No existe libertad ni supuesta misericordia, mientras la libertad se halle muy cerca de una cadena y un grillete, aunque parezca oxidado

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La vergüenza de la sociedad pudiente no tiene límites, máxime cuando la comunidad internacional se despide de cualquier apuesta por la participación directa para detener los excesos de un gobierno corrupto que lo único que hace, además de aprovecharse de la ignorancia, la fragilidad y el desaliento del pueblo, es atesorar todo lo que puede y sin dejar testigos y cabos sueltos, de ahí las matanzas indiscriminadas a fuego de no se sabe bien quién, o los ciertos impactos con mirada telescópica de francotiradores encubiertos, mimetizados en edificios a punto de derrumbarse, escombros y la distracción de humos y fuegos de neumáticos a todas horas.

Nos estamos refiriendo a Haití, en donde todos los días se dan muestras angustiosas de unas gentes que no pueden huir de la muerte, el hambre, la miseria más espantosa, y ni siquiera ya trasladarse para trabajar a la tierra vecina que comparte en su conjunto como la rica isla caribeña llamada La Hispaniola, en donde ya se produce una desaceleración de la economía por la destrucción de empleo en la construcción, principalmente hoteles y apartamentos en incompletos residenciales, la agricultura, la ganadería y la joya de la corona de la República Dominicana, refiriéndonos al turismo que no sobrepasa de ninguna estadística favorable los 6 millones de visitantes, con pasaportes que los distinguen de los muchos autóctonos que viven y trabajan fuera del país.

Haití está ardiendo, y los políticos se mofan de las manifestaciones y de los dirigentes que las encabezan, de los que muchos se compran a modo de subasta para seguir echando la escasa gasolina de la que disponen para darle un respiro a la esperanza, que bien pudiera utilizarse para el transporte de las ambulancias o viejos generadores para alumbrar las noches de insomnio de los muchos preocupados que siguen en alerta para no verse sorprendidos por facciones rivales y bandas de maleantes, que no tienen ningún respeto a la vida y las edades de sus víctimas.

Haití es un país fallido y ya no cabe ninguna duda que está sólo y desnutrido de valores para seguir aguantando pacíficamente lo que se les niega, la paz y que haya alguien con carisma que remedie y ponga fin a una situación insostenible, y lo más preocupante, que no se vea el líder propuesto y conocido envuelto en una trampa y abatido al día siguiente por una ráfaga de disparos, propulsados por gatillos pagados por la promesa de lucir un galón de mando en un uniforme invisible.

Haití no puede más y Naciones Unidas deja de amparar lo poco de muchos y lo mucho de unos pocos, lo cuál quiere decirse que a partir del 12 de Octubre, en Haití se puede producir un desbordamiento violento y un río de sangre que yacerá en el fondo del anonimato de las venganzas y la putrefacción armada de quienes no respetan ni nunca lo harán a propios y extraños, lo que exige ahora más que nunca una intervención de la Justicia haitiana para desenmascarar y poner a buen recaudo a quienes están envileciendo, repartiendo y sorteándose los recursos económicos y explotaciones industriales necesarias para la alimentación, el transporte, la sanidad y la educación, creyendo que otra vez, en un craso error indomable y repetido, para agarrar cuanto se pueda cuando Jovenel Moïse, Presidente de un Haití con una bandera desgarrada, salga del poder en el último avión de sus oportunidades, después de haberse aferrado a las carteras llenas de millones de dólares que han salido de PetroCaribe, el expolio de las ayudas y subvenciones descontroladas y de un erario público que únicamente contiene telarañas.

Proverbios 14:6, “porque con ingenio harás la guerra y en la multitud de consejos está la victoria” 11:14, no muy distinto, “donde no hay buen consejo el pueblo cae, pero en la abundancia de consejos está la victoria”.

El consejo de un viejo guerrero, sumido en la tarea de las conspiraciones, aconsejaría no perder más el tiempo y llamar a la contienda y a la rebelión civil y solidaria, ya sea con la palabra de las verdades que duelen o con las armas que las defienden, cuando ya no queda más diálogo que el silbido mortífero del miedo en los oídos de los sinvergüenzas, unos impresentables que utilizan sus contactos en las embajadas para obtener visados en sus pasaportes en las cancillerías más renombradas, y lo peor es que los consiguen y maldita sea la gracia.

Haití requiere de ayuda humanitaria, de menos consejos si no son desgraciadamente los bélicos para defenderse de esas enormes ratas llamadas personas y tienen nombres, emitiendo “airadamente” para que el mundo la escuche, una consigna que muy bien se aprende a través de la historia.. “no existe libertad ni supuesta misericordia, mientras la libertad se halle muy cerca de una cadena y un grillete, aunque parezca oxidado “.

La Liga Haitiana Internacional (LIHAITI), única organización que lucha por hacer prevalecer el orgullo de una raza y una cultura en decadencia por la sutil connivencia de otros protagonistas esclavistas cercanos y presuntuosos a los intereses de Haití, deberían emprender una acción más categórica y elogiosa en su crítica para sin cortapisas abordar un problema de mayúsculas consecuencias, en el que por un experimento psicológico para comprobar hasta donde puede llegar la resistencia de familias descarnadas, separadas y sometidas, todavía vivas.. o ya no tanto, tratándose el tema para mayor descaro consentido la desidia de la ONU, como un cómplice necesario o convidado de piedra que al parecer tampoco sirve para nada, en el que ni la burocracia legal asume su papel de interpelar y acusar a los mandatarios que evidencian una mala fe y malsana observancia de sus responsabilidades insatisfechas y censurables actos, además de lesa en instancia oficial como atentando al Derecho Internacional Público.

La organización mundial que vela por la integridad del mundo, la citada anteriormente, se inhibe de su necesaria e imprescindible intervención para de una vez por todas hacer que predomine la coherencia para lograr que en una pequeña porción del mundo, exista por lo menos la ilusión por recuperar las primeras sonrisas de los niños.. para que no crean que viven en un infierno llamado Haití.


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