Las confesiones irreales de Genkisscan, cuando se convierten en una razonable presunción de la verdad

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Un paseo por la reflexión puntual y por una calle estrecha en la que para muchos recorrerla es una fría estepa

Probablemente éste sea uno de esos artículos manidos de una crisis social que avanza a pasos agigantados hacia una catarsis poco atractiva para entender que ya poco remedio hay para combatirla, si no es desde los cimientos que se arraigan entre varillas duras e indomables y con el cemento de la desesperación como puntos fuertes de inflexión.

  • Los “avisos y opiniones” siempre son certeros aunque cada vez tienen menos importancia para los damnificados de una marginalidad extrema, y ahora lo que se entendía como progreso en la recuperación del ser persona ante todo, se extingue por el mundo drogodependiente en cualquier excesivo y no tan necesario y obligado consumo, sin saber bien las razones principales, quizás por lo que ocurre habitualmente en los proyectos que se calzan sin calcetines y mucho menos con zapatos de dura y áspera sintética piel para andar con paso firme y seguro por la senda del querer proseguir sin estar demasiado entusiasmado o “alterado por la euforia” disfrazada, para alimentar el propio ego del saber que haces algo, aunque pocos se den cuenta de que es una mera y simple excusa efímera para ocultar otros muchos fracasos que se pretenden desterrar de una frágil memoria que se hunde por no usarla, que desea descansar en el tálamo de los durmientes bajo los efectos de las inyecciones no apropiadas al virus que han contagiado las adheridas pesadillas que no desaparecen.

Hoy, aunque experiencia no falta en recabar el estado actual de una sociedad acechada impunemente, que vive triste y despiadadamente, engañada entre sus cuatro paredes agrietadas y ningún cuadro con apariencia agonizante para taparlas, que les aleje de su normalidad cotidiana, asumiendo que el volver a fijar la vista durante el colapso mental, sirve para aceptar de que los festivos están obligados a salir para mirar, a lo mejor algo que comprar o quedarse con el deseo de hacerlo, que es el principio de la enfermedad provocada de quienes mueven los hilos.

En ese lapsus de imitación a una mutación supuestamente controlada, salía Genkisscan de uno de los grandes almacenes que está a punto de la quiebra más letal para sus empleados, incluso para aquellos que como jefes de planta se sienten todavía funcionarios de un gran ministerio comercial, y lo hacía éste ciudadano con unos cartuchos de tinta para impresora, aprovechando que regalaban uno del color negro para no más de 100 hojas. Bajaba por la escalera mecánica observando que eran más los que deseaban con la mirada que los que echaban mano de su cartera para pagar un producto que seguiría permaneciendo intacto en su estante expositor, cuando al salir por la puerta transparente y resistente que da a la calle, una mujer atractiva pero desgreñada y de físico caucásico inteligente, se dirige al que podría haberle llamado “colega” y le pide un cigarrillo, recibiendo como contestación tajante el ya clásico “yo no fumo”, a lo que le sigue pidiéndole cincuenta céntimos para comprar “sueltos en el chino” (sic), lo que le hace hurgar en el bolsillo de sus arrugados pantalones y le ofrece unas monedas sin saber cuántas son. A continuación susurra varias veces “espera, espera, por favor”, corre y se adentra en un establecimiento del que sale con un pitillo echando humo, mientras tanto Genkisscan, algo molesto sigue rumbo sin inmutarse y dar ninguna muestra de preocupación.

La curiosidad le previene y alerta al anónimo donante, aunque no exento de aumentar su curiosidad por tener cerca un nuevo caso bajo el título de confidencial que albergue el deseo de saber porque alcantarillado ha salido una mujer agraciada, aparentemente inteligente y a todas luces acabada, simplemente “terminada y prescindible”, añadiría cualquier vecino extremadamente exigente, lo que se entiende actualmente como “excluida socialmente”, sin más recursos que una voz pausada, casi imperceptible que cuesta entenderla, después de que adelante y se cruce nuevamente con Genkisscan entorpeciendo su camino.

