¿ Qué será de mí ? – 2 / 3 parte segunda –

Comparte este artículo

Las estrías en el rostro que no ven los espejos rotos

“Ella” no piensa, no tiene sueños y es pobre de todo por no poseer ni tan siquiera la libertad de respirar el aire que exhala, habitando el presente reducido en un cuchitril oscuro, iluminado por un único bombillo al que está enganchado quien se lo ha rentado, sin saber ninguno de los dos de dónde sacará el mes que viene los “cuartos” para atender el pago. Y la tristeza la consume, se encoge por las dudas y otras deudas, en no obtener todavía alivio y el remedio a la impotencia que la persigue y constantemente se manifiesta.

“Ella” espera que cada segundo pase muy rápido para adelantarse al minuto, y así sentir sin más las horas que contar y lo que dura la pretensión de sufrir una penuria incierta, en la que los eslabones de la precariedad son una constante inmerecida, para darnos cuenta los demás humanos agraciados lo mal repartido que esta el mundo.

“Ella” se mira en el espejo estriado de vez en cuando para reconocerse si es la misma, aunque su fisonomía es africana y prieta, es decir, negra como el azabache, oscura como una piedra semipreciosa que intenta ocultarse en la noche y así pasar desapercibida, lo que no evitará tampoco seguir siendo una repudiada a la que le niegan una identidad propia, dejándola en el laberinto arrinconado de l@s sin nombre, que los hay y contados son demasiados. Y a fe mía, que debería interrumpirse esta secuencia ingrata por quienes tienen el poder de darle la vuelta a una situación tan comprometida e incierta, pues salvajes ni animales devoradores no son y no dañan tampoco a nadie, sencillamente son de origen haitiano y apostillan hijos de un dios, al parecer menor que todavía no hace milagros para resolver un anatema. Y quienes hayan hecho algún mal inaceptable a prisión con ellos, terminan así recitando cualquier conversación, cantico o sermón para no sentirse culpables de lo que no han hecho ni harán nunca, transgredir al que tiene la llave de la puerta. 

La mujer que abre los párrafos de esta historia es haitiana, nacida en República Dominicana y no reconocida legalmente en ninguna parte. Tiene una niña de 5 años y ella cumplió 27, otorgándose a una tradición ancestral, tribal y siempre recurrente como fue desposarse por el arte birlibirloque y sentirse supuestamente segura y al mismo tiempo engañada en el breve intervalo de una acción consumida en lo festivo, apareciendo después el carácter ignoto e indómito del insolente varón, trasnochado, litigante, envalentonado siempre que le acompañe el alcohol, entre cuatro paredes compuestas de bloques sucios y grises llamado eufemísticamente hogar.

“Ella” por un énfasis cultural curtido en la costumbre era llamada a tener cuanto antes descendientes para equivocadamente pensar que una vez vieja, como les gusta hacerse llamar, sería atendida por sus vástagos, cosa totalmente incierta al darse cuenta de la verdad emborronada, que le obligará a partir de entonces a mantenerse en un sueño profundo, arropado por la angustia para seguir durmiendo la pesadilla a cualquier hora, durante toda su existencia y así paliar la crudeza de las mínimas carencias, a partir de la huida de quien presumía y juraba que no le faltaría nunca nada.

“Ella” ya no tiene sensaciones emocionales, ni por rescatar de su memoria algún capricho, ni recuerda las caricias inacabadas que pudiera retener una soledad frustrada, acrecentada en muchos casos al pasar hambre “ella” para darle lo poco sobrante de ayer a su hija, percatándose para tener siempre presente y como un hecho natural, que el mágico caballero sin escudo, caballo y espada, todo de cartón piedra que las abandonó, no reconoce ninguna obediencia ni culpa alguna y ni pide perdón.

