Santo Domingo de Guzmán bien merece una misa, que pida por mejoras que cuestan menos de lo que podrían suponer con una acción voluntariosa

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No dejar lo que se puede hacer hoy y olvidar que el mañana nos recuerde porqué no fuimos capaces de hacerlo, es una forma de no ser tenaces y perder el tiempo.

El quebrantamiento de las aceras, refiriéndonos concretamente a Santo Domingo, la capital por excelencia de la República Dominicana, es un hecho irremediable, al menos por ahora, debido a la portentosas raíces de sus árboles, matas, brancas, ramas y una vegetación que crece sin ninguna dificultad afortunadamente como contramedida de la polución atmosférica, salvo que se estudien otras soluciones siempre difíciles a corto plazo, pero lo que si debería solucionarse en el menor tiempo posible es el aumento de la “otra” riqueza consumida que se expande en la ciudad, que como basura abunda cada día más en unas calles populosa llenas de vida y algunos rasgos incívicos que deberían empezar a estudiarse, a fin de paliar la grotesca imagen urbana y la grosería maloliente enfundada en plásticos, papel o sencillamente esparcida por el exceso rebosante de los contenedores declaradamente insuficientes y estratégicamente mal orientados, cuando lo que de verdad procede es no tenerlos delante de las casas y residenciales, mucho menos junto a comercios, escuelas y zonas de cruce y paseo. Tal vez un poco de ejercicio al paso y unos puntos vitales de recogida entre cuadra y cuadra serían lo apropiado.

Otro tema a considerar es el concierto producido por los cláxones cuando sin justificación y en las paradas obligatorias suenan frecuentemente y en gran número, cómo para anunciar que se avecina un tapón, lo que ahoga y por probable sea esa la razón que no suenan en los colmados una música de ambiente para endulzar la crispación del tráfico rodado con una canción. Pero lo que es inexcusable es que las sirenas de las ambulancias lleguen a pie de los hospitales “gimoteando” a todo volumen su poco armonioso aviso, máxime cuando no se apagan y están frente a las instalaciones amargando la paz y la tranquilidad requerida de los pacientes.

Bueno es que pidan paso entre atascos y sean llamativos los vehículos de la urgencia sanitaria,  en cuanto a sonoridad y efectos lumínicos, pero eso no es óbice de llegado al punto de destino y a menos de trescientos metros, apagar la bocina y respetar el silencio consumido por el ruido inesperado, que se merecen doctores e internos que laboran en un edificio a todas las horas del día.

Y otra medida y así evitar accidentes, además de conseguir una reutilidad provechosa, sería la de concertar con las empresas expendedoras e instaladoras de cables, la recogida de todo lo que cuelga inservible y enreda, que es costoso y mucho de valor, toda vez que dejaría de ser un vínculo triste por la visible dejadez y demasiado llamativo por un peligro que causa accidentes, especialmente a ancianos y niños, que afea una metrópoli y su característico pasado, presente y futuro si no se pone remedio, que crece y no lo hace a la par de dar soluciones a éstos temas que claman al cielo, cuando se trata de dar un cambio también en pro del progreso.

Si no se dice lo que se puede hacer, nadie lo sabrá y todo quedará igual en un país que necesita un cambio de imagen urbana y cívica

Desde VoC -Observatorio consideramos y apostamos por las prontas soluciones, siempre que haya respuesta y voluntad de considerar nuestras propuestas a fondo rentable y con vistas al éxito de un experimento social que puede implantarse con rigurosidad en el resto del país, para hacerlo mejor, más seguro y más envidiable.

Ángel Osiris Peralta

Presidente de VoC-Observatorio

(Voluntarios por el Cambio)


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