasta mañana.


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