Los haitianos, los eternos olvidados incluso del afamado “coronavirus”

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El estar olvidados por ese mundo occidental que se las da de compasivo, y que tuvo y tiene tiempo de demostrar esa cualidad ennoblecida tan irreal como que se duda que exista, ahora que el virus delictivo se ceba para mayor desgracia y pobreza de los más desheredados de la Tierra, en la que se encuentran los caribeños haitianos, no quiere decir que esa omisión en la estadística mundial de la plaga sea una excepción, simplemente que no cuenta que haya nueve millones de habitantes en Haití y otros tres millones y medio “afincados” por ahí y en mayor número residiendo en República Dominicana, que se expongan y padezcan de igual manera a los demás las vicisitudes sociales, rigores políticos e inclemencias sanitarias de una criminal y temerosa pandemia, popularmente archi-renombrada “coronavirus” de la cepa científica inextinguible que perdurará siempre “covi 19”.

Existen otras pandemias que se instalan en la sociedad civil como es la desnutrición, el hambre propiamente consumida por quien la padece, el “rigor mortis” de los casi vivos que pululan sin remedio en busca de un trabajo, la carestía y el aprovechamiento de quienes tienen el poder de no sacar beneficio de los alimentos y si lo hacen, cuando lo que se trata es de favorecer con algo de esperanza y no recurrir a la hierba, a la droga, a la simple adormidera, al alcohol que también mata poco a poco, diluyéndose los recuerdos de ser persona, tener compañía, descendencia y quedar por siempre solos en este mundo que consideran un “carajo” que para muchos es una vulgar pesadilla.

El coronavirus para quienes están acostumbrados a lo anteriormente citado, no dejará de ser un condimento más de su mala suerte por haber nacido en una parte de la isla dominada por los diablos legendarios de un vudú mal entendido, ayer por los esclavistas, después por los Tonton Macoute de Duvalier y los machetazos a orillas del río fronterizo de un Trujillo dominicano muy abusador de menores, siempre encarado y gran despiadado. El coronavirus frente a lo que sienten los hombres y mujeres haitianos es simplemente otro nuevo y cruel resfriado más fuerte y dañino al que hacerle frente con medicamentos sin control y falsificados, que hacen su efecto placebo si la influencia del farmacéutico es positivamente contagiosa, puesto que la ignorancia y eso de la mascarilla para evitar la propagación del invisible huésped, lavarse las manos y rogarle la bendición a un dios sin imagen, sigue siendo un ritual aunque después termine en la camilla de un hospital destartalado, para morir en silencio o despertarse de un sueño inacabado si el confinamiento ha sido acertado.

En la Liga Haitiana Internacional sigue con estrecha preocupación los síntomas muy alarmantes de una epidemia concentrada en una isla cuya frontera es el mar, por temor a que vayan a derivarse en tintes de rechazo oportunista y xenofobia acumulada, que pudiera afectar a la comunidad que tiene su vida en la parte dominicana, lo que reportará que el mensaje político de una tregua en las indiscriminadas deportaciones se sirvan de la enfermedad virulenta para aumentar el cupo de las deportaciones, unas extraditados que pueden dejar sus pertenencias al pairo, la descomposición nuclear de sus familias, el abandono de esposas e hijos y emocionalmente una huella en sus corazones que pudiera traducirse en una amarga e incontenible venganza macerada en la locura de la impotencia, de la que el Presidente y Vicepresidente de Lihaiti, Ocelouis Celestin y Marc Aurel Bonné-anne rechazan, sin más controversias ni lamentaciones que inviten a hacerlo oficialmente, estando plenamente convencidos que su organización es la más capacitada para evitar presagios de desconfianza, insistiendo que ya no puede haber más demoras para convocar una mesa de diálogo entre las partes gubernamentales interesadas, toda vez que su organización responde a convertirse en el único interlocutor válido para allanar el camino de vuelta a la casa haitiana desde la acogedora República Dominicana, dentro de un éxodo programado y la firma de acuerdos bilaterales sobre labores de trabajo en los diversos sectores, además de la firma ineludible de convenios de colaboración entre dos países que como únicos vecinos están llamados a entenderse.

Una red no puede convertirse en una tela de araña, como un país empobrecido por circunstancias geopolíticas que sirvan como ejemplo didáctico para exhibir un estado fallido, ergo tampoco puede entenderse como el eterno confinado de un virus llamado indiferencia “.

Una llamada socio-política para recordar que Haití existe, vive y vivirá


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