Sostenibilidad.. evidentemente ¿ No ? .. o cuando el destino nos alcance.

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Algunos parroquianos de la actual vida secuestrada estamos empezando a tener la sensación de un cierto hartazgo de la manipulación a la que nos someten con el miedo del “coñ@virus”, del que en vez de decrecer su influjo.. aumenta, aunque milagrosamente las estadísticas reflejan menos mortandad, hoy llamada letalidad, como lo fue el empleo deliberado hasta la saciedad del uso del evidentemente, y ahora parece que para no dudar entre ponerse un impermeable, ayer chubasquero, o un paraguas en la actualidad habría que consultar con el grado de características que tienen en cuanto a su “sostenibilidad”.

La palabra de moda “sostenibilidad”, se mastica hasta para anunciar preservativos, y bien pudiera aplicarse en un ejercicio de imaginación al pensar que la fabricación de los mismos se hace dentro de un proceso “sostenible”, no se sabe bien si es para que la máquina robotizada que los produce no se caliente y se estropee, o en su defecto para que a través de una calidad originada por el I+D ( y aquí nos quedamos sin utilizar el otro + I de innovación como un concepto novedoso en el contexto de los estudios de ciencia, tecnología y sociedad, como superación del anterior que se refería inicialmente a la investigación y desarrollo), seguimos.. luzcan al igual que lo hacen unos sostenes, sujetadores, brassiere (en anglo sajón) de mamas, pechos, ubres femeninas o tetas.

Pero no, la utilización de la recién recibida “sostenibilidad” (palabreja “tecnificada” que si no se adapta parece que venderá menos ) pretende implementar otra condición que no hace falta que aparezca, que es la defendibilidad, conservabilidad, la justificación de la defensa del bien, producto o herramienta que se trate o se industrialice (“sustainability)”, tanto para una papelina de churros como un acondicionador de temperatura que guarde una climatología al uso hotelero especialmente, que no sobrepase un exceso que haga disparar la costosa factura eléctrica, o lo que mejor sea sostenible para el bolsillo de quienes disfruten del aparato en cuestión, ergo suministre e inunde de calor o frescor el espacio habitable y no lo perjudique en los sentidos de ahorro, trituración miserable del medio ambiente, identificado con una ecología “sostenible” que impida resfriados, ojos lagrimados y un propagación del Covid-19 que ya aparece como una enfermedad incurable que si te la contagias, vivirás con ella para siempre y cualquier día y con un cigarrillo en los labios, te tapone los pulmones para siempre, siempre (valga la redundancia) que pases de los cincuenta y tatos, pues la sostenibilidad del mundo necesita sacrificios humanos, una edad para saber que si visitas un hospital corres un peligro de infarto, lo que hará que prontamente las compañías de seguros se muestren cautelosas y pidan astutamente añadir una casilla en la póliza que advierta claramente que de morir de “coronavirus” traumático, linfático, “psiquiátrico”, o como factor interventor de cualquier patología añadida al virus, que inhiba la oportuna autopsia por prescripción facultativa, no haya compensación dineraria ninguna a la familia por un deceso prescrito, y por sostenibilidad haya que quemar al difunto cuanto antes para no dejar el menor rastro que pueda propagar sus devastadores efectos, incluso si se esparcen las cenizas en el aire o se arrojan al mar, laguna o pantano.

A partir de aquí, las primas de los seguros suben, los impuestos lo hacen, el mundo se congela y la “sostenibilidad” como pariente desconocido de la vida es la madre de la ciencia, que irrumpe dramáticamente para mostrarnos un mundo mejor, sin unos cuantos que al parecer sobramos, por pobreza, hacinamiento, falta de trabajo y por ende consumo, que eso es lo que importa y es fundamental para empezar a considerar una granja en la que ya no harán falta animales, ya que con una simple pastilla nos alimentarán ( ver Soylent Green o Cuando el destino nos alcance, un film de 1973 ). Nada más, ni nada menos.



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