Ese irresponsable fecundador al que arriba nos hemos referido en un punto y aparte para evadirnos de su hedor, huyó hace ya mucho, poco después de dar a luz la niña, dejando a la madre con todo el peso de una trastienda de nerviosismo crítico y una incipiente demencia, que sigue impidiéndole abrir cualquier puerta de la cordura o una inmadura coherencia, que lejos de ser tratada por cualquier interventor o aprendiz de brujo de los consejos absurdos en lo bueno y en la vaguedad lo malo, dejó de ser compartida por el esbirro fantasmagórico que se presenta en la memoria de vez en cuando, como un testigo cobarde e “invisible” de una vida en tránsito, sirviéndole a la conciencia de la mujer maltratada para no volver a repetir tan deshonrosa experiencia, ni por asomo.

La estirpe de mujeres que tratamos de dibujar no se enternece ni se amilana, y se alía con energía contra el miedo que se instala en sus huecas vidas. Se han hecho valientes y decididas, conscientes de que sufren en sus propias carnes el desapego, incluso el de sus propias sombras, al comprobar el trallazo que hace estallar sonoramente el látigo del desasosiego, que es incapaz de cicatrizar las heridas de todo el ambiente drástico y deprimente que las rodea.

No son pocas las que se ven desarropadas y cómo se oponen desesperadas ante la quiebra de  un futuro incierto, cruel, despiadado y tenebroso para recorrerlo solas por muchos vericuetos, y sin esa extrañeza que nunca se descubrirá tal cuál es y que no reparará en sentimientos ni recuerdos, transformados ya en escombros mentales de lo que fue una efímera compañía de hombres fatuos, que no todos lo son afortunadamente, que pronto dejarían de ser sinceros, ahogados voluntariamente en su propias vómitos, miserias y mentiras, prometiéndoles amor eterno, dejando la huella cicatera de un aficionado a ser padre primerizo y vocación de amante ignorante, empezando por crear una familia de ficción, con la infamia de romper un compromiso a la mínima para emparejarse con otra víctima sin dilación y en otro cercano pueblo, estableciendo una incómoda percepción o intuición de adoptar el papel otra fémina vespertina, a sabiendas de lo que está podrido pronto estará ausente sin remedio alguno, aun siendo doloroso y carente de principios de una ética sin explicaciones, para dar oportunidad a lo soportable que a lo mejor tardará en llegar o no lo hará nunca, al observar por la rendija de una mirilla ocular y todavía con incredulidad, el significado de un fuerte brazo que sin arañazos falta para sostener el pulso a cualquier reto y una mano demasiado suelta sin las palmas limpias, que no servirá para alimentar a una esposa y a una pequeña criatura, furtivas ambas de las decisiones de un hijo de perra, por llamarlo de alguna manera y sin menospreciar y ofender a ningún animal que pudiera darse por ofendido.


“A tener presente cuando el bien humano es rentable o prescindible, lo que en teoría de negociación no debería jamás pactarse nada que fuese en contra del género humano y su labor en pro de la sociedad mutua y participativa por igual.

En 1912 el congreso dominicano y por una presión nivel político-institucional y menos de lo social, adoptó una ley que prohibía la entrada de migrantes “de raza que no fuese la caucasiana” para trabajar en la agricultura, posteriormente se hizo excepción con la construcción y en los años venideros, después de las contiendas mundiales el inicio lento del turismo.

A tenor de esa ley, la migración podría realizarse sólo cuando se pudiera comprobar que la cosecha del año corriera algún peligro por falta de braceros, de ahí vendría una reflexión sobre el provecho de la intervención de las personas para cosechar mayor beneficio. Debido a los intereses y a faltas de acuerdos que jugaban y utilizan de mejor forma esa ayuda exterior. Esa ley tuvo muy poca aplicación, dado que los números de trabajadores haitianos y otros caribeños de “raza no caucásica” siguieron creciendo en años posteriores a su adopción, dado el aumento de la producción”.

 


Comparte este artículo

Comentarios

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*