Malditos charlatanes (con permiso de Bunbury)

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Empezaríamos por decir a los pazguatos salvadores de la raza humana, que lejos de improvisar soluciones para salvar al mundo de su perplejo caos inducido al que ya se va acostumbrando la masa domesticada, al igual que los malditos charlatanes que promocionan el maléfico mensaje de que sin ellos no hay solución ni tampoco esperanza, al parecer por tener gula y sentirse muy honrados de pertenecer sometidos al desconocido núcleo de poder, que repite una y otra vez que de no mostrarnos ellos el camino estaríamos antes que pronto perdidos, algunos con la denominación de inservibles, otros con la etiqueta de demenciales zombis a los que educar para el control de un mundo inaudito que nadie lo imagino, incluso para la comprensión marsupial, sabia e irónica de Tesla, Marconi, Einstein y Groucho Marx, por citar cuatro jinetes guerreros de la evolución y la ironía, que siempre hablaron del futuro sin ruborizarse y que ahora tampoco callarían si existiesen.

Esos malditos charlatanes, que el canta-autor Bunburi retrata muy bien, políticos nacidos en barrios y universidades, que alternan el caciquismo parafraseando hipócritas prestaciones sociales como guardianes del orden establecido, son los peores por lo accesible de trasmitir confianza edulcorada para el populacho mal armado de argumentos y desprovistos ya de las herramientas legales y aquellas pruebas contundentes e imprescindibles para descubrirles y hacerlos juzgar como mínimo por incompetentes.

Esos malditos charlatanes, bastardos y ebrios de servilismo que creen serán rescatados en una nave del olvido cuando toda la falacia de la vil pandemia le llegue la hora de la vendetta, no se consideran frágiles, insustanciales ni efímeros, deben ser nominados para ser guillotinados de alguna forma metafórica, pues el pueblo no es de plástico y si de una suave porcelana que de tanta usarla se rompe de vez en cuando.

No podemos estar cautivos de esos mequetrefes del sistema que obedecen cualquier miserable encomienda para doblegar nuestras libertades, abusando de nuestra paciencia permitiéndoles que se sigan riendo a carcajada batiente con mascarillas de terciopelo ante nuestras contagiadas debilidades como personas que piensan, viven, trabajan y mueren, mientras esos insaciables charlatanes se suman al eje del mal con doctrina y vocación, exhibiéndose como ejemplo de la sanación por la que creyéndose impolutos alteran el ritmo y control de nuestra existencia, utilizando argucias en las que defienden segundas intenciones perversas a través del contenido mágico y sanitario que se extraerá del cáliz que contendrá la sagrada vacuna, provocando más daño que bien cuando el detector de una patología adversa sirva para acelerar el programa en el inicio de una inevitable decadencia social, amorfa con signos esotéricos de que el remedio trae siempre sorpresas.

Los docentes son los únicos paladines en los que confiar en el presente, para construir mañana el futuro, pues los esbirros de ese planteamiento convertido ya en endémico que sirve para cercenar el crecimiento y ponerle fecha de caducidad a todo lo senil, por ende excesivo y duradero, pertenecen a la logia que educa a los imbéciles incrédulos en el infierno de la ignorancia y de los nefastos augurios que se repiten con frecuencia y mucho temor.

Y no podríamos dejar de pasar por alto y en otra escala más cercana del meditar antes de emprender cualquier acción, que todos no sirven ni lo harán nunca para aprender la lección, lo que producirá cierta urticaria intelectual cuando una parte del alumnado finja, se rinda, traicione y denuncie con total desapego y desarraigo a sus compañeros, mostrando su acatamiento al ideario absurdo y acomplejado que recordará que solo se vive una vez, y no por tanto tiempo, el suficiente que ya es demasiado para perjudicarle a él, ocasionando una reyerta sin parangón en la civilización actual.

