En el limbo de nuestra última frontera, que ya no admite más contradicciones naturales

Reflexión sobre el laberinto social que no encuentra la salida “revolucionaria” para la nueva filosofía que cambie una deforme estructura de la convivencia y su papel en el planeta, al dominar el efecto limbo mental dominado por la decadencia.

Mundo enfermo
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Un comentario que se postula al compás del “eructo” del día, del “ronquido” de la noche y el “grito apagado” de la madrugada, de una sociedad cada vez más despreocupada de sus responsabilidades, conformista con lo que sucede, amansada con casi todo lo mediático que recibe y supone comprender pero que no entiende nada. Un panorama muy soez cuando la ciudadanía emplea exabruptos que intentan ofender a quienes tienen el valor de ser diferentes, con dedicatorias de las que desconoce su definición, ni tan siquiera consultando el “wikipendia”, lo que haría entender que vamos por la estrechez del camino de la ignorancia, menos rutilante de los que creímos en un siglo repleto de contradicciones, y pocas intenciones para asimilar la racionalidad del pensamiento común y básico.

 

Esta es una opinión desgajada que aprovecha la oportunidad que le brinda el blog de solitarios invisibles, en su lanzamiento más espacial para lanzar un mensaje de alerta, silente en el sonido y amplísimo en el eco pretendido si es correspondido, en la que se lamenta por un planeta gravemente enfermo por la falta de interés de vivir dignamente el humano perdido y sin nombre en lo que llamamos mundo, dolorido y todavía vivo, sin demencia senil pronosticada, pero dispuesto a vengarse si no modificamos nuestro irreverente comportamiento, pagando, probablemente una irrisoria pena que se agrava y aumentará en sus drásticas consecuencias, por los ultrajes cometidos y las malolientes vomitadas a la que es sometido, sin tregua y en el mismo vertedero que hace años sepultó nuestra mirada y nos causó una auténtica ceguera.

Nuestro “globo” común, que no contempla la cultura y el refinamiento del intelecto, como un medio para entenderse más y mejor en solucionar sus problemas, obtiene como resultado de la inoperancia por el saber antes de hacer, el anuncio de que podemos estar en manos de un sistema político maniático, estúpido, engreído y demasiado complicado por su falta de diplomacia, tolerante, itinerante con quienes cometen delitos, especialmente de abusos de cualquier signo, corrupción por obtener recaudación propia de arcas públicas, o por no sanear y prevenir los desastres naturales a los que pronto nos veremos abocados por un cambio climático que ya no espera ser reparado, lo que nos convierte en “babuinos” saltarines, alineados por dirigentes de la ambigüedad dictatorial de una democracia que no es tal si en ella juegan personajes de pacotilla y ningún carisma, a los que en un mayo del 68 serían un hazmerreír, de los eternos vitoreados,  fracasados pero atrevidos, como Daniel Cohn-Bendit.

Los terribles augurios sobre los desequilibrios sociales, culturales y económicos en todos los países y ámbitos, en sus estamentos de control y sin excepción, se van produciendo provocando un alarmismo envasado al vacío, depositados en una caja de cartón con un código de barras caducado. Algunos avezados y osados economistas y “psicológos” de la sociología universal han pronosticado que poca esperanza hay en la operación sobre una catarsis generalizada, que “indemnice” y revitalice la mente, o paralice el infortunio de los más débiles. La desconfianza y el miedo a seguir perdiendo valores, no sólo el trabajo o lo poco del todo de un nada, que puede ser algo o el escaso eco que no escuchamos de una quimera que trae un viento desconocido, a todas luces inalcanzable y siempre incalculable, ha hecho que se extravíe o se oculte, como si de un juego de azar se tratase, la llave que abra el fundamento como ser plural y participativo de lo sucesivo sin estar maniatado con las manillas del temor, ignorando el elemento imprescindible del albedrio, que permite proteger la esperanza para defender las libertades sin la agonía de no haberlo hecho antes, ya sea por miedo o carencía de pudor.

