Sobre el empleado por el que se ahorra y demuestra fidelidad, no hay peor crudeza empresarial cuando se le echa de menos

Cuando el trabajo no es valorado y no se tiene en cuenta en el coste directo de un negocio dedicado al turísmo que desea conservar su hegemonía, hay indicios de “esclavitud” laboral que merece una revisión contractual.

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Hace poco denunciábamos en el blog de solitarios invisibles las prácticas abusivas de empleo de la industria hotelera en República Dominicana por parte de empresas españolas, que dejaron hace tiempo de pagar impuestos en España, revirtiendo los beneficios en ampliar sus establecimientos o en nuevos proyectos en la isla. Obviamente el coste salarial de su elevado número de “colaboradores” dominicanos y haitianos, les permite ofrecer nóminas de jengibre, aquellas que cuesta asimilar y después no tienes más remedio que acostumbrarte a ellas, pues es lo único que hay frente a una oferta que supera a la demanda humana es claudicar y seguir manteniendo una miseria que se estanca por mucho mensaje esperanzador que lanza el gobierno y los grupos de presión en la isla caribeña.

Hoy en España, en otras islas del archipiélago balear, la clonación del procedimiento de retribución es incluso de más agravio todavía, cuando una camarera o dedicada a la limpieza de origen nigeriano, incluida en el barómetro de actividad de las denominadas “kellys”, se le contenta con 780 euros al mes por diez horas de trabajo diario o más, y más de 22 habitaciones de hotel a las que hay que dejar en perfectas condiciones de uso y disfrute para que los turistas se encuentren mejor que en su casa y se retornen a sus países con una idea de ejemplar y lúdica inspiración, proporcionándole a la asalariada un contrato de duración estival con día y medio de asueto, que se aprovechará para descansar, máxime cuando las asistentas en muchos casos se levantan a horas inoportunas para la gran mayoria, desplazándose a varios kilómetros de distancia de su domicilio para ejercer su labor.

Y por decirlo de alguna manera, cuando hay más personas que se prestan a no discutir sus percepciones y sus rendimientos laborales son presas de un aprovechamiento cada vez mayor, algo nos dice que a río revuelto convertido en una cascada perfecta de insabores, los sindicatos están más pendientes de hacerse la fotografía con quienes les subvencionan que el defender los valores de un segmento que potencialmente siempre ha sido importante, como núcleo de relieve y de buena imagen imprescindible de aportación al éxito de España en la recepción de un turismo cada vez más exigente con la oferta que internacionalmente se hace.

Menospreciar el trabajo de las “kellys”, no otorgarles la comprensión debida a una “maquillada” explotación y restarles gratificacion a su dedicación, es sinónimo de aparente esclavización encubierta, que algún día puede pasar cuenta a una desconsideración consentida por quienes deben velar por los intereses que una migración silenciosa todavía, por miedo a perder el puesto de trabajo, que se admite con una sonrisa en unos labios sellados por la necesidad y la dura realidad. No significa demasiado el coste diferencial que representa un aumento proporcional a la dedicación desempeñada, haciéndolo se dignifica el propio sentido de emprender nuevos negocios o seguir con el mismo con la pulcritud garantizada de honestidad, sin arrastrar el coletazo de una culpabilidad y la amarga experiencia de tener que sostener miradas de desencanto y humillación.


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