La calidad de los productos alimentarios españoles en la República Dominicana a examen

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Ignoro si es por el transporte “tortuga” antes de ser embarcado, algo que conllevaría la participación de un especialista insobornable en alimentación y nutrición, o si la duración de un trayecto vía marítimo, que dura más de un mes con retención de la mercancía de otras dos semanas que después se acumula en almacenes reguladores o en distribuidores poco escrupúlosos, o si la humedad acumulada en los containers que invaden el producto sellado al vacío, cuestión harto discutible por los expertos en el complicado sector del envase y el embalaje, pueda ser éste el motivo de tan “indecoroso” acto se sumisión por alimentarse como sea y con lo que sea, pero lo cierto es que el producto español que llega a República Dominicana no goza de la misma exquisitez y prestigio que se disfruta en España. Ni muchísimo menos.

No quisieramos pensar que los productos de la reconocida marca El Pozo, Argal y otros de similar competitividad en cuanto a calidad se refiere, pueden haber sido sustituidos por otros de menor contenido original, ya que de todos es conocida la facilidad de la maña dominicana para imitar, simular y clonar elementos de consumo perecedero y uso técnico, sabores de productos y perfumes, incluso el dibujo de las cubiertas de un neumático Goodyear, por lo que nos llama poderosamente la atención que las etiquetas de caducidad brillen por su ausencia en los sobres de embutidos y retractilados que protegen el pescado de altura, lo que provoca que los gustos sean rancios y tan dispares que muchas veces los consumidores optan por “botarlos” en una “funda” (bolsa plástica) dirigida a la basura, o en su defecto, porqué así lo pide el pueblo, agradecidos quedan quienes reciben un chorizo y una longaniza en fase de temeridad hambrienta con cierta apariencia de “vivencia” interna.

En cuanto a las latas, ese es otro cantar, ya que cuando se exhiben con un contenido de oliva y así se manifiesta en el grafiado, la mayoría de las veces es mentira, lo que hace que muchos europeos en la isla opten por atún al agua, sacando el líquido del envase metálico, estrujando el contenido para después regarlo con auténtico aceite puro y virgen, asumiendo un costo que raya el lujo, máxime teniendo en cuenta que los productos están gravados en cascada, primero con el coste de origen, seguro y flete, el impuesto aduanero, el margen de la cadena de supermercados si es directo importador y proveedor final al consumidor, y finalmente con el ITBIS (IVA) que va desde 18 al 10 %, salvo los básicos pan, insecticidas y algunas hortalizas; tomates, pepinos, arroz, etc. es decir todos aquellos de primera necesidad, a los que previamente y sin que nadie lo constate ya han pasado por la caja chica para no alterar los ánimos del personal que cada día se ve más angustiado por comer caliente con una mínima porción de pollo con arroz.

Sobre el vino y la cerveza, el alcohol ( el ron más asequible ) ( 18% ) lo que representa degustar esas bebidas como si se tratase de un día de fiesta, con precios tan desorbitados que podrían romper la botella. Y si hablamos del agua, que aunque en garrafones de 4 galones no resulta cara, la de la “llave” (cañeria) no es para boca, por lo que hay que recurrir sin excepción a la embotellada, algo que en un país caluroso como República Dominicana, resulta imprescindible tomar con frecuencia pagándola a precio de España, o lo que es decir más cara que la gasolina que sí es igual y en proporcionalidad más costosa todavía.

En lo que se refiere a la vestimenta, casí toda sale del mismo lugar y dominada por los importadores chinos, dándose casos de ver la misma prenda en un mercadillo barato para después observarlo expuesto en una tienda de moda iluminado con luces halógenas y con un precio multiplicado extraordinariamente, lo que hace que a muchas personas que caen en la tentadora oferta, especialmente las norteamericanas, se les irrite la piel al comprobar que han sido timadas en unas galerias de empaque y glamour, que pagan unos alquileres que presumiblemente les hagan cerrar en menos de un año.

Lamentablemente no hay inspectores de consumo, y si se da con mayor frecuencia la participación de un supervisor que vigila el trabajo de otros tres, no haciendo nada, salvo jugar o chatear con el celular e intentar enamorar a la amiga de su mujer. Y eso es una parte “imparcial” de lo que ocurre en Dominicana antes de que vuelva a arrasar el próximo huracán, sin demoler desgraciadamente la falta de interés de un pueblo que se deja llevar por una ambición desmesurada por conseguir lo que no es suyo, y por ser el último en llegar en adquirir una responsabilidad que falta le haría para sonreir más y mejor, desmitificando la idea de ser estadísticamente el más infeliz del área caribeña, incluso del mundo.

Y una sugerencia a la Dirección General de Seguridad y Tránsito Terrestre y a la AMET correspondiente. Hay que concienciar al conductor de sus carencias y mala educación para manejar vehículos a motor, insistiendo en que deje su revólver en la guantera para dirimir reclamaciones en su tránsito “callejero” por carretera, a la vez que deben prohibirse las luces de larga distancia para deslumbrar al que viene en sentido contrario, cosa que se hace con el argumento de que así se les ve mejor, y ni que decir de los pasos de cebra que son confundidos con un “disparo” al peatón. También de qué cuando hayan provocado un accidente con un auto en el que tiene rotulado en la luna trasera la leyenda : “ Dios es mi testigo, y él te bendice y te protege “, no debe esperar que el “altísimo” baje del cielo, le vea y auxilie al herido con un kit divino, o al ya fallecido que no tiene voz para los improperios, después de haber acelerado la marcha para no ser reconocido el pecador, que después se arrepentirá contándole a los amigos lo sucedido entre botellas de ron para olvidar el percance, jurándose que la próxima vez irá más “despacito”.


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