Se hace necesario fortalecerse de un sentido común crítico y más contundente, relevante, expresivo y perseverante, respaldado por la razón compartida y toda la “agresividad” pacífica, vehemente en la densidad del diálogo audible y transparente, en aras de conseguir convencer a ese oculto, reducido y paralelo mundo invisible que atemorizado subyace callado, que limita con otros de su igual condición, que demandan más justicia y ser menos ciega en lo social, para que el reparto de la facultad de supervivencia deba ser más justo y equitativo, demostrándose que determinados bienes prescindibles han dejado de ser importantes y funcionales, incluso innecesarios y muy perjudiciales para la convivencia en este limbo compartido, si seguimos conformándonos con nuestra propia voluntad de saber lo que tenemos hoy y hemos perdido de antemano en el ayer más inmediato.

Vivimos y discurrimos la existencia entre madejas de itinerantes precauciones, mantras y mensajes en una botella, mesiánicos, mediáticos y megalíticos, que aluden a la bondad de la raza, a seguir manteniendo el orden mundial de la precariedad con la camisa de fuerza de la más absoluta necesidad, impuesta como defensa del ataque de las naves amorfas del misterio, que en cualquier instante pudieran aparecer en los confines de un desierto, seco y desaprovechado que siempre ha sido el espejismo de un falso edén, en el que existe una frontera con una muralla de acero y barro, a la que hemos llegado sin saber cómo escalarla para huir de las groseras influencias, muriéndonos poco a poco de una inanición mental exenta de interés por conocer de que fuente parte la cultura, la misma que hoy yace en el suelo húmedo, enmascarada en la impunidad de quienes supervisan nuestros movimientos, que nos paraliza por el caos que produce una supina culpabilidad y nuestro propio y advertido egocentrismo, impidiéndonos deslizarnos, en el caso de ser atrevidos, por la fisura que dejan unos materiales fortísimos de sinrazones y prejuicios, al ser mezclados y forjados por una experiencia y esfuerzo negativo no agotado todavía.. o sí, pero también muy frágil pudiera ser, si no intentamos convertirlos en un reto de fuerza y en una promesa de superación real y duradera, dando así el salto definitivo con la última pértiga escondida que habrá que buscar más allá, mucho más lejos de los paraísos que nos hemos fabricado artificialmente, en la subrealidad en la que lentamente nos hemos voluntariamente introducido.

Nada ni nadie puede prohibirnos cruzar a la otra parcela que esconde al destino, en la que puede existir otro camino del racional pensamiento puro y libre como el viento, que debe nuevamente sembrarse si todavía estamos a tiempo, y en el que sin duda pueden surgir peligros, perversiones y trampas, incluso una ciénaga de la que no podamos salir, pero que nunca nos debe de inhibir para seguir intentando serpentear y abrir paso para ver la luz de salida de nuestro propio laberinto.

No todo esta perdido en este ignoto campo, si sorteamos los impedimentos seguro que nos permitirá, incluso con la poca entereza que nos queda, localizar el éxodo inventado a lo desconocido, sin remitirnos a ninguna parte, como viene siendo ahora habitual, en un corredor de pasos perdidos que van y vuelven explorando una selva de más de 7500 millones de insaciables devoradores, sin saber cuánto tiempo durará el período que nos queda para hacer patente la caducidad de una Tierra devastada por la escasa o nula solidaridad, educada en la intolerancia aplastante, que se acuna entre las “sabanas” frondosas y sucias de la incultura, por desconocimiento de aquellos mensajeros oficiales a los que les ha preocupado muy poco lo que la ubre de la vida podría regalarles, sin pagar el respeto del impuesto que merece justificarse en la factura y el abono de la reciprocidad mal entendida y escasamente compartida, por aquellos que no se implican en estudiar la gran fractura de la que adolece y sufre nuestro envidiable mundo y tan poco socorrido, que languidece, al igual que nuestra mente en la última frontera.

No se entienda este texto como el prológo de un desconocido miedo, leáse con timidez evitando el efecto contagio, no vaya a resultar que estemos haciendo proselitismo para comenzar una útima “revolución” olvidada, y nos metan en la jaula de las finas rejas y cerraduras electrificadas, que provoque el borrado prematuro que queremos almacenar en el nido de nuestro escrupuloso sentido.


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