Sufrir sin quejarse es la única lección que debemos aprender en esta vida. Vincent Van Gogh (1853-1890)

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Todo lo mucho que representa la nada.. y más cuando se contiene en una vasija “transparente”, hecha con el lodo de la esperanza para que milagrosamente contenga algo.

Veinticinco años, haitiana, sabe leer y mal escribir. Vive hacinada en El Hoyo de Friusa, tiene una hija de dos años y medio y dos hermanos a su cuidado, varón de 11 años, todo un hombre, nada que ver con un niño protegido con un teléfono móvil, silencioso, aguerrido y simpático que poco ensombrece el reducido espacio en el que respiran, que vela por el cuidado de la más pequeña e Ivania, hembra de 9 nueve años que envidia los vestidos de las muñecas de plástico. La madre de todos partió para el Haití caliente a poco de encenderse la llama de la frustración y de los ecos de las revueltas que se silencian por temor a espantar a una industria basada en la felicidad. Ahora hará cerca de cuatro meses que por mucho que lo intenta le impiden volver, y al parecer yo soy su único dios en la tierra.

Quizás el sufrimiento y el amor tienen una capacidad de redención que los hombres han olvidado o, al menos, descuidado.

Martin Luther King (1929-1968)

Yo sólo soy un blanco, el elegido en principio por la necesidad, después por el cariño del roce diario, y lo sé y no lo dudo cuando no hago más que decirle que soy mayor, demasiado en edad y lo suficiente versado para no entender nada, lo único que apostillo para saber que mi ayuda por verlos sin hambre y con ese indescifrable rictus que llega a la fascinación por no entrever maldición, rechazo, indignación, arrebato ni queja alguna que vaya a convertirse en apagar el fuego con ácido  en mi misión principal. Mi aportación es tan sólo un remiendo, un apaño y probablemente una herida en sus vidas en las que me quedará a mi una cicatriz profunda sin duda hasta el día que expire mi existencia, pero de lo que estoy seguro es que desde aquí o desde allí, no me pienso rendir levantando las manos de la desesperación. Voy a seguir ayudando, restando cada día si encuentro algún motivo que me impida no hacerlo con el mismo entusiasmo que ellos soportan el agravio, de tenerlo yo todo y ellos ni tan siquiera el consuelo de pensar que no es justo no tener nada.

Dependen de mi, y juro que hacen lo posible para no transmitirme la necesidad y no me importa asumir el reto, como dependeríamos todos de una visible opulencia que nos podría abofetear a diario. La sumisión de ella, la formada como cabeza de la responsabilidad contrasta con el muro infranqueable de su mirada perdida en la nada, que a mí me doblega hasta quedarme sin voz en el arte de hablar, e incluso en el sosiego del estómago que oculta unos nervios eléctricos cuando puedes enmascararlos con colores vivos de un paraíso inexistente. Y lo haces, te entregas y te enorgulleces, pero tampoco puedes hacer más de lo que necesitan, porque tampoco te lo piden.. y que duro y tenebroso es hallar respuesta para lo que ellos representa la incertidumbre.

Hoy no van a dormir por turnos apretujados en el suelo en un viejo y ajado colchón, en un ambiente sin ventanas en un cuarto oscuro de tres por cuatro, enrarecido por el moho, un inodoro sin tapa y sin el agua que hay que traer en cubos porque no llega en este cuarto infestado de humanidad, chinches, ratas y más de una cucaracha perdida que no encontrará nada. Hoy a cuatro días de la “navidad” en la que occidente se recrea y a éste viejo perro considerado hasta hace poco una alimaña traidora sin entrañas, varada y sin apenas armas para combatir sus debilidades, con cada vez menos tiempo para redimirse, amasador del confort y el añadir más a todo lo que se quema en el egoísmo de lo efímero, no va a permitir que no tengan donde descansar y comer sentados en sillas alrededor de una mesa, aunque la luz sea mínima y las moscas parezcan águilas. Quiero ver sus blancas dentaduras masticando carne y no sólo arroz, bebiendo un jugo y no un agua que podría estar podrida, mientras yo me acabo de tomar una cerveza y quisiera una copa de cava de ese Mediterràneo tan alejado de mis secos labios.. que no se atreven ni a decir gracias por la lección que recibe en un escenario repleto de un público cabizbajo.

Ayer, de vuelta de la capital, sin provecho de gestionar nada porqué así son las cosas en el reino del desconcierto, de la tolerancia porque tampoco compromete a nada, vencidos huimos de vuelta al fuerte rodeado de torres de porcelana, asediado por turistas que jamás entenderán y nada harán por librar de la esclavitud a quienes han construido sus lujosas quimeras. En el asiento de la “guagua” se acurrucó la cría en el hombro de su hombre, la niña mujer a la que su cultura no le impide querer con toda la crudeza realidad de lo que puede suceder mañana, o al día siguiente de un después, junto a un ser enjuto con arrugas hasta en el alma, que lo dice la palma de sus manos, al que le profesa además de un amor inconcebible y extraño, respeto.. como si recayese, que así es, todo el peso de haber sido envestido en el “pae”, esé de carácter endiablado, que le cuesta asumir por simple desconfianza, que las pocas luces que no encuentra es por un temor infundado. No hay dureza ni tan siquiera ternura en lo que se intenta manifestar, simplemente un halo de esperanza que parece no existir hasta que no desciendes al infierno que ya conoces.

Al preguntarle a qué podía tenerle miedo, me dijo con una mirada felina y con la madurez de una persona que lo ha vivido todo sin más juventud que la que ahora “disfruta” y de la que yo me contagio…  “ a nada, estoy viva, no estoy muerta”. Y así recorrimos el camino, sin un pasaporte, sin un visado y un destino, y la amargura se cebo oprimida por unas pinzas invisibles que te hacen daño si intentas coser lo que parece un rasguño. Un dolor intenso o más de lo mismo del que puedes soportar cuando al final del trayecto recibes una sincera sonrisa, sabiendo que no hay mayor decepción que la que puedes infringir por no haber podido hacer nada más, que nada.

Que nadie me diga disfruta lo que puedas mientras puedas, sabiendo que la desesperanza es sufrimiento y la tienes tan cercana que te acorrala con la pena y desdicha, que se quedan anónimas en un cajón repleto de miradas despiertas y sonrisas disfrazadas por el orgullo que todo ser humano tiene, cuando no ha sido bendecido por la oportunidad de igualarse en lo mínimo y con nada que llevarse hoy a la boca, tal vez mañana, pues el día nace, el sol aparece y la lluvia puede servir para borrar las huellas de este eterno fracaso que es la vida, cuando nada tienes que perder en ese largo recorrido que nos distancia entre unos y otros sin mediar una pregunta ¿ por qué yo ?.

Maldita sea la vida y ese dios desconocido que encandila los milagros con la varita mágica que solo imparte ignorancia.

Malditos sean quienes no ven más allá que las revoluciones del hambre son necesarias para combatirlas, y no son un simple precio en la oferta impresa en una etiqueta de un producto básico, que ni tan siquiera pueden acceder para saciar la rebeldía y calmar el espíritu que se amilana, se evapora, se diluye en este mar sin lagrimas, con sabor áspero y amargo de un Caribe que no es simplemente una postal o una exótica fotografía sacada en El Hoyo de Friusa.

Habrá que volver al infierno de puntillas y sin hacer ruido a buscar como sea ese pasaporte necesario para no sentirse todavía derrotado por una negativa, que no deberìa significar ni mucho ni poco, ni simplemente nada que es todo y mucho cuando queda todavía algo de alegría.

 


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