¿ Qué será de mí ? – 3 / 3 parte tercera y última –

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No hay preguntas sin respuestas, aunque sean mudas

“Ella”, la madre pasa en silencio, mirando altiva, cándida y temblorosa para no aparentar el hundimiento y la decadencia entre los suyos, soportando y asumiendo una figura que del todo y para ser justos, si hubiese una justicia divina, no le correspondería ser protagonista involuntaria para intentar borrar de un golpe ciego y certero la desesperación que la domina, después de considerar y a la vez renunciar al estúpido disparate de dejarse caer para siempre y no sobreponerse, no levantarse de un suelo inexistente.

Anteriormente hemos señalado una actitud que si no se omite podría oler a gangrena de un corazón partido, sin importar trocearlo con decisión poco benigna y tajante para preguntarle al rufián antes y si lo tuviese encarado, las causas y motivos de tanta ignominia que al parecer no son delito suficiente, aunque no para pagar una especie de pensión alimenticia que en la práctica jamás abonará, y en teoría contraería en sentencia de cárcel, sin bastar o ser suficiente el arrepentimiento, dejándolo como un atenuante que no exime de culpa al delincuente, por abandono de lo que representaría metafóricamente una familia, a esas edades tempranas y sin experiencia en las que se resiente el alma y cualquier creencia que se dispersa entre las neblinas, envolviendo las ilusiones hasta hacerlas irremediablemente desaparecer cuando aparezcan, para hacerlas seguidamente arder cuanto antes en la quimera del olvido.

Muchas mujeres, demasiadas viven una situación paralela a la narrada hasta ahora, errante, estresante y accidentada socialmente, por una infelicidad que no tiene fin, las dolencias infringidas y las amarguras inmortalizadas, que no se atreven a implorar y demostrar un resentimiento pleno que bien requeriría venganza, en una tierra fértil y hostil en eso de la defensa por los derechos humanos para un pueblo inexistente que no tiene reconocido domicilio fijo, que acomodado en la precariedad de cualquier parte se ubica sin dejar rastro, bajo techos de cinc e inconsistentes muros, entre basuras y ratas, escorias y residuos, mosquitos y ya sin matas para llevarse un aguacate a la boca, hay un estado de derecho que trabaja con tesón para dar un cambio sostenible de orgullo y pasión por asimilarse y parecerse a occidente, pero que indefectiblemente y actualmente tiene desprotegida a la indefensa madre que nunca fue migrante y sí denigrada con su prole en muchos casos, pues nacieron todos en la rica República Dominicana, cuando sus padres huían de una terrible hambruna y ahora comprueban como se les acosa con premura, sufriendo el terror y la mala suerte de una deportación horrorosa, aunque soportable en opinión contradictoria, pues de alguna manera se vuelve una y otra vez a lo que consideran el “rinconcito” de siempre , según dicen por la costumbre y por la propia desidia del oficio administrativo en no solucionar un problema que clama a las justicieras instancias de la Tierra, o en ese cielo donde dicen hay un Dios omnipresente, sugiriendo un procedimiento de alivio humanitario urgente que ni tan siquiera Naciones Unidas es capaz de plantear para suplir y poner fin a tanto desprecio y agravio.

Lo anticipado hasta ahora, quizás sin desearlo lo hace un llamativo “estado de sitio”, para ser más víctima que culpable de que los erráticos haitianos, en éstos tiempos y en los peores momentos de una fragilidad en la economía doméstica y laboral de la República Dominicana, conociendo que tarde o temprano se les obligará a desprenderse de una mano de obra barata que hace tiempo dejó de construir masivamente hoteles, residenciales e ingenios y laborar en las haciendas ganaderas y agrícolas, además de esas sacrificadas aspirantes a “doñas”, que pululan en busca de una tabla de salvación y que desafortunadamente son poquísimas que la encuentran, a no ser que vendan su cuerpo al diablo en un momento indeseado, de lucidez única y vejatoria, lo que representaría un escenario inaceptable de tales características si hay todavía un crisantemo en el jardín del bien cristiano, o hace que perdure el mal envenenado del endemoniado incienso adulterado que enrarece cualquier ánimo.

La mujer haitiana no llora y se quilla, dentro de una acción de molestarse en el argot dominicano. Se encabrona en el español. Padece lo indecible, lo que no rechaza un servilismo  inevitable de aceptar lo inamovible. La mujer va envejeciendo poco a poco, y la que hace pocos años era una joven luchadora, atractiva y orgullosa y su peluca recogida en un popular tubi, ahora puede verse como una hembra preocupada, agría de facciones, vencida, desilusionada, recelosa, tímida y encolerizada que intentará esquivar y pasar rauda y velozmente los controles para pasar desapercibida entre las brigadas de migración, que asolan con la práctica autorizada de la persecución y razzia en los asentamientos urbanos de hacinamiento ocultos y degradados, en una parte de la isla menos gratificada y vulnerable.

Y sí, es poco reconfortante que en la otra parte más rica de La Hispaniola, sigan luciendo vistosas las célebres guaguas “asesinas” amarillas con el rótulo de “migración”, abiertas para llenarlas con un contenido humano a extraditar que no entiende de lágrimas, impotencia y que sin misericordia pone grilletes de ser necesario, con las ventanillas ensortijadas de barrotes, silencios pactados a estacazos y algún llanto que surge inesperado, cuando el vehículo inicia su recorrido de devolución espontánea de seres domesticados a la frontera, sin pensar que muchos de quienes se dejan atrás son niños aislados a su suerte e indefensos dispuestos a sucederles cualquier desgracia, porqué a ellos como a su progenitora, adelante únicamente les espera la línea divisoria, la marginación en los límites de las entrañas de la desesperación y el ¿ qué será de mí ? cantado en un “patuá” coreado por los sollozos, que tan jocosa y alegremente se vocea en Los Sanfermines españoles, sin más padecimiento que la algarabía de unos toros potentes menos encerrados en su recorrido que los enjaulados hatian@s sin destino, que como suplicio o castigo siguen pensando que todavía hay muchos “desgraciados” y esclavos en este mundo.  

“Es moral lo que hace que uno se sienta bien, inmoral lo que hace que uno se sienta mal. Juzgadas según estos criterios morales que no trato de defender, las corridas de toros son muy morales para mí.” Hemingway

Comparado con lo leído hasta ahora y las apreciaciones literarias que se han desprendido sobre unos animales que arrinconados en una plaza se defienden frente a la muerte, que se puede esperar de un pueblo que siendo bravo está condenado a peor suerte que a la llamada fiesta de España.


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