Películas y políticas..

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hasta el último hombre “, ni siquiera en coalición sirven para nada

Viendo la película “Hasta el último hombre” dirigida por el incorregible amañador del belicismo a ultranza, es decir Mad Max vs Mel Gibson, estrenada en 2016 bajo el título original de Hacksaw Ridge (cresta de la sierra), a ningún ser humano con conciencia de ciudadano se le ocurriría hoy día empeñarse en jugarse las habichuelas o dar la costosa vida por la insensatez de un puñado de políticos de toda clase : soberbios, perdona delitos, corruptos, estúpidos, escurridizos, encantadores de serpientes y otras chusmas, beligerantes de mensaje parafraseado desde el atril de la protección aforada que por lo penal pueden tardar décadas en juzgarlos, a los que les importa un bledo que la muerte campe por sus respetos, mientras ellos se disputan el botín en su búnker de granito y mármol, amortajándose falsamente con la ironía que les envuelve entre una bandera de colores, haciendo oídos sordos a un himno patrio, que debería servir para despertarles a bombo y platillo de sus ensoñaciones.

El largo film de 131 minutos de duración, narra la historia real de Desmond Doss, primer objetor de conciencia en la historia militar durante la II Guerra Mundial que recibiría, afortunadamente no a título póstumo, la medalla de honor del Congreso, después de los muchos heroicos actos como asistente médico en la batalla de Okinawa, en la que sin descanso y poniendo a riesgo su persona, consiguió salvar a un gran número de heridos dados ya por abandonados en una casi inconquistable cima.

Con un gran despliegue de medios, efectos especiales y derroche de peones con todo tipo de armas y mucha sangre de tomate, hemos sido testigos de una visión dantesca de lo que por entonces se consideraría celuloide cinematográfico. Las escenas discurren con rápida “moviola” entre una contienda “gore” y motivadora con impresionantes pantallazos en los que se reproducen una y otra vez la salvajada de ascender a un muro vertical, natural y accesible por una malla trenzada de cuerdas, para destrozarse entre el encuentro brutal de los enemigos a tiro limpio, a cuerpo a cuerpo, a explosiones por ambos lados, balazos y ballonetazos, sin olvidar el grave detrimento psíquico de los supervivientes, tanto americanos, ingleses y japoneses que padecieron durante 82 largos días la locura desencadenada por razones que ahora difícilmente llegarían a entenderse y que dudamos volviese a resurgir de las cenizas del olvido, pues el único y estridente recurso que queda en este siglo XXI, son las protestas tertulianas y las cada vez más numerosas algaradas sociales en las grandes ciudades de todo el mundo, con el montaje de barricadas, fuego de contenedores, neumáticos y algunos fallecidos por accidente, el exceso de celo y la tontuna de los manifestantes en servirse, además de sus proclamas aprendidas en escuelas “madrazas”, utilizando tirachinas en vez de morteros, arcos y flechas que no metralletas, botellas inflamables sin ser lanzallamas, adoquines sin espoletas de granadas de mano, mucho humo, cohetes de fiesta mayor, lacrimógenos contenidos en envases de aluminio, escudos de madera y metacrilato, “kevlar” pulpa de aramida en los uniformes de la policía y porras a destajo, además de algún botijo rodante para crear un ambiente acuífero contenido en un depósito y no letal que a presión pretendería dar homenaje a lo que fue mayo del 68, cita de las revueltas en el siglo pasado.

Salvo los muy desesperados, portadores de ansiolíticos, deprimidos y desgastados por no tener trabajo, jóvenes “zombis” aleccionados, asesinos en serie domesticados y paralizados por el miedo, miembros de grupos extremos de cualquier ideología, enfermizos de las batallitas virtuales y algún que otro hijo de la gran chingada, nadie volvería a participar en un conflicto de masacres que de forma tan realista ha plasmado el actor, productor y director australiano-estadounidense, nacionalizado finalmente irlandés, recordando también su éxito Braveheart, y sin olvidar por asomo a temer que pueda pegarnos un tiro o un sablazo, su mayúscula interpretación con mucha víscera vertida en “Cuando éramos soldados”.

Como recordatorio para cualquier político desmemoriado, mejor ver una “pelí” que proponer peligrosos movimientos por secundar las ínfulas y otros “mecenas” de la geopolítica, embadurnados de tinte terrorífico empresarial, pues es bien sabido que no hay argumento real de por medio, como siempre ha ocurrido, y que dicho controvertido y convertido ya en el mandatario de turno, pudiese llegar a pensar que alguien de la masa populista se prestase a dar su cara, sus extremidades, su último aliento, y que mejor ocasión ésta de entretenerse con el corazón renovado viendo “Hasta el último hombre”, para llegar a la tremenda conclusión que ninguna “Okinawa” podría suscitarse en la actualidad en el panorama atmosférico de confrontación con mortandad a lo bestia incluida, que no fuese con la participación ordinaria de monstruos del tipo Godzilla.

Casi 75 años nos separan de aquellos penosos abril, mayo y junio de 1945, cuyo enfrentamiento originó tomar la decisión de evitar más victimas mortales por conciencia torera imaginamos, de lanzar sendas bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, poniendo así fin a una holocausto sin religión que no fuese el insultar y denunciar aún hoy, a tan macabra y determinante resolución que al globo terráqueo tiene secuestrado por la amenaza de los misiles de corto, medio y largo alcance que tienen muchos países almacenados.

Para darse una idea del atentado al respeto humano, Estados Unidos sufrió 20.195 muertos en esa cruenta confrontación en una isla no demasiado extensa del Pacífico, 55.152 heridos y más de 26.000 tocados del ala mental, pasando los japoneses a más de 77.166 muertos y otros 140.000 civiles, entre mujeres, niños y ancianos, todos ellos habitantes de Okinawa y las islas circundantes Ryûkyû, aunque un gran número se debió al suicidio colectivo y fusilamientos forzados por desacatar el “harakiri” sugerido por la necedad del emperador Hiroito, lo que sin duda y en réplica a esa histeria desproporcionada, hoy los turistas “nipones” se hacen fotos digitales en la Sagrada Familia de Barcelona con amplía sonrisa, recordando que en el pasado fueron súbditos del antiguo imperio del sol naciente, para seguir su itinerario viajero comprobando que no todas las cimas terrestres han caído todavía, ni siquiera la plana que soporta la torre de Pisa, aunque eso viene a cuento sobre la independencia y el separatismo catalán que en Tokio y en Washington lo entienden como una muestra de poca inteligencia y excesiva tolerancia de un gobierno democrático, que presume de una temeridad acomplejada por si se cae del palo del gallinero, cuando lo principal sería respaldar una consolidada autonomía por ejemplo, y ya de paso evitar los múltiples robos en la Ciudad Condal, dilucidando con rotundidad que no merece la caída de un solo pelo moribundo del cabello de nadie, si ello conlleva contraer la inmediata alopecia como pandemia.. o la muerte de un ruiseñor, por cuatro cobardes que jamás dieron un palo al agua.. y mucho menos remando en el estanque dorado de la reflexión y el diálogo poco torticero y claro, hasta cansarse o tener la oportunidad de ver con vergüenza “Hasta el último hombre”.. en sus mazmorras llamadas instituciones públicas.


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