NO MÁS DEMOSTRACIONES CON LA ETIQUETA DE IMPUNIDAD ILLUMINATI, POR FAVOR

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La reflexión anacrónica de la que tira la teoría de las finas cuerdas que todavía atan al mundo.

Algún listo, sabiondo, defensor de las libertades, cid campeador de pacotilla de los vulnerables, no sabría decirnos la diferencia que hay entre un miembro destacado de la mafiosa familia de Vito Corleone con respecto a ese clan de políticos que gobiernan con palabrería hueca, mucho desatino, necedad y más cara dura que lo que pueda contener una hormigonera, aunque afortunadamente muchos los hay con un perfil distinto con el que gracias a ellos todavía existe una razón para pensar que no todo esta perdido, por el mismo interés plausible que ellos han decidido conservar la coherencia y el respeto por si mismos. No hay ninguna, salvo el código de honor basado en la omertá, que a todas luces incumplen unos imbéciles que creen ser los elegidos por un pueblo ignorante y siguen hablando demasiado con el mismo guion e incansablemente de lo que nunca harán, salvo echarse sus propios excrementos unos a otros, además del apoyo de sus familiares y más allegados que esperan siempre insatisfechos, que una vez en el púlpito de los privilegios les echarán una mano para prosperar y, así recibir el pago por hincar una rodilla frente a la urna acostumbrada que les permitirá su inutilidad.

– “Intenta pensar siempre como piensan los que te rodeen, con esa base todo es posible”.

El mundo no tiene un problema llamado Covid-19, en realidad es un horripilante dilema con esos creídos dioses que gozan de inmunidad para cercenar a una población que recibe pensiones, prestaciones por desempleo, desamparo social, no gasta y encima es considerado por las altas instancias como una desechable humanidad que impide el futuro. El “quid” de la cuestión no es una simulada pandemia, el “kit” es una herramienta de demolición social, vertiendo miedo, preocupación, ansiedad y un síntoma de demencia que llega a no saber donde está la mano derecha o la izquierda, para encender el botón del análisis mental propio y el que llega a tomar las armas de la coherencia y la guillotina real de la sublevación.

Demonizar a quienes no sucumben a las campañas de acoso y derribo por su “insolidaridad” al rechazar mascarillas y bozales, la esterilización per se, y así a la vez también evitar la muerte prematura de aquellos que después de inocularse una indescifrable vacuna, víctimas a la vez de patologías que son fuertemente incrementadas por el anacronismo farmacéutico de unas nuevas proteínas que pueden hasta con “superMAN”, se ceban sin remisión y con todo su potencial de dioses-demonios en causar más daño que bien, y esa si es una enfermedad que desgraciadamente no curaría ni los sabios psicoanalistas célebres de Freud, Jung, Paulov y Piaget, además del finado psicólogo-psiquiatra, que hoy buena falta haría, refiriéndonos al célebre y poco correspondido Juan Antonio Portuondo, del que lamento por imperativo profesional, no haberle dedicado cuando estaba todavía en activo un agradecimiento por recibir sus lecciones magistrales que no acabaron en título, que sin duda en situaciones límites crearon reacciones a la vez difíciles que me salvaron la vida, que hoy me permiten rendirle un justo homenaje, aunque no sea trascendente pero que personalmente me tranquiliza cuando en grupo creíamos que la reencarnación puede ser viable, aunque no lejos de pasar previamente mediante el abono de una factura divina.

Juan Antonio Portuondo, en situaciones como la que estamos transcurriendo globalmente, estoy seguro que sugeriría que en vez de una prueba PCR mejor sería una consulta realizando un batería de preguntas seguida de un examen “Rorschach” que bien diagnosticaría la naturaleza de la maquinación que se sufre por otros seres infestos y malolientes, por el hedor cirroso que desprenden motivado por la presunción de poder que obtienen, gracias a la mezquindad de sus sirvientes creados por una política bastarda que nada tiene que ver con los intereses del pueblo que dicen representar, a la vez que maltratan, que bien podría revertirse si se aplicase la teoría de las cuerdas, concretamente las del matemático alemán Kaluza, un probable miembro ambigrama “ Illuminati “ de los que proponía que nuestro universo podría tener más de las tres dimensiones admitidas, de la que con mucha imaginación y en mi modestia yo añadiría sería una maroma invisible de la que tiran los mediocres y pusilánimes, arrastrándonos a ese apocalipsis virtual que es lo que está convirtiendo al mundo en un estéril ente que desprecian hasta los visitantes de otros planetas, huyendo de tanta falta de cordura e idiotez, que esa si es contagiosa, lo que nos exigiría dar un corte al nudo gordiano y dejar que pase un nuevo sentimiento, aunque sea humano y repleto de esperanza para quienes soportan tanto de todo, que no es poco y si desaliento, que es mucho, máxime cuando los demonios se han disfrazado de ángeles sanitarios que velan por una seguridad que no vale nada.


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