No podemos alentar y abundar en ideas estériles e inocuas con la simple intención de estudiar y desarrollar teorías de la indefinición, cómo la de investigar en dónde nacen los ángeles, dónde está el gran hacedor que últimamente aparece tan poco que se va haciendo inexistente, dejando sombrío el recuerdo a modo de borrón sobre un alma que dejó de creer y pedir perdón, haciendo de este escenario terrenal un mundo cruel, despiadado y apocalíptico, alimentado por la ferocidad de esos estúpidos y malditos charlatanes, disfrazados de títeres y comadrejas, de personalidades de respeto y sin honor, a los que declarar culpables por lesa humanidad, que nos están llevando a guerras sin estampidos, declarando pandemias sin sentido para acrecentar la desigualdad y empobrecer la economía mundial.   

Las teorías de la respuesta a la causa – efecto de la insuficiencia trasmisora de la información que sugeriría la rebelión, se desarrolla siempre y cuando se supiese cómo lanzarlas con la misma intensidad y necesidad de tacto, que sería tan precisa como hallar a un invidente buscando el papel higiénico en un baño público, superando así este cúmulo de comunicación dantesco que rige nuestras funciones vitales y reinantes en el cielo de las redes sociales, que al parecer es lo único que importa para generalizar y liderar el patronaje de una opinión.

Se dice que los prospectos y los manuales de instrucciones hay que leerlos con puntos, comas, pocos acentos, escasos guiones y letras impresas en negrita, indefectiblemente para lograr alcanzar el interés del atrevido consumista que requiere del último panel transmisor 5G, y no únicamente ver la novedad quemada en un instante en la pantalla diminuta del móvil, entre figuritas dinámicas y anuncios de Google, lo que nos conduce a que todo y nada tiene importancia y que la lectura de la diversidad se hace a trompicones, por no haber superado la primera etapa del analfabetismo en el cronos mordido que nos sirve de recordatorio cuando detectamos que nos envilece el reflejo de lo que embrutece, el mismo que sirve para restarle un signo de interrogación del por qué se suicida cada día un granjero en Francia, o los 420.000 euros que se le paga a un jugador mediocre de fútbol cada mes en un club de provincias, que debería únicamente premiarse con un aplauso, al que teniendo una profesión y vivir de la misma, hace deporte y le hace ser más competitivo en su afición. Y así ejemplos hay un montón, verdad malditos charlatanes.

Hay cosas inexplicables, cuando mucha gente pasa hambre y se las condena a la carencia alimenticia a perpetuidad, al ostracismo, a la marginación social y a muchos detalles nunca asemejados a privilegios, y así sin desearlo y al paso de los años el mendigante se convierte en un mutilado de conciencia, palabra y obra, pasando por los escombros que le ha tocado recorrer con mucha pena y sin ninguna gloria, cribando de los residuos todo lo importante que le evitará el suicidio, esperando un día más y otro, seguido de muchos a que el sueño se prolongue más de lo habitual al caer la noche, sin esperar la luz del día siguiente, pues para quienes padecen hacinamiento extremo esa es su suerte, sin saber que el destino juega un papel muy importante, a sabiendas que mientras luzcan los malditos charlatanes jamás tendrán la oportunidad de heredar la tierra, ni tan siquiera del hoyo que recogerá sus huesos y su pobreza.

Entre pícaros, mastines de dos patas, tigres y panteras con rostro humano, retratos sonrientes de chantajistas amigables, consejos de la envidia, y el cuento inacabable de la mala vida, el desorden, la huida hacía el pueblo vecino, donde cada vez más muchedumbre se esconde, están los que sonríen y poco dicen, mientras que con un misal caníbal se encomiendan al dios te bendiga hermano, cuando a la vez por la espalda te están apuñalando o sencillamente, desde la uniformidad occidental te pegan un sablazo por no llevar una mascarilla que te va asfixiando sin notarlo, sin tener presente que la que luce el creído intocable todavía no sabe que la mayoría es rancia, maloliente e inservible, pues evidente es que no sirve para nada al estar todavía viva la víctima y con edad suficiente para su exterminio, y sin esperar caer de bruces por la obligatoriedad, que al no cumplirla devotamente, lo único que ya falta es que te peguen un tiro a bocajarro y de perdidos al río, mientras los malditos charlatanes siguen y seguirán pescando poniéndole precio a la captura, importe que habremos abonado previamente y sin rechistar.    


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