Otro virus difícil de erradicar que no se tiene en cuenta

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Además del “coronavirus”, existe otra epidemia insertada permanente en el tejido humano de un Haití desesperado.

En la brevedad del considerado estado fallido, que a todas luces lo es Haití, se debe principalmente este reducido análisis como base fundamentada de hacer patente nuestro repudio sobre una situación lamentable y agónica, provocada premeditadamente y mantenida a través de los años con rutina indiferencia de todos cuantos han hurgado en el problema, refiriéndonos muy especialmente a la ingeniosa presión de la clase dominante y reinante por mantener un analfabetismo del 58 % en la población, a la que se conciencia sin pudor y carencia de escrúpulos, torturándola incansablemente, induciéndola a aceptar su propia marginación y temor a aceptar sus carencias culturales con resignación evangélica de tocar palmas y cantar al ritmo de lo que sea como un obligado entretenimiento, so pena de recibir severas represalias sociales, diferenciadas entre si por escasos milímetros de dureza con respecto a la vulnerabilidad de los ciudadanos, constatándose que además del hecho de una ausencia manifiesta o de la mediocridad de la educación que serviría para responder de alguna manera legible y conciliadora, nada se ha hecho a través de Naciones Unidas, cuando tuvo ocasión de intervenir in situ y así desmantelar por la fuerza, la ferocidad de las bandas armadas que asolan y controlan áreas extensas del territorio haitiano, sin menospreciar el efecto de apropiación constante de unas facciones consideradas de clase privilegiada protegida por esbirros de medio pelo y muy mala sangre, que se hacen con los recursos naturales para su provecho y mayor escarnio de quienes los necesitan para seguir falseando y esquivando el hambre.

Salvo contadas excepciones no existe calidad de vida bajo ningún aspecto en Haití, careciendo de los servicios domésticos más básicos e imprescindibles como sería una vivienda digna partiendo del más humilde cobijo para familias amedrentadas y cabizbajas, produciéndose un agravamiento de la salud por la falta de costosos medicamentos que atajen una cura o dolencia de simple atención ambulatoria, adoleciendo de una enseñanza invisible que se circunscribe al entorno convertido en leyenda urbana de pedir primero antes de apropiarse ilegalmente o sencillamente engullir lo que se tenga ocasión de acaparar, pues a lo mejor al día siguiente no se puede aprovechar la oportunidad, y ni que decir tiene que las infraestructuras son inexistentes, y las que había sufren tal falta de mantenimiento que pueden ser un peligro para quien las utilice, asegurándose preservar una cierta cautela, que aun así puede surgir cualquier sorpresa durante el recorrido por una carretera convertida en un camino intransitable, si se tiene ocasión de circular y llegar ileso a su destino, evitando ser tiroteado o secuestrado.

Definitivamente el imperio de la Ley está en manos de un atajo de incompetentes, corruptos y capos de la extorsión que en connivencia con la policía siguen apropiándose de las migajas que deja la miseria de un pueblo que difícilmente puede salir adelante, si no hay una “epidemia” de salubridad necesaria y mortífera que termine con esos sabuesos rabiosos que andan por manadas con licencia para saquearlo todo, matar, violar o quedarse por la fuerza con todo lo que les apetezca.

Los oportunistas se enriquecen en una proporción desigual de los que ostentan los monopolios, y el aparato burocrático del Estado registra departamentos hasta quintuplicados, pues quienes entran en los nuevos gobiernos conservan al personal del anterior y ubican a los suyos como si un refuerzo colaborador se tratase, lo que podría entenderse como un pacto entre maleantes a los que hay que seguir manteniendo su fidelidad de alguna manera que empieza por premiarse con la patente de corso de lo que puedan escarbar y apoderarse.

La única solución de Haití es el barrido a sangre y fuego de esa chusma incapaz de adquirir un sentido patriótico del respeto y la sana convivencia, para defender y recuperar unos valores, que hay que decir nunca fueron tradicionales, ignorados y vapuleados si los hubiese, que ni tan siquiera la palabra indecencia pudiera expresarlos por no conservar la autenticidad de comprensión del ser humano como tal, lo que obligaría a quienes tuviesen capacidad de transformar a una sociedad enferma de envidia por el prójimo, maldad perpetua para proteger su alijo carroñero, a adoptar medidas extremas de limpieza con un alto calibre a partir del 7.62, aplicado a ese personal sobrante y maléfico que se inclina todos los días a perjudicar a los más inocentes y vulnerables, considerándoles una de las peores epidemias de transgresión inútil para recuperar de sus propias cenizas la paz y la oportunidad de conocer la esperanza, que dejarían al coronavirus de marras como una simple alergia de primavera, si lo comparamos con lo que no podemos seguimos relatando por no seguir sofocándonos de impotencia, sobre un país que además de pobre, inculto y humillado, está en manos de los discípulos del diablo fuertemente armados que bien merecen ser castigados por esos otros miserables del destino, que desde sus sillones y hemiciclos siguen mirando a otro lado en busca de soluciones para seguir manteniéndose en sus puestos de mando, dejando que Haití arda en el infierno de la inexistencia.

Afortunadamente en el exilio hay personas valientes, con vergüenza que rechaza la opresión en la que malviven sus compatriotas, con estudios y principios, a los que les duele esa dejadez institucional que atenta contra todo lo que se mueve con un alzado machete, que no están dispuestos a ser partícipes de esa idea de que cualquier haitiano es un ser a extinguir en el olvido, dejando que muera de infertilidad o terror mental, o se esclavice de una inanición de atrevimiento necesario por no saber cómo salir adelante, cuando hay maneras y formas de crear un vínculo de unión para fomentar la idea de que la fuerza se hace necesaria y obligada y debe estar presente, si se aviva la llama para cambiar y mejorar esa tercera parte de una isla que ocupa un Haití que existe, vive y vivirá.


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