La vida laboral pseudo-dramatizada del personal de cabina en una aeronave no es fácil, si se sigue obviando que se está atrapada en un bucle más humano que atmosférico

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Casi nada les diferencia, salvo el físico, la estatura, el color del cabello lacio, preferible no rizado según opinión del seleccionador de la empresa, corto y en cualquier caso siempre recogido. Todo lo demás, el uniforme con falda o pantalón, los zapatos de tacón, la boina o la gorrita en la cabeza, de la que carecen en el caso de los masculinos, el pañuelo anudado al cuello, la faz simpática de contadora de cuentos de hadas bonachonas, y la altivez como efigie de cristal permanece también inalterable en su estado natural.. y mental, trazando el paseo pausado con distinción cuando arrastran con decisión el carrito de viaje indispensable, como si se tratase de desfilar por una pasarela acompañándose de un bastón. Siempre es idéntica la pose.. y muy habitual en la azafatas de las compañías aéreas, grupo llamativo por su pulcritud al que habría de añadirse los “azafatos” que desempeñan la labor parecida con sus clásicas características de parecerse a ejecutivos de alto rango, los mismos que conjuntamente con toda la tripulación suelen reunirse en grupo antes de embarcar en el punto de encuentro que convoca el, la, los, las sobrecargo, si bien esa operación de traslado en vehículo la hacen todos unidos en perfecto estado de revista, inclusive con el comandante y su segundo, al salir del hotel en donde se hospedan en donde han pasado el día o la noche para abordar a la hora señalada y si no hay retrasos, la aeronave que supuestamente se ha revisado técnicamente para realizar un despegue sin problemas y otros contratiempos que pudieran afectarse por las condiciones meteorológicas.

Desde la fila, una vez sentado preferentemente junto a pasillo se observa con mucho detenimiento el trasiego de quienes van a velar por hacer que los pasajeros pasen un agradable vuelo mecido entre las nubes blancas o grises de un diverso volumen, con las que nos encontraremos en la navegación iniciada, empezando por dejar constancia amable desde la megafonía con instrucciones a dos idiomas, para que sepan todos los viajeros quienes mandan en la travesía, convertidos en vigilantes hasta el final del trayecto, refiriéndonos al personal responsable de cabina, empezando por dejar bien patente a base de una mímica recurrente las normas de seguridad, las puertas de salida, las lucecitas indicativas para una emergencia y el uso del chaleco salvavidas, además de la máscara necesaria por la pérdida de presión si algo grave ocurriese, sin olvidar el respaldo de asiento no reclinado, cinturón abrochado, parasol bajado al subir y abierto al bajar, especificando claramente que no se puede fumar y que en todo el alado hay detectores de humos para evitar que algún maleducado no se reprima, cerrándose por breve tiempo la utilización de los lavabos hasta que el pájaro metálico no se estabilice y se cercioren de que todo está en normalidad y bajo control, advertencias que no olvidan que los celulares y/o ordenadores deben permanecer en modo “avión” o ser apagados hasta el destino final.

Y a partir de ese acto de notoria profesionalidad de las azafatas y azafatos, ya se empiezan a cambiar los uniformes por los de camareras/os sin propinas y vendedores de productos de consumo dentro de un extenso catálogo que hallaremos en la bolsa posterior del sillón delantero, que irán desde bebidas, tabacos, perfumería, accesorios para teléfonos, relojes y un largo etcétera libres de impuestos, además de los audífonos que al precio de 3 € te servirán para escuchar música o los diálogos de las películas, sin olvidar que ya se puede acceder a internet y la opción de ver otros programas favoritos a través del propio móvil, que podrá recargarse si se dispone del cable apropiado.

Y llegará la hora de la comida o cena con el consabido pasta o pollo y el acompañamiento de agua, refrescos, vino o cerveza, para seguidamente después, utilizando los mismos carros de la distribución recoger las bandejas alimentarias, antes que te pregunten desde otro contenedor si se desea café o té.

Y así pasarán las horas, en vuelos nocturnos y con poca luz ambiental se harán más llevaderas para estos profesionales que esconden un aburrimiento sepulcral que empieza por conversar sobre las incidencias ligeras, intrascendentes o las preguntas nimias y más insospechadas de la gente cuando viajan por primera vez, además de las interioridades personales que suelen contarse una y otra vez, en las que no faltan criticas sobre la supuesta descoordinación de los jefes de operaciones de la compañía en cuestión, que jamás colocan en el mismo servicio a quienes con más confianza se distinguen y confraternizan por los largos años empleados o por rutas que les hacen incomodas las relaciones familiares, cuestión ésta que aboca a rupturas, separaciones, divorcios, malos humores y un estado de alerta debido a los efectos del “jet lang”, o lo que significa que si trabajas con una diferencia horaria de tres horas de la ciudad de donde has partido, normalmente se tardan tres días en recuperarte, y si en cambio son seis horas bastará una semana para hacerlo, lo que equivale a decir que los biorritmos en esta clase de trabajo sufren lo indecible para defenderse del entorno más cercano, además de alterar el estado de ánimo e incluso provocar una crispación que suele disolverse al pensar que son muchos los de este colectivo que pasan por una situación paralela y de similar confrontación consigo misma, para muchos muy difícil de afrontar en el plano privado y emocional.

Y sí, las incorporaciones de nuevas generaciones de azafatas siguen teniendo la misma aspiración de sus predecesoras, hallar al príncipe azul de sus sueños en la clase “business” o en su apreciación más modesta en la carlinga de mando de cualquier “Boeing 747”, compitiendo en simpatía, sonrisas y hermosura maquillada mucho más acentuada que en el despliegue cínico que muchas emplean en su cometido con los pasajeros en lo que representa colocar con precisión y ligereza las maletas en los baúles altos destinados a tal fin, salir con lluvia y truenos, nieblas o hielo en pista con salidas fijadas a horas imprevisibles con demoras y en la madrugada.

No es un trabajo difícil, ni al parecer tampoco bien pagado, aunque ahorro pueden considerarlo en alojamiento, alimentación y vestido. Ni mucho menos es distraída la labor cuando se han asumido competencias y resuelto casos muy parecidos y siempre repetitivos que que se dan entre los ocupantes que se quejan constantemente de la falta de espacio, especialmente las madres primerizas con niños llorones, los dormilones a pierna suelta que molestan al vecino, las incontinencias cuando hay turbulencias y no se puede transitar por los pasillos, los subidos de tono en un riña entre parejas, las peleas entre turistas de poco pelo que han bebido más de la cuenta, el estar pendiente en todo momento que no falte papel higiénico en los baños y acudir a la llamada sonora, casi imperceptible y lumínica de quienes buscan una manta para cubrirse y no la encuentran. Todo es habituarse para ellas y ellos, todo es acomodarse como puedan y sin llamar la atención al fondo, en la cola del envase humano de “kevlar” y respirar profundamente, con la esperanza de vivir un día una experiencia distinta y gratificante.. o ver pasar por la ventanilla un platillo volante a gran velocidad de vuelta a otros mundos más irreales y entretenidos.

El que está acostumbrado a viajar, sabe que siempre es necesario partir algún día. Paulo Coelho


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