¿ Motín en las barricadas de la convivencia ?

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No hay cuidado, simplemente son llamadas inofensivas que seguramente ni se lean.

Hay pueblos en el mundo que han preferido inhibirse de claudicar a su naturaleza de estirpe salvaje y seguir su viaje nómada hacia ninguna parte en la selva cada vez más penetrante, unos por consciencia decidida para adaptarse a la evolución que les cautivará con abalorios tecnológicos, otros por mantener la cultura de la ignorancia para seguir viviendo ausentes y quizá porque no tengan más remedio, en este mundo repleto de incongruencias y mensajes poco legibles para conseguir que seamos felices en entornos ficticios y humillantes, dirigidos por desconocidos directores de marionetas que se aprovechan de nuestras carencias, sometiéndonos a una operación, tras el soporífero sueño mediático, en el que no sabremos darnos cuenta que hemos sido intervenidos con la inserción de ojos artificiales, ciegos y robotizados para escudriñarnos y leernos la mente, evitando que formemos bolsas activas y vivas de cédulas, refugiadas en las cavidades más insólitas de nuestros cerebros cansados, para ellos neuróticos, que se oponen a caducar en el sistema preconcebido, incluso algunas tan humildes que no necesitarán ser reivindicadas por nadie, como es la libertad que nunca disfrutaremos, aunque sí aparentemente.

Vivimos en un adormilado ambiente, alineados y amenazados, con prohibiciones tan frecuentes que al parecer no tienen límites, algo que a algunos nos asombran por no ser discutidas en los arrabales de la política oponente y disuasoria como cabría esperarse, y ni mucho menos combatidas en las trincheras de los argumentos más simples de la opinión pública que pudiesen derivar en una reacción en la cadena global para hacerlas desaparecer, y evitar así una cruenta y a la vez pacífica lucha, una aspiración que ya se cuidan las fuentes de solvencia tangible que reconducen a los medios de comunicación de masas, para que queden los imprevistos zanjados en el olvido del día de mañana.

Los desatinos de los ciudadanos que llegan al poder por los votos de los incontestables peregrinos que desean vivir tranquilos en lo que consideran su espacio infinito, son tantos que impedirán que las antorchas que iluminan el saber, prendidas con timidez y respeto de los arrepentidos con ideas, imaginación y empeño en hacerlas prevalecer, jamás servirán para mostrar el camino, pues en su corto y macabro recorrido no estarán ausentes los mutantes para ser apagadas por ellos con violencia, con la solidaridad de los recién salidos de las fábricas del desafecto etiquetado y la incredulidad comprada por encargo, del rechazo de todo aquello.. que no huela a podrido.

Estamos empezando a vivir en un corral y todavía no sabremos darnos cuenta que hay una barrera invisible entre los más influenciables brutos de lo abrupto y los más fuertes sin fuerza de una caducada inteligencia, que desiste de convencer y seguir resistiéndose a impedir que el problema que causan los virus de la mortandad por cerbatana y víctima elegida, serán sustituidos cuando el miedo decaiga a enfermar, morir y desaparecer, por una nueva generación de ansiolíticos y calmantes de suministro ingente que evitarán el despertar social y controlarán los movimientos de una sociedad que siempre ha estado prisionera en la granja global, que insemina con nutrientes de bipolaridad a sus integrantes, a los que les cuesta admitir que su sacrificio es cuestión de años, cuando así lo decidan los matarifes del imperio para equilibrar el globo terráqueo.

Los nuevos fármacos se elaborarán en los laboratorios de la manipulación y los puntuales exorcismos farmacéuticos de las grandes corporaciones, recetados por esa casta del poder máximo y supremo que ordena a los esbirros que manejan los hilos alocada y “localmente”, desde la distancia más elevada que pudiésemos imaginar, tan cercana que no la percibimos, para que ningún animal humano se les escape y en la soledad de su propio encierro piense como arrepentido.. que todavía puede hacer algo, que probablemente no hará porque la ocasión ya ha desaparecido y nunca más volverá a entusiasmar a nadie para rebelarse. Así es el destino, cautivo del pienso que nos dan para aliviar el apetito que engorda nuestras cobardías.


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