Políticos distintos, hombres decididos y entusiastas con su responsabilidad y trabajo.

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Al filo de lo posible de unos políticos, centro americano uno, caribeño el otro, que bajo un prisma justo deberían estar por encima de los muchos pusilánimes que pululan en Europa.

Desde esta ventana de una visión global desternillante, cuando menos cómica de lo que sucede en el mundo, observamos que hay países con gobernantes recién elegidos que se toman muy en serio su papel de responsables con el marchamo de seriedad y energía demostrable a todas luces hasta el momento.

Por poner dos ejemplos diremos que el joven presidente de El Salvador, Nayib Armando Bukele Ortez de 40 años de edad, empresario de éxito, político para asumir el rol de alcalde elegido en 2012 de Nuevo Cuscatlán, posteriormente de San Salvador en 2015 y en las elecciones generales de 2019 con la obtención del máximo galardón para aceptar ser el  máximo mandatario de un país de América central con 6.500.000 habitantes, gracias a su inteligente adhesión a la Gran Alianza por la Unidad Nacional, cuando en su contienda municipal defendía el liderazgo del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, consiguiendo así una mayoría absoluta en torno al 53,10 % del escrutinio, paralizando la opinión contradictoria de que por ser de izquierdas, su función principal no está reñida con facilitar al pueblo una vida mejor dentro de un concepto de modernidad, mientras se combate con dureza al mismo tiempo la violencia y la corrupción, hasta el punto de crear una Comisión Internacional contra la Impunidad, lo que le condujo sin que le temblase el pulso a expulsar a la diplomacia venezolana, que había instalado su ideología de comercio anónimo e indefinido en El Salvador como lanzadera encubierta exportadora de un producto incalificable, pensando quizás que Bukele miraría a otro lado por aquello del “compañerismo” mal entendido y fracasado.

Bukele tiene la santa intención de extinguir un comportamiento violento y exportable, cuando en 1970 a 1990 se importó desde USA, a través de las mal llamativas “mara”, especialmente La Salvatrucha y MS-13 que en más 60.000 “ejemplares” tatuados hasta en el ombligo, intentan por todo los medios atemorizarle, razón por la que ha empleado una persecución implacable contra lo que considera una lacra social que nunca se implantará mientras se emplee a fondo en proteger a El Salvador de ese ejército insaciable.

Bukele sabe lo que hace, al igual que sucede con Abinader, Luis Rodolfo Abinader Corona, de 53 años y medio, presidente electo en las últimas elecciones de julio 2020, alcanzando el 52,52 % de la confianza electoral que aupó las expectativas dominantes en los comicios, apostando por el PRM (Partido Revolucionario Moderno), alcanzado una cuota muy similar a la conseguida por Bukele, lo que representa sin duda que a las masas se las gana dentro de una prospección mercadológica que sabe entender una ideario programático que se siembra en confianza y promete un cambio a recoger en un espacio idóneo como una excelente cosecha de buenas intenciones, y a la vez una esperanza de ver transformado su país, libre de corruptelas y burocracias en donde la eternidad por resolver, mantenía un renglón de ineficacia intraspasable.

Luis Abinader es además de político, un empresario con un patrimonio de algo más 75 millones de dólares, que jamás ha cometido imprudencia ni derroche, alcanzando nota sobresaliente de ser reconocido como un economista de prestigio que analiza, consulta y pulsa el botón de la acción dinamizadora, al que no le podrán sacar los colores por haber buscado influencias y dejarse convencer de estar al lado de los “quebrados”, hoy perseguidos antagónicos del sistema, a los que les propone devolver lo “incautado” y después resolver sus pecados frente a la Justicia de una República Dominicana que basa sus actuaciones en la transparencia y el dejarse de abrazos hipócritas, por hacer fruto envenenado con la etiqueta de “negligente”, y persuasivo a cambio de favores que no se pueden manifestar, por pudor en la ética que fue suplantada por un período trastocado, insensible y díscolo, que inundó de escepticismo una sociedad incrédula de ver que los cambios prometidos eran siempre olvidados, hasta que ha llegado Abinader para corregir ese desfase anacrónico, a pesar de encontrarse las cajas vacías, las deudas y los ratones colorados que se han llevado las llaves y el libro de cuentas.

Abinader dirige una isla caribeña prometedora en cualquier plano económico y bajo la bandera de República Dominicana, una población de unos 10.700.000 ciudadanos, residentes extranjeros aparte, en una extensión compartida con la de menos superficie, conocida como la rescatada, fallida, irrecuperable y trémula República de Haití, lo que ha hecho que el presidente dominicano, aclarase con una firme rotundidad, que su gobierno impulsará colaboración pero nunca se podrá convertir en el eterno enfermero de una política insegura para un pueblo demacrado, que piensa en su vecino como el obligado “dominico” que le tiene que atender, reclamándole soluciones que el pueblo haitiano es incapaz de exigir en su demarcación, creando una postura débil e intransigente que se traduce en una especie de “fata morgana” fantasmagórico deliberado como un espejismo, algo que Abinader no consentirá y muchísimo menos cuando la presión, probablemente inducida, quiera hacer reventar la moderación, comprensión y una paciencia poco agradecida por el vecino, que no puede tener serpientes en su jardín e intentar llevarlas al ajeno.

Bukele y Abinader son dos presidentes que marcan un antes y un después en la defensa de los intereses patrios, algo que en Europa se debería con humildad tratar de reflexionar, sencillamente para no caer en el error de presumir tanto cuando hay lecciones que aprender por parte de otros políticos, que hablan menos y se dejan de sandeces y hacen más de lo que dicen.      


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