Le pide, no sin ver en sus ojos una atrevida y tímida arrogancia de perplejidad estudiada a punto de derramar una lagrima, una ayuda de treinta euros para pagar el asilo de una cama municipal, aunque ya sabe Genkisscan que dichos establecimientos municipales son gratuitos, y probable sea para adquirir la papelina de la sustancia injusta que le hará trasladarse a su otro mundo de falsa ficción, de tránsito peligroso y recuerdos hacinados en su dañada memoria. Ante el titubeo añade a su rogativa la palabra mágica que servirá para no negarle la petición.. “ y para pagarme también un bocadillo.. tengo hambre”, a lo que sin dudarlo un instante Genkisscan le facilita el importe solicitado sin más preguntas, ni requerir ni siquiera unas improvisadas y lastimeras gracias.

A Genkisscan siempre le quedará la duda si el no haberle dado excesiva confianza, rechazando cualquier empatía, le proporcionó una coraza para no humillar a una mujer que solicitaba una ayuda para satisfacer su apetito, o la necesidad de ausentarse de un mundo que se distancia de ella gramo a gramo, cortado con polvo talco o cianuro, segundo a segundo, con el billete de ida sin haber pensado en la vuelta, incluso al lumpen que la recoge insolente todos los días bajo el tenebroso escenario subterráneo de su ya demacrada existencia.

Denotó Genkisscan que todavía le quedaba el orgullo intacto en su mirada extraña y la esperanza por su parte de encontrarse con otro pasajero en tránsito alado por la vida, con más fortuna y comprensión, o quizás por no darle pie desde el primer momento para pensar nada más y bajo ninguna excusa, quizás por propio respeto a no transgredir el sentimiento de humanidad que últimamente carece de presencia.

A continuación Susana, que así se llama la “paciente” de un planeta ignoto, con 49 años, un hijo que la ha borrado de su vida, un trabajo perdido en un canal de televisión autonómico y un matrimonio infructuoso, de malos tratos y el más absoluto rechazo de su familia por no asentir y maquillarse algunos moratones de vez en cuando, cae en la desesperación de no recordar que todavía permaneciendo acurrucada en un sueño en la brevedad temporal superflua de un alquiler impagado y en cualquier lugar no deseado, ya no pueden existir ilusiones y olvidados flecos del pasado, mientras que el día, la luz y las caricias del sol en la piel que todos ansiamos, para ella y para otros muchos que sufren las mismas molestias físicas y sus consecuencias, además de las penitentes secuelas de una sociedad marchita y “jodidamente” inexacta para una gran minoría, se materializa todo en un doloroso impacto de insensibilidad que hay que sufrir y afrontar todos los días, ya haga frío, calor, viento, llueva o truene.

Todo el escenario, a todas horas del día volverá a ser un infierno, aunque en estado puro y sin contemplaciones que quieran modificar sus alucinaciones, de que no es utópico hallar un catatónico que no es versátil para aparecer solo de vez en cuando, acompañado de cualquier embriaguez psicotrópica o etílica, mientras el péndulo de su vida quedará quieto por mucho deseo de verlo oscilar de un lado a otro, para creer que todavía está viva cuando hace tiempo murió en los brazos que le tendían los muros y las esquinas, aunque desee y haga lo posible para estar para siempre durmiendo en un oscuro y tranquilo nicho llamado cuarto urbano, y una sucia cortina como sábana en el suelo en un lugar desconocido.

Finalmente, y en la misma terraza solitaria de las confesiones falsas y repentinas de un ser que deambula pidiendo socorro, manteniendose en pie de cualquier forma, Genkisscan opta por despedirse sin dilación alguna, extendiendo el brazo para ejercer el apretón de manos, respondiendo ella con un beso en la mejilla que no es rechazado.

Genkisscan sigue su trayecto inmune, pero “tocado” por la desgracia percibida que ha paliado con lo que no debe considerarse una limosna, mientras se detiene y gira la vista atrás para ver como la mujer, que no conoce y que seguro desaparecerá sin dejar ningún rastro ni sombra en su memoria, anda cabizbaja hacía uno de los callejones de la nada, sin nombre, número y puerta alguna que se abra, para dar cobijo alternativo a un alma en pena con la maldición como estigma, que sufre y se desahoga con los artificiales suplementos químicos que la llevarán a otro mundo, quizás más pronto en algún momento y para siempre en una realidad imprevista que no seduce ni incluso al suicida.

Si el destino lo es todo y lo forjamos nosotros, sobra ese “dios” que no hace nada por quienes más necesitan de su cuidado, precisamente cuando creamos robots mecánicos de racionalidad virtual.. y no somos capaces de reparar a los humanos.


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