Los “otros” mirones de los aeropuertos que escudriñan tus pertenencias y que además pueden soltarte un improperio, si no les caes sumiso y con “miedo”

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Van uniformado/as, llevan colgada escarapela de identificación, incluso placas de “sheriff” de latón con serigrafía de la empresa a la que representan, grilletes, pulverizador de pimienta y porras, además de tener cara de muy mala baba o cuando menos de leche condensada. Salvo entre ellos, y con mucho celo para parecerse a un “rambo” sin cinta al cuello de ametralladora y tampoco en la cabeza que contenga su melena, no rezuman simpatía ni buena educación con los viajeros, reconociéndose en muchas de las plantillas el consentimiento de una imagen deplorable, en definitiva los clientes que a través de las compañías aéreas cotizan a Aena y ésta a su vez hacen lo propio mediante contratas elegidas a varios dedos, que empujan las puertas giratorias de la política como casi siempre para la “colocar” al parado al que se le deben favores otrora otorgados, son los artificieros y ángeles custodios en los consejos de administración para recabar beneficios, amén de hacer que se cumplan con rigurosidad los protocolos internacionales para preservar que nada ocurra, y nadie lleve un explosivo en la mochila que arruine la vida de muchos por un loco hedonista que prefiere cambiar el bien de lo que pudieran ser sus actos por el mal endemoniado que le abruma, lo que en ningún caso le convertiría en el clásico “yihadista” con barba y “kufiyya” al uso.

Estos “seguratas” como de forma coloquial solemos llamarles los viajeros, suelen ser ariscos y excesivamente pretenciosos, probablemente por un complejo de inferioridad de ver partir a los demás y quedarse ellos de “patitas” en el suelo del aeropuerto, hasta el próximo turno y volver a convertirse en ciudadanos de a pie, como casi todo el mundo.

Sí, son esos empleados de control que están esperándote tras el arco de seguridad, mientras pasas por escáner tus pertenencias, después de dejarte en la bandeja todo lo que “pite” o huela a terrorismo de supermercado y pase de los 100 mililitros, los que te miran, no todos pero si una gran mayoría, con cara de insatisfacción personal, sometiéndote cuando así lo exige el filtro aleatorio, a pasarte un parche detecta lo que sea por los dedos y la barriga, para después con un ademán no todas las veces estúpido, adelantar su mano como si te perdonase la vida.

El que le costara encontrarlo obedece a que un aeropuerto no es nada propiamente dicho. Es un mero lugar de paso, un cedazo, una frágil fachada en medio de una planicie, un belvedere circundado de pistas por el que brincan conejos con el aliento cargado de queroseno, una plataforma giratoria infestada de corrientes de aire que acarrean gran variedad de corpúsculos de innumerables orígenes. “Me voy” (1999), Jean Echenoz ( Posiblemente lo explicado por Echenoz sea una explicación a lo que les sucede a los guardas de seguridad que aludimos.. ¿ será un síndrome, será un virus ?

No llegan a faltar al respeto cuando accedes y dejas que sea el que está detrás de ti, quien empuje las canastillas de plástico hacia el túnel de la máquina curiosa, pero a punto están de convertirse en unos gaznápiros altisonantes y provocadores, creyendo que tienen el poder en sus manos para obligarte a un chequeo mucho más intimo y personal, en el que afortunadamente la guardia civil de España intervendrá sin demora, seriedad, educación y una gran profesionalidad que concluye con una sonrisa.

La mayoría de éstos “enchufad@s” de bajo costo salarial que intentan sin conseguirlo equipararse en la nómina y emular a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, son irrespetuosos, no todos hay que admitirlo, que posiblemente hayan pasado por una selección de personal muy banal y adiestramiento insustancial, lo que al parecer son perfectos para el puesto que permite un sentido poco exigente y nulamente ético para la tarea de “prospeccionar” con evidente ojo clínico al cliente de “vuelo” que afortunadamente no le dará excesiva importancia a lo que estamos narrando, salvo cuando los citados “interventores” que autorizan nuestro paso, y si así lo consideran, optan por celebrar una huelga salvaje para mejorar su convenio colectivo, del que a continuación nos inhibimos criticar por tener que salir raudos y veloces a la “gate 45”, aunque apostillamos que en este tema, ronda el oportunismo de hacerlo siempre en fechas que perjudican a quienes deciden trasladarse por puentes y vacaciones, lo cuál hace que nuestros protagonistas asientan con su decisión unánime casi siempre, sencillamente por estar más cabreados que una mona sin cacahuetes, y una vez por otra coincidiendo que alguien desde la espesura legalista sindicalista, les advierte que ejercen una labor de peones indispensables y la más absoluta responsabilidad, máxima por otra parte, de pedirte que saques lo que tengas en los bolsillos de tus pantalones si eres hombre, o que te descalces de tus botas altas de piel costosa si eres mujer y además bonita con carácter de emprendedora.


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